Miguel González, de El País, se hace eco de las declaraciones del soldado Charlie, destinado en Irak entre agosto y diciembre de 2003.
La historia es para leerla con detenimiento y pensarla con cuidado.  Se pueden sacar varias conclusiones:

1.-  El ejército deja tirados a sus soldados afectados por la guerra para ahorrarse unos euros.

A finales de diciembre de 2003 volví a casa. Seis meses después empecé a sufrir insomnio, ansiedad, me volví obsesivo, absolutamente insociable e indisciplinado. Al final, el Ejército me dijo que ya no era útil para seguir en filas. Durante dos años recibí tratamiento psiquiátrico seis horas al día, de lunes a viernes, en un hospital. Aunque he mejorado considerablemente desde entonces, nunca he vuelto a ser el mismo.

Tras esta impresionante declaración, el ejército muestra su habitual solidaridad (incluso con sus propios miembros) con el siguiente comportamiento:

Pocos años después de volver de Irak, el soldado Charlie tuvo que dejar el Ejército. El Tribunal Médico Militar dictaminó que sufría “trastorno depresivo mayor siendo [dicha patología], de remota reversibilidad y constitutiva de una incapacidad total para el desempeño de las funciones propias del servicio”. Según los médicos castrenses, la enfermedad no la había contraído durante su etapa militar, ni guardaba “relación causa-efecto con el servicio”. Si se hubiera reconocido que sus problemas tenían su origen en Irak, habría tenido derecho a pensión.

Charlie aportó un informe del psiquiatra que le trataba seis horas diarias, quien le diagnosticó “trastorno de ansiedad no especificado, en probable relación con su permanencia como soldado en Irak”.

2.-  El ejército sigue actuando bajo el ordeno y mando, sin atenerse a la lógica, ni a la solidaridad, sólo les interesa cubrir a sus mandos.

Pese a la gravedad de los hechos denunciados y a que Charlie aportaba los nombres de sus protagonistas, nadie hizo nada por investigarlos. La Asesoría Jurídica General de Defensa emitió un informe en el que se limitaba a señalar que “se ha cumplimentado el trámite de audiencia al interesado, sin que las alegaciones formuladas desvirtúen la fuerza de convicción de la citada acta de la Junta Médica Pericial”. Ni una palabra sobre torturas o vejaciones.

3.-  El entrenamiento militar es inhumano y convierte a las personas en bestias que sólo se mueven por y para la violencia:

No todos se adaptaron tan bien. Un chaval cayó en desgracia desde el primer día. Era muy indisciplinado, y siempre que incumplía una orden nos castigaban a todos a hacer flexiones. A todos menos a él.
Mientras sudábamos rozando el suelo con la barbilla, él se quedaba sentado frente a nosotros. Nos decían que lo mirásemos y que le diésemos las gracias. Así lo hicimos. Fue objeto de varias agresiones y yo mismo participé en alguna de ellas. En aquel momento me pareció justo. Para nosotros era la vergüenza del escuadrón.

Yo, en cambio, era un buen soldado. Obediente, en buena forma física, resistente al estrés. Aunque cometía fallos. A veces me equivocaba conduciendo el blindado por el campo. Y cada vez que me confundía, el sargento me obligaba a parar y me daba patadas en la cabeza, que asomaba bajo el casco por la escotilla del vehículo. Todo el mundo se nos quedaba mirando. La humillación pública me dolía más que los golpes. Por eso le pedí que, en vez de patearme, me diese puñetazos en las costillas. Lo que no dudaba entonces es que merecía un castigo físico.

4.-  Las “reglas de enfrentamiento” que tiene el ejército español en territorio extranjero dejan mucho que desear y su explicación a los soldados también:

Conocidas en castellano como Reglas de Enfrentamiento o, simplemente, Roes. Nos las explicó mi sargento en tres minutos cuando ya estábamos en Kuwait, haciendo la aclimatación previa al ingreso en territorio hostil. Me acuerdo de que nos dijo que nosotros, a diferencia de los americanos, solo podíamos disparar si nos disparaban primero; y que los vehículos y edificios con la media luna roja eran inviolables, aunque incluso ese principio era relativo, porque los insurgentes podían usarlos con fines bélicos. Eso fue todo.

5.-  Las actuaciones militares españolas en el extranjero generan más odio y violencia.

Detuvimos a un turismo con dos hombres de unos 30 años. Les hicimos abrir el maletero y encontramos un saco repleto de dólares y billetes iraquíes (unos 200.000 dólares, según me dijeron). Mi sargento decidió que eran insurgentes. Recogimos el dinero y detuvimos a los dos hombres a punta de fusil. Les vendamos los ojos, les atamos las manos y los metimos en el blindado. El coche que conducían quedó abandonado a su suerte. El trayecto hasta la base duró cuatro horas. El sargento ordenó que se les pegara y así se hizo. Aunque no había ninguna razón para ello, no suponían ninguna amenaza para nosotros. Al llegar a la base me mandaron que los condujera al calabozo. Como no podían ver, agarré a uno por el hombro y le retorcí el brazo para que se hiciera daño si intentaba zafarse. Pasaron dos días en la base España, donde fueron interrogados por un comandante de la Guardia Civil y agentes del CNI. Luego quedaron libres. Eran unos simples empresarios.

O también es válido esta otra declaración en la que queda claro que nada que no sea cumplir las órdenes importa:

El explorador es el soldado que se sitúa en la parte posterior del blindado, vigilando con el arma montada para evitar que un potencial agresor te sorprenda por la retaguardia. Pasé a este puesto después de que mis condiciones psicofísicas no fueran las idóneas para seguir conduciendo. Las instrucciones eran claras: nadie podía acercarse a menos de 100 metros. Pero yo no era Dios y no podía obligar a los iraquíes a hacerme caso, por lo que me llevé innumerables broncas. Al final, decidí cumplir la orden a rajatabla. Se acercó un turismo a 50 metros. Le hice señales para que se alejara. Me ignoró. Así que monté el fusil y le apunté. El coche frenó y dio un volantazo. El vehículo que venía detrás chocó contra él. El primero se fue a la cuneta y volcó. Mi sargento me preguntó qué había pasado. Le dije que me había desobedecido, y ahí acabó la conversación. Seguimos nuestro camino.
Y es que el militarismo es lo que es:  violencia.  Con propios y extraños.  Y genera lo que genera:  más violencia.

Corto y cierro.

Fuente: http://www.utopiacontagiosa.org/2013/05/22/el-militarismo-espanol-genera-violencia-dentro-y-fuera-de-nuestras-fronteras/