En otras épocas al pensamiento alternativo se le encasillaba como disidente y se le prohibía y amordazaba, pero esa censura hacía resplandecer la épica de la libertad de opinión. Hoy, lo que incomoda no se rebate ni se prohibe; sencillamente se le ignora. Y para eso inventaron la saturación informativa, como cuando hay mucho griterío y cada voz particular queda ahogada, así la censura se ha vuelto superflua.