
El conocido entremés de Cervantes “El Retablo de las Maravillas” describe en forma de farsa como unos pícaros consiguen obtener beneficios mostrando un retablo inexistente del que sólo pueden ver las supuestas maravillas aquellos que no tienen sangre judía y son hijos de legítimo matrimonio.
Cervantes ironiza sobre los complejos humanos y también como el temor a pasar públicamente por alguien de inferior condición es terreno abonado para las estafas de los pícaros.
En este mismo sentido Els Joglars han realizado una adaptación del entremés, en la que partiendo de la situación del siglo XVI se penetra posteriormente en la sociedad actual donde se siguen produciendo retablos con idénticas situaciones de complejos, engaños y exaltación del más bobo a las más altas instancias de la sociedad.
Siguiendo las premisas cervantinas, en la obra se pasará del mundo del arte a las religiones, a la gastronomía, a la política y al poder.
Los mecanismos que rigen el comportamiento humano muestran una evolución tan extremadamente lenta que apenas pueden notarse sus diferencias entre el conjunto de obras que configuran la historia del teatro. Ello lo demuestra la validez de tantos dramas construidos hace mas de dos milenios y medio, los cuales siguen figurando entre los grandes mitos de la humanidad.
Bajo este prisma, la distancia que nos separa de Cervantes es ínfima, y así, las situaciones presentadas en su entremés “El Retablo de las Maravillas” siguen hoy produciéndose e incluso multiplicándose bajo el poder de los medios de comunicación.
Por consiguiente, y a fin de no incurrir en el mismo defecto de lo que denunciamos en estas variaciones del retablo, contaremos con absoluta franqueza el proceso que nos ha llevado a ello.
El primer motivo y quizá el más esencial es la necesidad de hacer algo para conseguir que veinte personas continúen subsistiendo del teatro. Después nos encontramos con ocho magníficos actores que deben multiplicarse en numerosos papeles, pues tampoco contamos con los medios de los teatros públicos. Luego tenemos que emplear una costosa pantalla electrónica que todavía no hemos amortizado, y finalmente, disponemos de los taquillajes conseguidos con la producción anterior que nos permiten una cierta libertad, o sea, no depender de que ninguna institución, por el hecho de pagarnos el invento, condicione el producto.
Una vez asumidos estos ineludibles ingredientes (tampoco lo consideramos limitaciones) podemos dedicarnos a toda clase de disquisiciones, que en esta ocasión, se sintetizaron sobre la paradoja clásica de como los cretinos pueden vendernos la nada a costa del temor de sus semejantes a pasar por cretinos. No obstante, a pesar de ello, la humanidad ha seguido evolucionando porque siempre han aparecido en última instancia niños denunciando la desnudez del rey. Sin embargo hoy los niños están domesticados, los artistas comprados con dinero público y los filósofos ejerciendo de funcionarios. Así, los retablos campan a sus anchas promocionados por las más altas instituciones y vendidos por los media aprovechando que “cada día que amanece…”
Albert Boadella
Sobre la compañía
Nos encontramos delante de un fenómeno teatral excepcional: Els Joglars. El suyo ha sido un trabajo escénico continuado, el cual, a parte de la oportunidad satírica puntual, ha dado sistemáticamente al público productos escénicos de calidad indiscutible. Inventiva dramática, rigor interpretativo y sorpresa visual han sido las constantes de su larga trayectoria. Espectáculo tras espectáculo, Albert Boadella y los colectivos de artistas y técnicos que han trabajado bajo el nombre de Els Joglars o con otras denominaciones en casos puntuales, han hecho que su público haya disfrutado sistemáticamente del sorprendente abasto expresivo que a sus manos pueden llegar a alcanzar los dos elementos teatrales esenciales: el actor y el espacio.
A nadie se le escapa que cuarenta años de teatro son realmente muchos años para mantener una línea de trabajo con el sello de un estilo particular perfectamente definido y vigente. Y, no obstante, a pesar de los enormes cambios experimentados por la sociedad donde han trabajado, a pesar de la misma voluntad de actualización constante de su lenguaje teatral y de los no siempre fáciles avatares vitales que han acompañado su trayectoria, el teatro con la marca Els Joglars ha mantenido una coherencia estilística calificable, como mínimo, de singular.
El estilo de Els Joglars se construye a partir del no-abandono de los orígenes de dos fundamentos creativos esenciales: su método de trabajo y el arraigo sistemático de sus creaciones en convicciones personales profundas.
¿Dos almas – seny i rauxa-? (juicio y arrebato) cosquilleándose una a la otra durante cuarenta años: una, la que quiere hacer en escena la autopsia de la verdad al precio que sea, y llegar al fondo de la hipótesis del punto de partida de cada nueva aventura escénica, y la otra, no menos fanática, la que quiere inventiva formal y rigor técnico de principio a fin de la aventura.
Probablemente haya sido este particular binomio método e imaginación, defendido a capa y espada por Albert Boadella desde que se hizo cargo del nombre que lo llevaría a la fama, lo que ha hecho que la estética y la ética de su teatro hayan generado, desde sus inicios, un estilo tan original. Lo cierto es que a lo largo de los últimos cuarenta años Els Joglars han demostrado que el teatro es un arte vivo, es decir, un arte formalmente nada cerrado, temáticamente no agotado y nítidamente distanciado de la literatura, de la televisión, de los museos y del parque temático generalizado.
Els Joglars/Espais. Joan Abellan.