Se trata de un universo principalmente infantil, dotado de imaginación y juego, creado por el guionista de «Asterix» e ilustrado por el trazo mágico de un contemporáneo de Quino que, al igual que el creador de «Mafalda», con el tiempo haría carrera como humorista gráfico y también como ilustrador.

Ana Fornaro

La archicitada frase de los escritores franceses Julia Kristeva y Philippe Sollers, “dos personas que se enamoran son dos infancias que se entienden mutuamente”, podría aplicarse perfectamente al dúo creativo integrado por el guionista René Goscinny y el dibujante Jean-Jacques Sempé. Ellos no fueron amantes pero sí tuvieron ese flechazo que se da en algunas amistades, y gracias a esa complicidad nació El pequeño Nicolás, un personaje lleno de alegrías: para sí mismos (fue un éxito editorial y además les posibilitó cierta reparación de sus propias infancias) y para los lectores del mundo, porque los libros de este niñito francés y sus amigos de la escuela fueron traducidos a más de cuarenta idiomas. Desde su nacimiento en 1955, El pequeño Nicolás acompañó y marcó a muchas generaciones, pero hasta el año pasado en América Latina sólo se conseguían las traducciones españolas. Esto cambió cuando Libros del Zorzal se dio a la tarea de editar la colección completa de estos libros, por primera vez con traducciones locales: es una gesta de recuperación de un paraíso imaginado (y francófilo) al que se le suman las obras individuales de Sempé y Goscinny, lo que ha venido incluyendo nuevas ediciones de personajes como Asterix, Lucky Luke e Iznogud. Pero la publicación de El pequeño Nicolás no es sólo una conexión francesa sino también una argentina: Goscinny contó en varias ocasiones que las peripecias de sus personajes están inspiradas en sus recuerdos de infancia del Liceo Francés de Buenos Aires, ciudad en la que vivió desde los 2 hasta los 18 años y a la que volvería muy seguido hasta su muerte temprana.

Aunque, en realidad, lo exacto sería decir que el cincuenta por ciento de la construcción de personajes y aventuras están inspirados en una infancia porteña, porque la otra mitad le pertenece a Sempé, el creador inicial del personaje y quien le acercó la idea a su amigo. En esos años, el dibujante y aficionado al jazz sobrevivía en París haciendo colaboraciones para la revista belga Le Moustique y fue allí que nació el dibujo de ese niño al que nombraría inspirado en una famosa cadena de tiendas de vinos. Como gustó, la agencia para la que trabajaba le encargó que lo convirtiera en una historieta y para eso llamó a Goscinny, guionista (y también dibujante) al que había que había conocido unos años antes. Juntos empezaron a darle espesura al personaje. Goscinny lo convenció de que tenía que ser de clase media y vivir en los suburbios de París, un niño con el que se pudiera identificar la gran masa de franceses. Pero la historieta duró solo unos meses y 28 episodios: de septiembre de 1955 hasta mayo de 1956, cuando la World Presse despidió a Goscinny y su amigo, por lealtad, renunció (Libros del Zorzal compiló también en libro esta versión bajo el título La historieta original).

Un par de años después, el diario regional en el que se había iniciado Sempé, Le Sud Ouest, le encargó que convirtiera las viñetas en historias ilustradas y así nació El pequeño Nicolás tal como se lo conoció mundialmente. Desde allí, el personaje saltó a las páginas de Pilote, la emblemática revista de historietas fundada por Goscinny, Jean Michel Charlier y Albert Uderzo, que terminó de catapultar a la fama al niñito y sus amigos. Allí compartieron páginas con Lucky Luke y Asterix, entonces reciente creación de Goscinny con Uderzo que convertiría al guionista y escritor en una figura central de la industria de la bande dessinée. Pero antes de ser el autor más leído de Francia –vendió al menos 500 millones de ejemplares de Asterix– el guionista y escritor fue un niño francoargentino que soñaba con trabajar con Walt Disney. Su sueño no se cumplió pero habilitó, junto con la ayuda de sus amigos, algo bastante más grande: la renovación de la historieta francobelga.

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DOS INFANCIAS SE SALUDAN

Cuando se conocieron con Goscinny, Sempé tenía 21 años y se había mudado hacía poco a París desde su Burdeos natal. Proveniente de un hogar obrero y bastante roto, se convirtió en dibujante un poco por casualidad, sin grandes expectativas. Era lo que le salía mejor y le gustaba más que las changas esporádicas que le daban de comer. La mudanza a París tuvo que ver con conseguir alguna oportunidad más grande pero no fue fácil: durante un año y medio se la pasó golpeando puertas de diarios y agencias editoriales que lo rechazaban. En una de esas incursiones conoció a Goscinny, que tenía entonces 27 años, y enseguida se hicieron amigos. El guionista también estaba buscando lugar en la capital francesa después de haber intentado sin suerte labrarse una carrera en Nueva York, donde se instaló con su madre a los 18 años, tras la muerte de su padre en Buenos Aires y sin posibilidad de volver a París, ocupada por los nazis. Lo que otrora había sido una infancia y familia feliz, la Segunda Guerra la había destruido. Hijo de una pareja de inmigrantes polacos judíos, Goscinny perdió a tres de sus tíos en los campos de concentración y ese fue el motivo por el que decidieron quedarse en Argentina. Su padre, ingeniero químico, había conseguido un trabajo en Buenos Aires y, hasta la ocupación nazi, volvían todos los años de visita a Francia. Con la guerra y la muerte del padre, René, que se había criado entre intelectuales (su abuelo era editor de diarios rusos), quiso ganarse la vida como dibujante y para eso se mudaron a Nueva York, donde sobrevivieron gracias a que su madre hablaba cinco idiomas y consiguió trabajo como dactilógrafa. Allí conoció a un grupo de historietistas belgas, entre ellos Morris (con quien luego trabajaría en Lucky Luke) y se hizo amigo del caricaturista Harvey Kutzman, creador de la revista Mad, una referencia de humor irreverente y moderno que sirvió como inspiración para Pilote. Por su lado, Sempé nunca había salido de Francia y su infancia, lejos de los estímulos intelectuales y artísticos de su amigo, había estado marcada por el alcoholismo y golpes de su padrastro. Eso hizo que se la pasara afuera de su casa, jugando en la calle con amigos, aventuras que se amalgamaron con los recuerdos más idílicos de Goscinny para darle vida al pequeño Nicolás.

¿QUÉ ESPERAMOS PARA SER FELICES?

Suele decirse que Goscinny es el inventor del humor en dos niveles: uno que funciona al mismo tiempo para niños y adultos, algo bastante evidente en Asterix, con los juegos de palabras y las referencias históricas y sociales, algo que luego tomaron los guionistas de Los Simpson, por ejemplo. En El pequeño Nicolás esto no es tan evidente pero sí está presente. El mundo que recrea es un mundo principalmente infantil, dotado de imaginación y juego, con el contexto principal de la escuela y el hogar, y muy varonero. Sólo aparecen un par de niñas, María Eduvigis y Luiseta, que son temidas y admiradas en proporciones iguales por Nicolás y sus amigos. Cada compañero de clase responde a un estereotipo –el nerd, el gordito, el burro, el niño rico, el matón– lo que permite identificarse con ellos y sus historias, que son cotidianas y muy graciosas. Los adultos, padres, maestros, vecinos, son quienes están más caricaturizados y mostrados desde sus miserias.

Los libros se componen de pequeñas crónicas que funcionan siempre con la misma estructura: una anécdota simple en la que algo se tuerce, algunos gags y un final entre absurdo y reflexivo. Goscinny tenía un sentido del humor muy fino y muy amplio, en el que la sátira y la ironía conviven con la ternura y El pequeño Nicolás es una muestra clara de eso, con el agregado del uso de la mirada, supuestamente inocente, del protagonista para generar extrañamiento y ridiculizar situaciones típicas: desde la caída de un diente hasta una primera salida a comer a un restaurante. Estos guiones se complementan de manera genial con los dibujos humorísticos de Sempé, un mago de generar universos a los que dan ganas de irse a vivir. El artista, que tuvo una gran influencia del ilustrador estadounidense Saul Steinberg (esto lo emparenta con su coetáneo Quino, quien a su vez practicó en Mafalda un humorismo parecido al de Goscinny), tiene un trazo delicado, entrañable y burlón y eso lo llevó a todas sus creaciones: es quizás quien mejor ha recreado los ambientes de ciudades, en particular París y Nueva York; de hecho fue el artista que ilustró más portadas de The New Yorker, una revista con la que tuvo relación hasta su muerte y que le rindió varios homenajes.

Estos escenarios urbanos (sobre todo París, pero también hay un cameo de Buenos Aires) aparecen con toda su belleza y despliegue en El pequeño Nicolás: ¿Qué esperamos para ser felices? (2022), una película de animación que, bien a la francesa, alterna ficción y metaficción, y que parte de una idea original de Anne Goscinny, hija del guionista y actual guardiana de su obra. En ella, los creadores le cuentan a su personaje las circunstancias de su nacimiento y van mechando pedazos de su vida. El resultado funciona y sobre todo es un placer meterse un rato largo en el mundo ilustrado de Sempé. Goscinny, que dicen era querido por todo el mundo, se murió en 1977, con apenas 51 años, de un ataque cardíaco cuando le estaban haciendo una prueba de esfuerzo en su casa. Estaba en la cresta de la ola gracias a Asterix y demás creaciones, y con Sempé habían perdido un poco el contacto. Si se elige creer en la película animada, diez días antes de su muerte se juntaron a cenar para rememorar viejos tiempos. Goscinny, que ya era millonario, dejó que Sempé pagara la cuenta y se despidieron con un abrazo.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/855661-un-paraiso-recuperado

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