El origen de la guerra: La agresión en las sociedades primitivas

Las guerras son justificadas con ideologías, razonamientos sofisticados o apelaciones a lo sagrado. Se recurre a conceptos insidiosos, como la superioridad racial, el honor nacional o el peligro que un país pueda representar en el futuro.

Casi todos sabemos sin embargo que detrás de las guerras aparece siempre lo mismo: algún interés material.

El estudio de las guerras en las sociedades primitivas nos permite comprender parte de sus causas. Es muy clara la relación entre crisis ecológica y guerra. La escasez de recursos hace a unos pueblos pelear con otros (por ejemplo, los maoríes que llegaron a Nueva Zelanda libraron entre ellos crueles batallas de exterminio tras extinguir a los moas, las gigantescas aves no voladoras que constituían la base de su alimentación). Las crisis ecológicas que está atravesando nuestro planeta se reflejan en conflictos bélicos: la guerra de Irak por el petróleo o las guerras árabe-israelíes, en las que el control del agua es un factor importante, del que casi nunca se habla.

Los chimpancés poseen conductas muy complejas y la agresividad en ellos puede manifestarse de diversas formas. A veces la percepción de dos individuos peleando puede incitar a un tercero a tomar partido. Algunos individuos desarrollan conductas “psicóticas”, dedicándose a exterminar crías ajenas sin motivo aparente. Su inclinación a la violencia culmina en las incursiones organizadas de hordas de machos en el territorio de otros, que pueden conducir a feroces batallas. Un factor a considerar en estas conductas es el modelo de dominancia de los machos en los chimpancés. Los bonobos, sus primos hermanos, son igualitarios en sus relaciones de género, no son tan territoriales y son mucho más pacíficos, solucionando sus conflictos con la conciliación y el poder siempre apaciguador del sexo.

Es indudable que en nuestros genes y en nuestros cerebros anida la agresividad. Pero muchos autores (entre los que destaca Marvin Harris, un defensor de la fuerte influencia de los factores materiales en muchas conductas humanas) cuestionan que estas tendencias innatas tengan un papel muy importante en las guerras. Por sí solas, no las desencadenarían. Únicamente cuando las tensiones demográficas y la limitación de recursos se convierten en amenazas para la supervivencia de los grupos estalla la guerra. Su elevadísimo coste justifica que esté tan poco extendida entre los animales.

Algunos datos abonan esta hipótesis. Muchos de los grupos humanos actuales que viven de la caza y la recolección, como nuestros antepasados, son básicamente pacíficos. La guerra sólo aparece entre ellos esporádicamente y suele cesar antes de que los efectos sean demasiado dramáticos. Muchas sociedades han aprendido a utilizar sosteniblemente los recursos de su entorno o recurren a largos viajes de migración para encontrar territorios vacíos antes que enfrentarse a sus vecinos. Otro dato revelador es que cuando creció la concentración de bienes materiales en determinadas regiones, por efecto de la Revolución Agrícola y posteriormente por la Revolución Industrial, creció exponencialmente la frecuencia y la magnitud de las guerras.

Existen sin embargo sociedades actuales primitivas para las cuales la guerra es un elemento central y permanente de la vida. Por ejemplo, los maring de Nueva Guinea. Las características económicas y demográficas de esta sociedad peculiar aportan pistas valiosas acerca de los factores que pueden conducir a que seres humanos afables se conviertan en despiadados asesinos.

Los maring justifican sus guerras como venganzas contra agresores del pasado, lo que genera un ciclo inacabable de venganzas. Pero la forma en que los maring organizan las guerras hace dudar de que el deseo de venganza sea el móvil auténtico. Sus combates ocurren en ciclos bastante regulares y de un modo muy ritual, pactando el lugar del combate y trabajando los dos bandos en las tareas de preparación del terreno.

Los maring viven desbrozando bosques que convierten en huertos para criar cerdos. Curiosamente, las guerras no se producen en momentos en que los recursos escasean, ya que son precedidas de fiestas con grandes sacrificios de cerdos. En las fronteras entre los territorios de distintos grupos, crece un bosque fértil que no se desbroza (en los ecosistemas tropicales, el desbroce de un bosque y su explotación durante muchos años como huerto genera pérdidas irreversibles de su fertilidad). El grupo vencedor de una guerra saquea los huertos de los vencidos, y los obliga a abandonarlos para que tengan tiempo de regenerarse, al tiempo que desbroza paulatinamente los bosques fértiles y va abandonando sus huertos conforme se tornan menos productivos. El ciclo regular de guerras sería un sistema cruel pero eficaz para mantener la fertilidad de las tierras, un elemento regulador más de su economía de supervivencia. No es necesario que el ecosistema muestre signos de gran degradación para que se inicie una guerra, ni que ésta alcance dimensiones de exterminio.

La estructura familiar y la distribución de tareas entre los sexos aportan otras pistas. Un solo hombre tiene varias mujeres, y cuando muere, pasan automáticamente a sus hermanos o primos. La capacidad reproductiva de las mujeres es por tanto máxima y las bajas en combate de los hombres no sirven como medio de control demográfico, ya que unos pocos hombres pueden fecundar a muchas mujeres. Éstas desarrollan prácticamente todas las tareas, mientras que los hombres sólo se dedican a prepararse para la guerra (la única tarea para la que las mujeres están biológicamente peor preparadas que los hombres, por su menor fuerza para manejar armas pesadas).

El mecanismo por el que la guerra en los maring alivia las presiones demográficas es que se prima la crianza de niños, más valiosos para la batalla, frente a la de niñas, que son las que determinan la capacidad de reproducción del grupo. Ésta es una pauta que se repite en muchísimas sociedades primitivas, en las que los métodos anticonceptivos son muy poco eficaces y el aborto es muy peligroso para la madre: el porcentaje de niños es muy superior al de niñas. A veces se recurre al infanticidio selectivo, pero la mayoría de las veces es un menor cuidado a las niñas el que provoca su mayor mortalidad.

El que la guerra no suela estar motivada por factores biológicos e irracionales es un motivo de esperanza. Si fuera así, poco podríamos hacer para combatirla. En cambio, podemos actuar sobre los factores económicos y ecológicos que precipitan los conflictos. La mala noticia es que estamos llevando tan lejos nuestra presión sobre el medio ambiente que cada vez es más difícil controlar esos factores. Una guerra está acechándonos cada vez que agotamos una fuente de recursos o restringimos el acceso a ella a los grupos más débiles de la sociedad.

Fuente: http://mundobiologia.portalmundos.com/el-origen-de-la-guerra-la-agresion-en-las-sociedades-primitivas/

Ver también «La violencia innata en el ser humano es un mito», y «es científicamente falso que estemos predispuestos hacia la violencia y la guerra»