Existe para el cazador ache’ un tabú alimenticio que le prohi­be formalmente consumir la carne de sus propias capturas: baijyvombré ja uemeré: «los animales que uno ha matado, no debe comerlos uno mismo». De manera que cuando un hombre llega al campamento, comparte el producto de su caza entre su familia (mujer e hijos) y los otros miembros de la banda; naturalmente, él no probará la carne preparada por su esposa. Ahora bien, como se ha visto, la caza ocupa el lugar más importante en la alimentación de los guayakíes. De ello resulta que cada hombre pasa su vida ca­zando para los otros y recibiendo de ellos su propio alimento. Esta prohibición es estrictamente respetada, incluso por los niños no iniciados cuando matan pájaros. Una de sus consecuencias más importante es que ella impide ipso facto la dispersión de los indí­genas en familias elementales: el hombre moriría de hambre a menos de renunciar al tabú. Es necesario por lo tanto desplazarse en grupo. Los guayakíes, para dar cuenta de ello, afirman que
comer los animales que mata uno mismo, es el medio más seguro de atraerse el pane. Este gran temor de los cazadores basta para imponer el respeto de la prohibición que él fundamenta: si se quiere seguir matando animales, es necesario no comerlos. La teoría indígena se apoya simplemente sobre la idea que la con­junción entre el cazador y los animales muertos, sobre el plan del consumo, traería una disyunción entre el cazador y los animales vivos, en el plan de la «producción». Tiene pues un alcance explí­cito, sobre todo negativo, puesto que ella se resuelve en la inter­
dicción de esta conjunción.

En realidad, esta prohibición alimenticia posee también un va­lor positivo, en lo que ella opera como un principio estructurante que fundamenta como tal a la sociedad guayakí. Al establecer una relación negativa entre cada cazador y el producto de su caza, ella sitúa a todos los hombres en una misma posición unos en relación con otros, y la reciprocidad del don del alimento resulta desde en­tonces no solamente posible sino necesaria: todo cazador es a la vez un donador y un receptor de carne. El tabú sobre la presa apa­
rece por lo tanto como un acto fundador del intercambio de ali­mentos entre los guayakíes, es decir como un fundamento de la so­ciedad misma. Otras tribus conocen sin duda este mismo tabú. Pe­ro entre los achés reviste una importancia particulamente grande, en la medida que su principal fuente de alimento está involucrada.

Obligando al individuo a separarse de su caza, lo obliga a confiar en los otros, permitiendo así al lazo social anudarse de manera definitiva; la interdependencia de los ca­zadores garantiza la solidez y la permanencia de este lazo, y la so­ciedad gana en fuerza lo que los individuos pierden en autonomía.

La disyunción del cazador y su presa fundamenta la conjunción de los cazadores entre ellos, es decir el contrato que rige a la sociedad guayakí. Aun más, la disyunción al nivel del consumo entre los ca­zadores y los animales muertos asegura, protegiendo a aquellos del pane, la repetición futura de la conjunción entre cazadores y animales vivos, es decir el éxito en la caza y por lo tanto la super­vivencia de la sociedad.


La Sociedad contra el Estado

Pierre Clastres

Ed. Virus, Barcelona 2014