
Río con mayúsculas, porque si algo define a Muelas es su río. Al río íbamos a lavar la ropa, a pescar o a bañarnos.
Cuando mi tía tenía que lavar la ropa, bajaba con un gran balde en la cabeza, lleno de ropa sucia. Nosotros llevábamos algo de comida o más ropa en otros cubos. Solíamos estar todo el día, porque aparte de lavarla en la corriente, luego había que ponerla a secar en las peñas. Nardo y yo lo pasábamos en grande por allí, metiendonos en el agua, dándonos un baño, cogiendo ranas, asustándonos como cuando vimos alguna culebra de agua, haciendo “barcos”con ramas, etc. Al atardecer subíamos la pesada cuesta cargados, mi tía con la ropa y nosotros con cuanta leña seca pudiéramos encontrar, pues nosotros no éramos labradores, para ir con un carro al monte a por leña y aunque a mi abuelo todos los años, le traían uno o medio, pronto se acababa.
Yo descubrí la pesca en Quintanilla, pero la puse en práctica en Muelas y allí con mi primitiva caña de pescar, hasta que me compré una buena en León y plegada me la llevaba todos los años, me recorría río arriba y abajo, por aguas profundas y oscuras y otras rápidas, debajo de puentes, en desviaciones de agua laterales, como un pozo que descubrí totalmente cubierto por el ramaje de los árboles, en fin, en todos los lugares que me parecía que podría obtener algo. Me surtía de lombrices en el corral de casa y de saltamontes en algún prado y sin arte ninguno, casi siempre solo, un par de veces me acompañó Nardo, bien por la mañana o por la tarde, me pasaba horas muy felices pescando. Ha sido mi gran alegría en Muelas.
El río era muy truchero. Yo como no sabía pescar y tampoco tenía el material adecuado, solo conseguía algún barbo pequeñito -excepción de uno mediano que cogí en el pozo oculto y después de haber enganchado varias veces el anzuelo en las bajas ramas de los sauces. Me supo a gloria, su captura y luego frito en la sartén-. Mientras fui adolescente o niño, no hubo problemas para pescar, pero luego a medida que crecí. necesitaba como todos, ”la licencia” y yo no la tenía. Lo que sí tenía era cierto temor de que algún día me viera la guardia civil.
Puente de San Andrés. Foto Fernando Medrano
Poema «Puente en Ruinas», dedicado al Puente de San Andrés por Mariano Estrada
Convencí a Nardo y aquélla tarde me fui a pescar con él, muy lejos, por el camino de “Tijera”, convencidos de que habiendo por allí árboles que daban mucha sombra al río y con la corriente enlentecida, al hacerse el río más profundo tenía que haber buenos ejemplares de barbos. Así era pues nunca había visto, descansando en aquellas profundidades, unos peces tan grandes. Después de haber lanzado un par de veces sin fortuna, nos las prometíamos muy felices, pensando en lo que podríamos conseguir, cuando Nardo oyó unos ruidos que venían más atrás por entre las matas, se acercó temeroso a ver y… era el perro de la guardia civil, que venía un poco adelantado de la pareja, que por el camino venía un poco retrasada. ¡Dios mío que susto! Rápidamente recogimos y monte arriba escondidos en la maleza tiramos la caña y las lombrices y seguimos subiendo escondidos por entre los carrascos y con el miedo de que el perro nos delatara. No nos había visto, pero algo debió de olfatear porqué dejó el camino y subió por el monte hasta aproximadamente donde dejamos la caña. Naturalmente nos fuimos a casa y al día siguiente yo volví a por mi caña para guardarla. Años más tarde pescando en Pontevedra, me ocurriría algo parecido.
Recuerdo también, hablando de pescar, que en alguna ocasión pasé por delante del molino de Mariano, esposo de mi tía Pilar “La Ñurra” (una de mis primas, Marisol, era de lo más guapo que había en el pueblo) y entraba para verlo. Me quedaba sorprendido de ver como la fuerza del agua movía las muelas, del proceso de fabricación, de ver a mi tío y toda su ropa cubierta de blanco y de aquel olor a harina, que todavía huelo al recordarlo. Luego seguía pescando.
Molino harinero, a las orillas del río (foto tomada de internet)
Nos gustaba mucho ir al río a bañarnos. Había dos sitios: “El pozo de los mozos” y “La playa”. El primero era una gran poza, situada debajo del puente nuevo, con unos tres metros de ancha y varios de profundidad y un par de metros más hacia las orillas. Aquí iba yo casi siempre y aquí aprendí a nadar. Bueno, es un decir, porque a pesar de de que me compré un libro: “Nadar es fácil” para hacerlo bien, solo conseguí saber mover los brazos y piernas y flotar para avanzar, pero nunca crucé el pozo, ni nadé más allá del medio, ni por supuesto me tiré de cabeza, como hacían la mayoría de los jóvenes, para sumergirse en él.
“La playa”, a medio kilómetro, río arriba desde el puente, salvo en una de las orillas, no cubría y tenía muchos metros para nadar y con suelo menos recoso que en el pozo de los mozos. Aquí nadé también muchas veces. ¡Qué buenas tardes pasé o pasamos bañándonos en el río! También disfrutábamos viendo a las mozas en traje de baño.
Luego venía una buena merienda en las rocas, mientras nos secábamos, bien sentados en la hierba o debajo de los árboles y a la orilla del río. Todavía llegaba a casa con más apetito.
«La playa», en la actualidad