La abominable cara oculta de los ejércitos humanitarios

El PSOE impulsa «Pequeña Estrella Roja», asociación que pretende «propagar los valores del antimilitarismo a todos los niveles»

Contrainformación sobre Kosovo


Sacado de El País

Con la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999, se produjo una curiosa
coincidencia entre extremos políticos. Henry Kissinger la cuestionaba por entender
que no se hacía «en interés nacional de Estados Unidos». Para el izquierdista Noam
Chomsky, las justificaciones humanitarias de la OTAN sólo pretendían ocultar «la
verdadera pretensión de los estadounidenses de imponer su proyecto hegemónico en el
mundo».

La defensa de los derechos humanos forma parte del interés nacional de España

Kissinger y Chomsky pueden, si lo desean, tomar café juntos, pero no alcanzo a
entender la reacción de Rajoy, cuando dice que si se habla de militares en misiones
de paz (mantenimiento de la paz, establecimiento de la paz, consolidación de la
paz…) se les confunde con «hermanitas de la caridad». ¿Qué cree que son las
labores de reconstrucción o de intervención humanitaria? No vendrían mal, ahora
mismo en Darfur, unos miles de hermanitas de la caridad.

Lo cierto es que, en los últimos años, el tipo de amenazas se ha modificado, las
Fuerzas Armadas se han adaptado a nuevas misiones, y se hace necesario un debate
público sobre esta transformación. ¿Qué nuevo Ejército para qué nuevas amenazas?

De las funciones que los españoles hemos asignado a nuestros militares en la ley de
la Defensa Nacional, el «mantenimiento de la paz, la estabilidad y la ayuda
humanitaria», fuera de nuestras fronteras, es la tarea con la que los ciudadanos
asocian hoy más a los militares. ¿Por qué estas misiones? La primera justificación
es de naturaleza moral: para conseguir el objetivo tan necesario de una comunidad
ética global, como quería Kant hace más de 200 años. La defensa de los derechos
humanos en cualquier lugar del mundo no nos puede ser ajena; forma parte de nuestro
interés nacional.

Sí, España tiene obligaciones internacionales en materia de derechos humanos; en
Afganistán, en los Balcanes, en Líbano o en la República Democrática del Congo. Pero
no cualquier tipo de intervención es válida. Para quienes apostamos por una
alternativa cosmopolita, la condición de la legitimidad en este tipo de
intervenciones militares es sagrada. Legitimidad aquí, con la autorización del
Parlamento; legitimidad internacional; y legitimidad en la sociedad a la que se
asiste, es decir, que no nos considere ocupantes de su país. Una gran mayoría de
españoles participa de este núcleo básico de opinión sobre las misiones exteriores,
como confirman todas las encuestas, pero es verdad que hay posiciones políticas e
ideológicas críticas con este enfoque.

Los neocons españoles (así se autocalifican), muchos ubicados en FAES, expresan su
opinión sin complejos. Para ellos, la «lucha global contra el terrorismo» de la
administración Bush es la única alternativa seria de seguridad en el mundo, y
nuestras Fuerzas Armadas deberían servir a esa estrategia imperial, por ser la única
con medios militares suficientes, como también sostenía Michael Ignatieff (¿has
vuelto a la causa cosmopolita, amigo?). Si los neocons de allí dicen que en el
Líbano la única misión seria es ir a desarmar a Hezbollá, los neocons-PP de aquí lo
repican; si aquellos dicen que hay que bombardear el sur de Afganistán, éstos, lo
mismo…Nuestros neocons nacionales tampoco hacen caso a los militares de aquí, y de
allí, que les explican cómo la reconstrucción no es un tipo de misión al que se
envía a los B-52. Pero ellos están en otras cosas.

No son los únicos que se oponen a este tipo de misiones. Desde posiciones muy
diferentes, hay quienes las acusan de «militarizar» la ayuda humanitaria. No creo
que quienes hacen esta crítica sean conscientes de hasta qué punto sus posiciones
son útiles para los que trabajan por una opción unilateral para la seguridad en el
mundo, al no establecer diferencia entre los intereses geopolíticos de un Estado que
actúa por su cuenta y la de los estados que se someten a decisiones multilaterales
en organismos internacionales.

No lo duden, para el futuro de los afganos, los matices son decisivos. Creo que los
neocons y estos grupos, a los que se podría calificar como neomarxs por sus
constantes ideológicas, padecen el mismo mal en origen: tienen dificultades de
adaptación al mundo que surge del final de la guerra fría, tan diferente, sobre todo
en cuestiones de seguridad (algunos, como Robert D. Kaplan, la consideran una etapa
ideal para la seguridad).

Por el contrario, nuestras misiones militares en el exterior, sin una sola denuncia
por violación de derechos en tantos años, están demostrando su capacidad como
alternativa para la reconstrucción en tantas sociedades «sin futuro». Quienes han
visto al coronel Veiga poner en marcha un Equipo de Reconstrucción en la provincia
de Badghis, en Afganistán, con un respeto absoluto a la sociedad afgana, saben a qué
me refiero.

A cambios tan profundos en las tareas a las que se deben dedicar los militares, les
han acompañado transformaciones paralelas en la política de defensa. De hecho, no
será fácil encontrar en el pasado un período reformista tan intenso como el de esta
legislatura. A la ley de la Defensa Nacional, que establece un nuevo marco básico
para las nuevas funciones militares, le siguió la ley de Tropa y Marinería, que ha
hecho frente con éxito al fracaso del intento de profesionalización de las Fuerzas
Armadas. En 2004, el proceso de pérdida de efectivos era imparable: cada año, 1.500
soldados menos, llegando a contar con menos de 70.000 soldados y marineros. Hoy
contamos con más de 80.000 (y el número aumenta cada año), imprescindibles para
organizar las tareas que se les piden. La ley de la Carrera Militar apunta en la
misma línea de transformación, así como el Proyecto de Objetivo de Capacidades
Militares, el de Necesidades Militares por Capacidades 2005-2025 y la creación de la
Fuerza Conjunta de Reacción Rápida. Así como la puesta en servicio de la Unidad
Militar de Emergencias (UME) que, en una sociedad del riesgo global en constante
mutación (¿»militarización» de las emergencias?), deberá ser capaz de hacer frente,
«junto con las Instituciones del Estado y las Administraciones públicas», a
inundaciones, incendios forestales, nevadas, ataques con material NBQ (nuclear,
biológico, químico)… No creo que el presidente de la comunidad autónoma vasca
conociera la naturaleza y fines de la UME cuando se refirió hace unos días a
cuestiones competenciales.

Se trata de un proceso de transnacionalización y adaptación de nuestras Fuerzas
Armadas a las nuevas amenazas, tal y cómo las perciben los españoles. El pasado
enero, EL PAÍS publicó una crónica desde Somalia en la que Sara Alí Sharif, una
chica de 19 años, le decía a la periodista: «Mi sueño es tener un Estado». Para
hacer posible el sueño de Sara hacen falta, también, muchos buenos soldados
cosmopolitas.