1) EL GRAN BEREZOVSKY . – El 23 de marzo pasado aparecían colgados en su lujosa residencia, cerca de Ascot, en lo que parece un suicidio, el oligarca ruso Borís Berezovsky. Fue el hombre más poderoso en la Rusia de Yeltsin: protegido de su hija menor, Tatiana, Secretario del Comité Ejecutivo de la CEI (Confederación de Estados Independientes), y Vicepresidente del Consejo Nacional Ruso entre 1996 y 1998, su fortuna se calculaba entonces en 2.300 millones de dólares, lo que hacía de él el hombre más rico de Rusia. Cuando muere estaba casi arruinado, tres años antes había tenido que pagar a su segunda esposa, Galina,120 millones de Euros como parte del acuerdo de divorcio. Semanas antes de su muerte había perdido el pleito entablado contra Román Abramovich em que le pedía 3.700 millones de Euros en compensación por las acciones de Sibneft -algo así como Siberiana de Petróleo- que le había vendido antes de exiliarse en Londres en el año 2000. Según Berezovsky, el precio, 100 millones de dólares, era desproporcionadamente bajo… Y de hecho Abramovich lo revendió tres años después a la empresa entatal de gas Gazprom por más de mil quinientos millones. Sin embargo, incapaz de dar precisiones sobre el acuerdo, inseguro y poco fiable en sus declaraciones en opinión de la Juez, el demandante aparecía en las últimas sesiones del juicio apático y resignado. La hipótesis del suicidio parece coherente, aunque su guardaespaldas, antiguo agente del Mossad, declarará el talante combativo de Berezovsky.

La trayectoria del oligarca personifica hasta tal punto las miserias de la Rusia post-soviética, que dio lugar a una novela: «La gran colusión», De Yuli Dubov, que a su vez sirvió de base a la película «El oligarca», de Pavel Lunguin.

LOS ANTECEDENTES

De familia judía intelectual estudió matemáticas y luego economía, especializándose en problemas de optimización. Trabajó en uno de los centros del Instituto Soviético de Técnica Forestal, se cree, era en realidad un centro de análisis de datos de satélites espias. Era miembro activo del Komsomol -juventudes comunistas-. La pertenencia al Konsomol en los años 80, un buen currículum científico y en muchos casos también su origen judío, parecen señas comunes a la primera generación de oligarcas.

EL TRAMPOLÍN

La Perestroika le permite crear su primera empresa: una asesoría, participada por una pequeña empresa italiana, que supuestamente, va a informatizar Autovaz, fabricante del Lada. En pago ésta le convierte en su distribuidor para Europa. Estamos en 1989. Los ciudadanos soviéticos tienen más dinero que bienes que comprar, y desean gastarlo antes de que se devalúe más. Por otro lado. hay necesidad urgente de divisas y cualquier envío de exportación es atendido prioritariamente. Sólo queda reintroducir el coche en la URSS y venderlo por el doble al ciudadano con ahorros, pero que lleva años en lista de espera para comprarlo al precio oficial; perfecto, salvo que el negocio de las ventas «no oficiales» lo controla una mafia, la mafia eslava. Berezovsky se aproxima a la mafia chechena.

Corren nuevos tiempos. Fracasado el golpe de estado, digno de «Sopa de Ganso», de agosto de 1991, la URSS se disuelve en diciembre y Gorbachov cede el poder a Yeltsin. Sobrevive una indefinida entidad, La CEI, que agrupa todas las repúblicas soviéticas, salvo las bálticas y Georgia, para repartir haberes y deudas, facilitar los éxodos y asegurar la mínima cooperación que permita sobrevivir a un sistema económico tan interconectado.

EL GRAN SALTO

Aconsejado por el FMI el gobierno ruso liberaliza los precios. La inflación entre 1990 y 1993 es de más del 60.000 %; el Rublo, que cotizaba en 1991, a 23 Rublos el dolar ha caído en dos años a cuatrocientros Rublos el dolar, por lo que los rusos ahorran en divisas. Proliferan los Bancos privados. Nuestro héroe también crea el suyo: MENATEP. Tiene relaciones privilegiadas con el Banco Central de Rusia, que le anuncia con antelación las devaluaciones, eso le permite acumular una fortuna…, en Rublos, claro. También eso, tener un Banco «bien relacionado», será común a la primera generación de oligarcas.

EL GOLPE

Ante el empobrecimiento imparable de la población, la mayoría del Parlamento decide bloquear los proyectos «liberalizadores» de Yeltsin, lo destituye y coloca en su puesto al Vicepresidente Rutskoi. Yeltsin, apoyado por las potencias occidentales, se reune con los jefes militares que también lo respaldan y ordena el bombardeo y asalto del Parlamento. La acción se salda con 174 muertos en el asalto, y muchos más entre los manifestantes que apoyaban en la calle a los parlamentarios. Empieza el período que se llamará de la «siemibankirschina» -de los siete banqueros-. El término es un juego de palabras sobre el tiempo que siguió a la destitución de Basilio IV en 1610 por los siete boyardos más influyentes (siemiboyarschina), años de desórdenes… en que además la política moscovita estaba controlada por Polonia, entonces el enemigo principal de Rusia. Berezovsky, que ha sobrevivido a un antentado mafioso con coche bomba, es uno de los siete banqueros y, de ellos, el más influyente.

Yeltsin retiene el poder, pero la situación continúa degradándose; en 1996 el P.I.B. ruso ha caído un 46% respecto a 1990, que ya fue un mal año (para hacernos una idea de lo que significa, en España, en lo que llevamos de crisis, la caída ha sido poco más de un 6%); nadie da un duro por él en las elecciones presidenciales de 1996, en las que aparece como favorito el candidato comunista Ziuganov. Los siete, convocados por Berezovsky. asumen la reelección del presidente como objetivo central: suyas son las televisiones y medios de prensa y las relaciones privilegiadas con los organismos económicos internacionales. El FMI se apresura a declarar que cualquier vuelta atrás en la liberización económica implicará el bloqueo de los créditos a Rusia. Cuentan, además, con el miedo del propio Ziuganov a ganar…, y con la sombra de los militares que en el enfrentamiento del otoño de 1993, de Yeltsin con el Parlamento, han dejado claras sus preferencias.

2) LA PIÑATA . – Para alivio de «Occidente», Yeltsin gana las presidenciales de 1996 , aunque los auténticos vencedores son los oligarcas.Hasta entonces las privatizaciones habían afectado a buena parte de la industria y los servicios, pero habían respetado los grandes consorcios de la electricidad y las comunicaciones, el aluminio , el níquel, el petróleo y el gas; es decir, las vacas lecheras que aún (mal)nutrían las arcas públicas. El modelo entonces vigente, basado en el reparto gratuito de «bonos de privatización» negociables había permitido a los oligarcas hacerse con un gran patrimonio, porque los bonos se devaluaban muy deprisa y el valor nominal de las empresas estaba muy subestimado, pero tal mecanismo gradual no permitía adquirir los bastantes para quedarse con paquetes de control de los grandes consorcios. La desastrosa situación de la Hacienda Pública les abre una vía alternativa: sus bancos conceden créditos al Estado, garantizados por paquetes de acciones de las grandes empresas; al vencimiento el Estado no los paga y el banco se queda con las acciones. Los bienes así adquiridos valen entre 20 y 100 veces el valor del crédito. En algunas compañías emblemáticas, Gazprom o Aeroflot, en que las leyes no permiten tener más del 40%, sobornan a la gerencia para vaciarlas económicamente en beneficio de subsidiarias, comercializadoras de sus mercancías o servicios, que , estas sí, son completamente privadas.

Todo es tan escandaloso, que finalmente se decide privatizar por subasta; restringida, eso sí, a ciudadanos rusos, con el noble propósito de que las riquezas naturalrs del país no pasen a manos extranjeras. Los ingresos que se logran son ridículos:Jodorkovsky compra Yukos, la quinta petrolera del mundo por reservas, por 300 millones de $ y dos años después declara por ella beneficios de 3000 millones. Nadie obliga a los beneficiados a invertir en Rusia. El patriotismo les proteje de una puja internacional, que, al menos hubiera saneado las cuentas públicas, pero no les impide transladar su residencia a Londres y comprar propiedades en medio mundo.

Berezovsky es la cabeza visible de los nuevos «boyardos», el que mejor representa la colusión del poder económico y el político. Es dueño de la mayor cadena de TV, ORT, controla Aeroflot; que en la era soviética era la mayor compañía aérea del mundo y acaba de comprar Sibneft a medias con Abramovich, un «advenedizo» , que no es uno de los siete oligarcas iniciales. Desde 1993 tiene pasaporte israelí, pero renuncia a él para ser sucesivamente secretario ejecutivo de la CEI y vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa. Estamos en una tregua entre la primera y la segunda guerra chechena. Berezovsky, gracias a sus buenas relaciones en Chechenia , ha servido de intermediario en varios secuestros de extranjeros en la zona. Se espera ahora de él , que consiga desactivar el conflicto.

Mientras tanto la situación económica continúa empeorando. En el verano del 98 , el rublo cotiza ya a más de 7000 rublos el dólar. El Banco Central decide cambiarlo por el «rublo ruso «, a razón de 1000:1. La crisis rusa hace temblar los mercados internacionales, en lo que se llamó «efecto vodka»… y termina de llevarse por delante los ahorros de la mayoría de los rusos(en 1990 , un sueldo mensual normal era de unos 1200 rublos).

El declive de Yeltsin obliga a pensar en un sucesor. Los oligarcas , que ya no se sienten amenazados por un partido comunista en retroceso, empiezan a pelear entre sí. Berezovsky «pierde» la privatización de Sbiazinvest(la telefónica de allí) frente a Potanin, otro de los siete, y decide colocar , ahora que aún puede, a su candidato a sucesor. Es Vladimir Putin. En un gesto simbólico, Yeltsin le cede el poder el 31 de diciembre de 1999. Aparentemente Berezovsky ha alcanzado la gloria… aunque veremos en la siguiente sección que será todo lo contrario.

Quisiera explicar la repetición del término «oligarca». No se trata de una querencia por el lenguaje panfletario; es que los rusos los llaman así. Porque la palabra oligarquía, que en griego significa «gobierno de pocos», refleja adecuadamente, no la mera influencia, sino el control directo que ese grupo, de no más de una decena de personas, tenía sobre el estado en la era de Yeltsin. Período que los rusos llaman gráficamente la «katastroika».

3) EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES. – Putin es lo que los rusos llaman un «silovik», de «sila», fuerza y en especial las de seguridad, o sea un antiguo miembro de lo que también llaman por excelencia «órgani». Discreto y opaco como buen espía, cuando Berezovsky le ofrece suceder a Yeltsin, responde dudando de su preparación para tan alta tarea. Su interlocutor lo tranquiliza: «ellos» lo aconsejarán. Su historia recuerda a pequeña escala la de otros famosos personajes de la historia rusa, desde Iván IV a Stalin incluyendo a Pedro I, que surgen en momentos de crisis de «la Santa Rusia», para sacarla de su postración (a la patria, sus habitantes importan menos). Para Putin las tres amenazas a Rusia son el secesionismo en el Cáucaso, la insignificancia en la escena internacional… y el gobierno de los oligarcas.

Aprovechando la extensión de la guerrilla islamista a la vecina Daguestán y varios atentados con bomba en diversas partes de Rusia, ordena al Ejército ocupar a sangre y fuego Chechenia, donde instala a la siniestra dinastía de los Kadirov. Los que dudan de la autoría de las bombas o cuestionan los métodos de los «órganos» son silenciados; algunos, Anna Politkovskaya, Paul Brenikov, Anatoli Litvinenko…, definitivamente. La mayoría de los rusos, que identifica, con parte de razón y parte de racismo, el problema checheno con la delincuencia organizada, apoya su decisión. Las críticas que recibe de los medios ligados a Berezovsky por su política chechena y por su manejo de la crisis del hundimiento del submarino nuclear «Kursk», le irritan. Decide dejar claro a los oligarcas que le han aupado, que ahora manda él.Y que ellos no sólo habían arruinado a los rusos, sino que habían hecho de Rusia un estado que no podía ni pagar a sus funcionarios.

Apoyado por lo que queda de la antigua «nomenklatura» económica se plantea renacionalizar algunas industrias extractivas y hacer pagar impuestos al resto. La primera generación de oligarcas se revuelve: Gusinsky se exilia en Israel, Berezovsky vende su parte de Sibneft a Abramovich, al que sabe bien relacionado con el entorno de Putin, y se exilia en Londres. Jodorkovsky quiere redimirse y promete empezar a pagar impuestos; sin éxito: sus negocios con Exxon han transpasado la línea roja de las privatizaciones, que excluían la entrada del capital extranjero. En 2003 es detenido, acusado de evasión fiscal, las acciones de Yukos son embargadas y la empresa acaba en manos de la estatal Rosneft. Sigue en prisión. Los demás saben a que atenerse: pueden seguir siendo (muy) ricos, si no pretenden gobernar el país.

Putin tiene suerte. Desde 2003, petróleo y gas no paran de subir, pagándose ahora cuatro veces más que a finales de los noventa. La renta por habitante, que hasta 2003 no había recuperado el nivel de 1990, se ha más que duplicado desde entonces. El crecimiento es frágil y basado, como en los paises dependientes, en la exportación de materias primas, pero permite reconstruir los servicios sanitarios y educativos y crecer a la «clase media». La esperanza de vida, que había caído a menos de 60 años para los hombres a finales de los noventa, empieza a aproximarse a niveles europeos y la pobreza extrema ha disminuido mucho. Los rusos han recuperado un marco de relativa seguridad.

Por el contrario la libertad de expresión y los derechos humanos han pasado a ser problemas de segunda fila. Ni siquiera provocan reacciones importantes, comportamientos tan despiadados como el de las fuerzas especiales en el asalto al teatro Dubrovka, que produjo la muerte del comando checheno entero y de 138 espectadores por el gas tóxico usado… que se negaron a revelar cual fue, ni siquiera para poder tratar a los más de 400 afectados supervivientes. Aumenta claramente el peso de la Iglesia Ortodoxa y disminuye el de los sindicatos. Los grandes partidos encajarían difícilmente en nuestras clasificaciones: «Rusia Unida»(partido del gobierno), «Rusia Justa»(¿socialdemocracia o así?)…

En cuanto la escena internacional, Rusia no ha vuelto a ser «la otra potencia», pero sí «una gran potencia». Si Georgia coquetea con la OTAN perderá Abjasia y Osetia del Sur, las potencias occidentales no tienen manos libres en Siria… y las relaciones chino-rusas son cada vez mejores. En medio, el antiguo imperio de los zares ha perdido territorios que contenían un tercio de su población de 1991 y la dolorosa «acumulación primitiva socialista» que sufrió la población soviética entre 1930 y 1960 se ha privatizado o perdido. Rusia no ha pasado de la sociedad industrial a la postindustrial sino a la preindustrial.

Los grandes millonarios siguen viviendo fuera, pero invierten más en Rusia. La capa dirigente va de vacaciones a Chipre, y, de paso que aprenden inglés, convierten sus rublos en divisas fuertes sin pagar impuestos (que siguen siendo del 13% para todos los niveles de ingresos). Sólo un hundimiento catastrófico del precio del gas y del petróleo, que nada hace prever, amenaza la estabilidad de la Rusia putiniana.

Berezovsky, desde su exilio londinense, llama a derrocar a Putin, pero sus proclamas sólo sirven para hacer peligrar su condición de exiliado político. Abandonado por su tercera compañera, chuleado, según él, por Abramovich y sin poder volver al país que un día fue casi suyo, es probable que decida bajar el telón.

Epílogo

El lector se preguntará el porqué de mi interés en Berezovsky y Rusia. Intentaré avanzar dos razones.

En primer lugar no consigo entender cómo la desmesurada atención mediática al espacio soviético entre 1986 y 1991 se ha convertido en un silencio casi total sobre el periodo postsoviético, sólo roto por Chechenia, el alcoholismo de Yeltsin o genéricas referencias a la mafia rusa. La caída del PIB en la crisis rusa de los noventa es el doble de intensa que la del 29 en EEUU y Alemania, o de la del PIB de la propia URSS durante la invasión nazi. Aunque únicamente fuera por eso, el periodo Yeltsin tendría que haber ocupado titulares y columnas de analistas. Puedo entender que los economistas «de este lado» y los voceros del FMI callen, visto el resultado de sus consejos. Pero ¿los periódicos? Ignoró porqué, el tema Rusia «pasó de moda», y eso es la censura más eficaz.

Aún menos consigo entender, y ésta es la segunda de las razones, el silencio de la mayoría de la intelectualidad crítica, de los herederos políticos del movimiento comunista y de los marxistas heterodoxos. El fin de la URSS, igual que la extraña deriva del régimen chino (nos) despierta una especie de luto vergonzante. No nos atrevemos a discutir cómo la revolución bolchevique, el proceso social liberador que marcó el siglo XX, pudo acabar de forma tan esperpéntica. Renunciando al análisis de clase sobre la historia del «socialismo real» nos vemos reducidos a argumentar en el marco de las falsas categorías liberal-autoritario-totalitario del pensamiento burgués, que etiqueta cualquier nuevo proyecto de liberación de promotor de futuros «gulags».

Este largo culebrón en el blog, o sea en un formato que invita a los lectores a discutir entre sí y con el autor, no es en el fondo más que una invitación a empezar tan obviado debate.

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Este texto se ha publicado en tres partes en la bitácora de Andrés Hombria Maté ‘Ratón de hemeroteca’, alojada en ‘último cero’. Enlace a los originales:

http://www.ultimocero.com/blog/rat%C3%B3n-hemeroteca/el-robo-del-siglo-i-el-gran-berezovsky

http://www.ultimocero.com/blog/rat%C3%B3n-hemeroteca/el-robo-del-siglo-ii-la-pi%C3%B1ata

http://www.ultimocero.com/blog/rat%C3%B3n-hemeroteca/el-robo-del-siglo-iii-el-crepusculo-los-dioses