Gente corriente

Objetor por amor. Este pescador de la Barceloneta fue uno de los primeros objetores de la mili en 1971.

«Ir a la cárcel fue como un máster universitario»

GEMMA TRAMULLAS

Pasó más de dos años en la cárcel por abandonar la mili a media instrucción, pero nunca hizo bandera de su decisión pionera. 40 años después y coincidiendo con el próximo homenaje que el Parlament dedicará a objetores e insumisos, Joan elige el marco de los jardines Gandhi de Poblenou para reflexionar sobre aquella osadía que le cambió la vida.

-¿Qué sabía de Gandhi en 1971?

-Ni siquiera había oído hablar de él. Yo solo había oído hablar de
Jesucristo, el Evangelio y el cristianismo. Para mí, la mili era como hacer
la comunión o casarse, era lo normal, lo que hacía todo el mundo.

-Así que, cuando le tocó, se fue.

-A los 19 años me facturaron a Cartagena, a la Marina, pero me salió el
ramalazo de la Iglesia y decidí ser como un asistente social dentro del
Ejército. Hice el curso de monitor de instrucción para ayudar a la gente y
me convertí en militar, pero con una ideología de asistencia social.

-¿Es eso compatible?

-No, ayudar era lo opuesto a la rigidez militar. Quería hacer las cosas muy
bien hechas y eso, dentro de una jerarquía militar, me convirtió en el cabo
más estricto del cuartel. ¡Imagínese la paradoja! Cuando me di cuenta de lo
que me estaba pasando, empecé a hacer todo lo contrario: se acabaron las
ordenanzas militares, hacía asambleas, votaciones…

-De un extremo al otro.

-Ir a contracorriente me creaba una tensión terrible. La mili es para
aprender a matar, pero a mí me habían instruido en que el valor más grande
de la vida es el amor. Cuando llevaba siete meses de mili y después de
pasarme una tarde reflexionando sobre el Evangelio, pensando en frases como
«quien quiere salvar su vida, la pierde, y quien pierde su vida por amor a
la verdad y a la justicia, la encuentra», fui al cuerpo de guardia y dije:
«Sargento, no sigo más».

-¿Y qué ocurrió?

-¡Se armó un alboroto! Me encerraron tres días en una celda de castigo del
penal de Santa Lucía.

-En plena dictadura, ¿no temía las consecuencias de su decisión?

-No. Si me hubieran dicho «ponte en el paredón, que te fusilamos», hubiera
ido tranquilamente. Dicho así parece un farol, pero tal era mi convicción
que me daba una fuerza moral arrolladora. La mili era una prisión emocional
y psicológica, pero tumbado en aquella celda me sentí liberado, aún recuerdo
la sensación de paz y bienestar interior.

-¿Entonces aún no había oído hablar de la objeción de conciencia?

-No. Un día, se abrió la portezuela de la celda y alguien se asomó. «Hola.
Me llamo Jordi Agulló -dijo-. ¿Por qué estás aquí?». «Me he negado a hacer
la mili -respondí-. ¿Y tú?». «Yo también. Soy objetor de conciencia»,
contestó. «¿Ah sí? Entonces yo también soy objetor de conciencia».

-¿Cuánto tiempo pasó en prisión?

-Dos años y tres meses. Ir a la cárcel fue como un máster universitario de
la vida y sufrí una metamorfosis. Oí hablar de Gandhi, de la noviolencia,
del budismo y aprendí a meditar.

-¿Cómo le dejaron salir?

-El psiquiatra me dio por «psicópata mental con posibilidad de remisión».
Dieron carpetazo, por miedo. Solo los testigos de Jehová se negaban a ir a
la mili por motivos religiosos. ¿Y ahora también los católicos?

-¿Por qué no lideró el movimiento?

-Mi decisión fue intuitiva, intentaba ser coherente con un cristianismo
idealista, no tenía un cuerpo de pensamiento sobre la no violencia como Pepe
Beunza, el primer objetor. Pepe, Jordi Agulló, yo y otros como Rafa Rodrigo
fuimos la levadura de una masa que creció hasta ser un millón de objetores e
insumisos.

-Volvió a casa, a la Barceloneta, y decidió hacer una vida corriente.

-Me planteé ser sacerdote, pero me di cuenta de que no hacen falta grandes
cosas ni irse lejos. El sentido de la vida es vivirla, es el amor. Si me
casaba y tenía hijos, conocería la vida, la gente y a mí mismo.

-¿Les ha transmitido esos valores a sus tres hijos?

-Lo más importante que transmitimos no es la ideología, ni las palabras,
sino lo que somos en la vida cotidiana. A mis hijos les he transmitido lo
que soy, que no es que sea mucho ni poco, es lo que soy.

-¿Ya no va a la iglesia?

-No. He sido pescador durante 40 años y mi iglesia es la naturaleza. No hay
vida sin agua, sin sol, y me he dado cuenta de que una de nuestras grandes
necesidades existenciales es relacionarnos de igual a igual, sin jerarquías,
con humildad.

El Periódico.