
Por Christian C
Debemos a los compañeros de Tortuga un reciente documento en el que se reflexiona sobre la policía y su función de militarización en nuestras vidas.
El mismo explica el origen histórico de la policía como institución (pues no siempre ha habido policía y ninguna ley inexorable predica que siempre deba haberla) y destaca que la principal función que en los estados modernos tiene este cuerpo es el control social interno y el ejercicio de la coacción y la violencia hacia dentro de los estados,
Centrándonos en institución militar e institución policial y simplificando un poco el tema para que pueda comprenderse mejor, podríamos decir que la primera es una forma de militarismo que tiene como principal función el despojo y la defensa del botín frente a personas que viven lejos. La segunda, la policía, complementando la anterior, es una forma de militarismo que se dedica a mantener bajo control a quienes viven más cerca del propio poder.
Esto no excluye que se hayan apropiado también de otras funciones sociales que son necesarias pero que, al reducirse a esta dimensión policial-militarista quedan también condicionadas, aunque bien podrían desarrollarse en otros parámetros y con metodologías alternativas que las liberen del encorsetamiento militarista y policial.
…las diferentes policías ejercen funciones necesarias para garantizar unos mínimos de convivencia en el actual contexto social. Sería pertinente plantearnos si muchas o algunas de esas funciones podrían ser resueltas directamente por la propia sociedad o por algún otro tipo de policía que no actuase con violencia. Pero, en cualquier caso, no son asuntos que puedan ni deban quedar desatendidos.
El militarismo de lo policial además es expansivo (a la vez que decrecen los derechos y las concreciones de mayor justicia social) y en los últimos tiempos creciente. Nos dice el informe en otro lugar que
En el momento actual asistimos a un proceso de ampliación de las facultades policiales, de la mano de un neto recorte de lo que se entendían como “derechos ciudadanos”… En teoría no serían necesarias estas políticas que alientan la extralimitación policial si la actuación de la institución se limitase exclusivamente a la función social de perseguir la delincuencia común de la que hablábamos antes
Puede sorprender una doble afirmación de los compañeros que no nos ha pasado desapercibida acerca de los contenidos y dimensiones del militarismo:
en un país como el reino de España sería posible abolir las fuerzas armadas de un día para otro. Una vez recolocadas laboralmente o reconvertidas las personas afectadas, la vida en términos generales seguiría igual
y más tarde
Dicho de otra manera, no hay forma de superar el militarismo si el modelo socioeconómico y político no varía profundamente. En el mejor de los casos podemos atemperar sus consecuencias más nocivas, pero no es posible su desaparición. Incluso algunos pequeños países que carecen de ejército o han llegado a abolirlo, mantienen por lo general, a cambio, una institución policial sobredimensionada. Es decir, el militarismo puede cambiar de rostro y variar, de motu proprio o por la presión social, pero no desaparecer.
Queremos entender la primera afirmación como la constatación de que el ejército, con ser una dimensión muy importante del militarismo, no es todo el militarismo y su mera sustitución por otras fuerzas violentas o incluso su supresión (o la del ejército y la policía inclusive) no implicaría, sin más, un cambio radical de modelo cultural y social que suponga la abolición del orden del militarismo. Sin embargo, por la propia dinámica del militarismo, es bastante impensable que no pase nada en una sociedad en la que el aparato estatal (sea por presión social, o por otras razones) aboliese el ejército. Más bien, para que este cambio pueda tener lugar se necesitan previamente desencadenar probablemente otros muchos y sería consecuencia de otros tantos e igualmente hondos, lo que hace impensable la supresión desde una institución estatal de un ejército (o una policía) sin más, de un día para otro, o si no es porque consigue la misma capacidad de coacción mediante otros mecanismos de control violento.
Amén de la policía y del ejército, los mecanismos de control social, que no sólo implica coacción, sino también persuasión y de cierto “beneficio” hacia intereses particulares de la sociedad, son muchos y la militarización se extiende a aspectos directos, sociales, económicos y culturales de toda índole e implica la vigencia de un paradigma de dominación y violencia rector de la vida social.
Por la vigencia de todo este paradigma es tal vez por lo que afirman los autores que quienes aspiramos a su superación
a su abolición radical, … no tenemos otro camino que el de trabajar activamente por la superación del actual modelo social, político y económico.
En la apuesta antimilitarista que se esboza se añade que la lucha debe serlo en varios planos. Uno principal, por la abolición radical de todo militarismo. Uno gradual, en el trabajo por mitigar sus efectos mas sangrantes
Todo militarismo debe ser denunciado y debe ser exigida su abolición radical. Pero, sin perder de vista ese horizonte utópico (entiéndase lo de utópico en el sentido de “lo que no tiene lugar”, lo cual no quiere decir que no lo pueda tener en un futuro), se hace necesario trabajar en la mitigación inmediata de sus efectos más sangrantes.
La radicalidad del horizonte utópico permite a los autores mantener la pertinencia de todo discurso abolicionista e incondicional de las instituciones militaristas, a la vez que les lleva a considerar los peligros de los planteamientos posibilistas o reformistas, por la capacidad de integración y legitimación que el sistema ofrece, lo que condenaría el objetivo antimilitarista a una cierta irrelevancia o complementariedad del propio militarismo
Por ello nos parece pertinente mantener un discurso abolicionista en esta cuestión. Por contra, nos resultan estratégicamente más arriesgadas las propuestas supuestamente posibilistas -por ejemplo exigir recortes del gasto militar o garantías en materia laboral al personal del ejército-, por lo que puedan tener de legitimación de la propia institución en caso de no ser manejadas con cuidado.
Sin embargo, parece que los compañeros, llegados a este punto, dan una nueva vuelta de tuerca al asunto del proceso de cambio y afirman que, sin perder de vista ni renunciar a la coherencia “abolicionista”, hay que trabajar por construir en paralelo un proceso radical de cambio, quitando poder al militarismo, defendiendo realmente a la sociedad y dotándolos de poder en el esfuerzo de idear y construir un mundo mejor
mientras nos esforzamos en construir un mejor mundo futuro que abra la puerta a esa posibilidad -la cual debe ser irrenunciable-, hay que trabajar para defender a la actual sociedad del uso y abuso de la función policial
Nosotros hemos propuesto llamar a ese proceso gradual de choque-convivencia-gradual inversión-construcción de alternativa, transarme, que aspira a ser un proceso no reformista de doble dirección: quitar poder al militarismo en sus aspectos institucionales, económicos, políticos, sociales, culturales, etc. y, a la vez, dotarnos de un modelo alternativo en los mismos aspectos basado en la cooperación y la noviolencia.
En orden a la construcción de esta lucha, y por lo que respecta al enfrentamiento con el militarismo policial, los compañeros proponen diversas herramientas
Las principales herramientas para acometer esa tarea son las mismas que para otras: pedagogía (educación, concienciación, contrainformación…), confrontación (acción directa, desobediencia civil…) y formulación-negociación de propuestas alternativas llamémoslas “de transición”.
Algunos ejemplos, desde luego interpretamos que no cerrados sino meramente ilustrativos, en el tema de lo policial serían para los compañeros
A la hora de generar esas propuestas se puede dejar volar la imaginación: policías desarmadas que medien noviolentamente en los conflictos, policías sometidas a control y vigilancia popular, retirada de determinadas técnicas, protocolos y armas, disolución de algunos cuerpos, reformas del código penal y del cuerpo legislativo en general que recuperen derechos ciudadanos, participación popular en la gestión del orden de sus comunidades etc. Como decíamos para el tema de la prisión, un paso de primerísimo orden para que la policía perdiera parte de su actual perfil monstruoso sería algo tan simple como que los propios agentes actuaran siempre dentro de los límites legales.
En definitiva, nos encontramos ante un tratamiento de uno de los aspectos centrales, y por lo que se va comprobando más en crecimiento del militarismo en el uso de sus aparatos de coacción y control social, precisamente en expansión en el orden político occidental que, cada vez más, avanzan hacia un modelo más acusadamente autoritario como respuesta al gradual colapso social capitalista.
Fuente: http://www.utopiacontagiosa.org/2015/05/10/el-militarismo-de-la-policia/
Ver documento del Grup Tortuga: Policía: La militarización de nuestras vidas