Sacado de Teleskop

Erasmo, para su siglo, era más que un fenómeno literario; era, y llegó a ser, la expresión simbólica de los más secretos anhelos espirituales colectivos. Cada época que quiere renovarse proyecta primeramente su ideal en una figura; el espíritu del tiempo elige siempre a un ser humano como tipo para comprender él mismo su propio ser representativamente, y al elevar a este individuo único, y a veces de fama puramente casual, muy por encima de su medida, se entusiasma, por decirlo así, con su propio entusiasmo. Nuevos sentimientos y nuevos pensamientos nunca son comprensibles más que para un círculo escogido; la dilatada muchedumbre jamás puede concebirlos en forma abstracta, sino exclusivamente en una representación sensual y antropomórfica; por ella, gusta de poner a un hombre en lugar de una idea, una imagen, un modelo, al cual procura imitar fielmente. Este deseo de la época se encuentra como perfectamente acuñado en Erasmo por breve espacio de tiempo, pues el uomo universale, el imparcial, el muy sabio, el que mira libremente hacia el porvenir, ha llegado a ser el tipo ideal de la nueva generación. En el humanismo, celebra la época su propio valor para pensar y sus nuevas esperanzas. Por primera vez, el poder espiritual tiene la precedencia sobre el puramente hereditario y tradicional, y la fuerza, la rapidez con que se realiza esta transmutación de valores lo demuestra el hecho de que tos antiguos representantes del poder se someten ellos mismos voluntaria mente a los nuevos. Sólo es un símbolo el que Carlos V, con espanto de sus cortesanos, se incline para recoger el pincel que se le ha caído de las manos al hijo de un pastor, el Tiziano; el que el Papa obedezca la grosera orden de Miguel Ángel y abandone la Capilla Sixtina para no estorbar al maestro; el que los príncipes y obispos se pongan de repente a coleccionar libros, cuadros y manuscritos en lugar de armas; inconscientemente capitulan, de este modo, con el reconocimiento de que el poder del espíritu creador ha asumido en sí la soberanía en Occidente y de que las creaciones artísticas están destinadas a sobrevivir a las construcciones militares y políticas de la época. Por primera vez concibe Europa su razón de ser y su misión en la supremacía del espíritu, en la erección de una uniforme civilización occidental, en una cultura universal que actúe como modelo.

Para abanderado de este nuevo modo de pensar, la época elige a Erasmo. Como antibarbarus, como impugnador de toda reacción, de todo tradicionalismo, como precursor de una humanidad más alta, más libre y más humana, como conductor de una futura burguesía universal, lo antepone a todos los otros. Nosotros, gente de hoy, sentimos sin duda encarnado de modo incomparablemente más alto el tipo del que busca audazmente, del que lucha magníficamente, el hombre fáustico de aquel siglo, en otra expresión más profunda del uomo universale, en un Leonardo o un Paracelso. Pero, en último término, lo que realmente perjudica a la magnitud de Erasmo: su clara comprensión (con frecuencia excesivamente diáfana), su darse por satisfecho con lo perceptible, su carácter obsequioso y urbano, determinó entonces su fortuna. Mas, por instinto, la época elegía rectamente: cada renovación del mundo, cada labor a fondo del mismo, se ensaya primero con los reformadores moderados en lugar de acudir a los revolucionarios rabiosos, y en Erasmo veía la época el símbolo de la razón, silenciosa y tranquila, pero de actuación interesante. Durante un momento maravilloso, Europa está de acuerdo con el soñado deseo humanístico de una civilización uniforme que, en un idioma universal, una religión universal, una cultura universal, debía poner fin a la primitiva y fatal discordia, y esta inolvidable tentativa queda memorablemente unida con la figura y el nombre de Erasmo de Rotterdam. Pues sus ideas, sus deseos y sueños han dominado a Europa durante una hora universal de su historia, y es una fatalidad para él, y al mismo tiempo para nosotros, que esta pura voluntad espiritual de una definitiva unificación y pacificación del Occidente sólo haya sido un entreacto, rápidamente olvidado, de la tragedia, escrita con sangre, de nuestra común patria.

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Este imperio de Erasmo, que por primera vez -¡hora memorable! – abarcaba todos los países, pueblos y lenguas de Europa, era un suave señorío. Como conquistador sin violencia, sólo por la fuerza reclutadora y convincente de unos resultados espirituales, el humanismo aborrece toda violencia. Como únicamente elegido per acclamationem, no ejercita Erasmo ninguna dictadura ergotista. Espontaneidad e íntima libertad son las leyes políticas fundamentales de este invisible imperio. No con intolerancia, como anteriormente los príncipes y las religiones, es como quiere la posición espiritual erasmista someter a los hombres a sus ideas humanistas y humanitarias, sino que, como una luz al aire libre, que atrae hacia su pura esfera a los animales que vagan alrededor por lo oscuro, llama hacia su claridad a los todavía desconocedores y a los apartados, convenciéndolos dulcemente. El humanismo no tiene sentido imperialista, no conoce ningún enemigo ni quiere ningún siervo. Quien no quiera pertenecer al círculo selecto puede permanecer fuera de él, no se le obliga, no se le impele violentamente hacia el nuevo ideal; toda intolerancia -que siempre, en el fondo, procede de una incomprensión íntima- es ajena a esta teoría de inteligencia universal. Pero, por otra parte, a nadie se le niega el acceso en esta nueva gilda espiritual. Humanista puede llegar a serlo todo aquel que sienta aspiraciones hacia la educación y la cultura; todo ser humano de cualquier categoría social, hombre o mujer, caballero o sacerdote, rey o mercader, laico o fraile, tiene acceso a esta libre comunidad, a nadie se le pregunta por sus orígenes, su raza y clase social, por su idioma o nación. Con ello aparece un nuevo concepto en el pensamiento europeo: lo supranacional. Los idiomas, que hasta entonces eran los impenetrables muros divisorios entre los seres humanos, no deben separar ya a los pueblos: se tiende un puente entre todos ellos con la lengua común, el latín humanístico, que vale universalmente, y, del mismo modo, el ideal de patria debe ser superado como insuficiente, por ser un ideal demasiado estrecho, por el ideal supranacional, el europeo. «El mundo entero es una patria común», proclama Erasmo en su Querela Pacis, y, desde esta prominente altura para la contemplación del panorama europeo, parécele un absurdo la criminal discordia de las naciones, todo odio entre ingleses, alemanes y franceses: «¿Por qué nos apartan aún todos estos nombres estúpidos, ya que nos une el nombre de Cristo?» Todas estas rencillas en el interior de Europa, para el ser humano de ideas humanísticas no son más que equivocaciones, debidas a una escasa comprensión, a una escasa cultura, y la misión del europeo futuro, en vez de meterse con tibia emoción en las vanas pretensiones de los principillos, en las de los fanáticos sectarios, de los egoístas del nacionalismo, debe ser acentuar más cada vez lo que una y reúna: lo europeo por encima de lo nacional, lo humano sobre lo patriótico, y transformar el concepto del cristianismo, como pura comunidad religiosa, en una cristiandad universal, un amor de la humanidad abnegado, complaciente y humilde. El ideal erasmista, por lo tanto, dirige sus tiros a mayor altura que a una mera comunidad cosmopolita; actúa ya en él una resuelta voluntad de una nueva forma de unidad espiritual en Occidente. Cierto que ya anteriormente algunos individuos aislados habían intentado una unificación de Europa, los césares romanos, Carlomagno, y más tarde habrá de hacerlo Napoleón, pero estos autócratas habían procurado reunir a los pueblos y los Estados con la maza de la violencia; el puño del conquistador había destrozado los imperios más débiles para encadenarlos a los más fuertes. Pero en Erasmo -¡decisiva diferencia!-, Europa aparece como una idea moral, como una exigencia espiritual perfectamente limpia de egoísmo; comienza con él aquel postulado de los Estados Unidos de Europa, todavía hoy no realizado, bajo el signo de una cultura y civilización comunes.

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La condición previa y patente para Erasmo, el paladín de estas y de todas las ideas de armonía, es la eliminación de toda violencia y, en especial, la supresión de la guerra, de ese «naufragio de todo bien». Erasmo tiene que ser considerado como el primer teorizador literario del pacifismo; no menos de cinco escritos compuso contra la guerra en un tiempo de continuas luchas: en 1504, la invitación a Felipe el Hermoso; en 1514, la dirigida al obispo de Cambray, en la que le dice que «como príncipe cristiano, por el amor de Cristo, debería aceptar la paz»; en 1515, en los Adagia, el célebre artículo que lleva el titulo eternamente verdadero de «Dulce bellum inexpertis» («Sólo para aquellos que no la han experimentado parece bella la guerra»); en 1516, en sus Lecciones a un piadoso príncipe cristiano, le habla admonitoriamente al joven emperador Carlos V, y, por último, aparece en 1517 la Querela Pacis, propagada en todas las lenguas y, sin embargo, desconocida por todos los pueblos, la «queja de la paz que ha sido rechazada, expulsada y asesinada en todas las naciones de Europa».

Pero ya entonces, casi quinientos años antes de nuestro tiempo, sabe Erasmo lo poco que tiene que contar con la gratitud y aprobación generales un convencido amigo de la paz; «se ha llegado a tal punto, que pasa por bestial, necio y anticristiano el que se abra la boca en contra de la guerra», cosa que, no obstante, no le impide inaugurar, con una decisión siempre repetida, en la época del derecho del más fuerte y de los más groseros actos de violencia, sus ataques contra la continua busca de disputas de los príncipes. A su juicio, tiene razón Cicerón cuando dice que «una paz injusta es mejor que una guerra justa», y aquel solitario combatidor de la guerra le opone todo un arsenal de argumentos que todavía hoy podrían ser explotados abundantemente. «El que los animales se ataquen -tal es su lamento-, lo comprendo y se lo perdono a su ignorancia»; pero los hombres tendrían que reconocer que la guerra, en sí misma, significa ya necesariamente una injusticia, pues de costumbre no alcanza a los que la atizan y dirigen, sino que, casi siempre, todo su peso viene a caer sobre los inocentes, sobre el pobre pueblo, que no tiene nada que ganar ni con la victoria ni con la derrota. «La mayor parte de sus males alcanzan a aquellos a quienes en nada les concierne la guerra, y, aun cuando hayan tenido la mayor suerte en ella, la dicha de una parte es siempre el daño y perdición de la otra.» La idea de la guerra no puede, pues, jamás ligarse con la idea de justicia, y, por lo tanto -vuelve a preguntar-, ¿cómo puede ser justa una guerra? Para Erasmo no hay en el terreno teológico, ni tampoco en el filosófico, una verdad absoluta y valedera para todos los casos. La verdad siempre es, para él, ambigua y multicolor, y del mismo modo el derecho, por lo cual «en ninguna materia debe mostrarse más circunspecto el príncipe que para decidirse a promover la guerra, sin hacer un incondicional alarde de su derecho, pues ¿quién no considera sus asuntos como los más justos?» Todo derecho tiene dos aspectos, todas las cosas están «teñidas, embadurnadas y echadas a perder por el partidismo», y hasta cuando uno cree estar en su derecho, el derecho no debe resolverse por medio de la violencia ni terminarse nunca por ella, pues «una guerra procede de otra, y de una, dos».

Para unos seres humanos espirituales, la decisión de un conflicto por medio de las armas no significa nunca una solución moral del mismo; expresamente declara Erasmo que, en caso de guerra, los hombres espirituales, los sabios de todas las naciones, no tienen que negarse su amistad. No es permitido que su posición sea nunca la de reforzar, con celo partidista, la hostilidad de las opiniones, de los pueblos, de las razas y de las clases sociales, sino que tienen que permanecer inconmovibles en las puras esferas de la humanidad y de la justicia. Su misión eterna sigue siendo la de oponer al «frenesí inhumano, anticristiano y bestialmente salvaje de la guerra» las ideas de la colectividad universal y del universal cristianismo. Nada reprocha más violentamente Erasmo a la Iglesia, como suprema depositaria de la moral, que el haber renunciado, por un acrecentamiento del poder temporal, a la gran idea agustiniana de «la paz cristiana universal». «Se avergüenzan los teólogos y los maestros de la vida cristiana de ser los principales incitadores, promotores y fomentadores de aquello que Nuestro Señor Jesucristo odió tanto y de modo tan grande? -exclama con ira-. ¿Cómo pueden reunirse el báculo episcopal y la espada, la mitra y el casco, el evangelio y el escudo? ¿Cómo es posible predicar a Cristo y la guerra, con la misma trompeta proclamar a Dios y al demonio?» «El eclesiástico belicoso» no es otra cosa, por lo tanto, sino una contradicción con la palabra de Dios; niega la más alta embajada de que le encargó su Señor y Maestro cuando dijo: «¡La paz sea con vosotros!»

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Siempre se muestra vehemente Erasmo cuando alza la voz contra la guerra, el odio y la limitación partidista, mas esta pasión vehemente jamás enturbia, con su indignación, la claridad de su concepto del mundo. A un tiempo idealista por su corazón y escéptico por su inteligencia, Erasmo conocía todas las resistencias que se oponían, en el terreno de lo real, a la realización de aquella «paz universal cristiana», a aquel único señorío de la humana razón. El hombre que en su Elogio de la locura describió todas las variedades del delirio humano y de la absurdidad, no pertenece al grupo de aquellos soñadores idealistas que opinan que con la palabra escrita, con libros, predicación y tratados, se puede matar el inmanente impulso de violencia de la naturaleza humana o, por lo menos, adormecerlo; no se engañaba, en modo alguno, acerca del hecho de que el goce en el ejercicio de la fuerza y la alegría del combate fermentan en la sangre de la Humanidad desde épocas de canibalismo, hace cientos y miles de años, torpes recuerdos del odio primitivo de la remota bestia humana contra sus semejantes, no menos bestiales, y que todavía serán necesarios cientos de años, y quizá miles, de educación moral y elevación de la cultura para una plena desbestialización y humanización de la estirpe del hombre. Sabía que los impulsos elementales no se pueden remover con dulces charlas y palabras morales y aceptaba la barbarie de este mundo como un hecho, por el momento, invencible. Por ello, su propia lucha se desarrollaba en otras esferas; como hombre espiritual no podía dirigirse siempre sino a los espirituales, no a los conducidos y seducidos, sino a los conductores, a los príncipes, a los sacerdotes, a los sabios, a los artistas, a todos aquellos a quienes sabía y hacía responsables de toda discordia en el mundo europeo. Como pensador de largo alcance, había reconocido mucho antes que el impulso hacia la violencia, en sí mismo, no constituye un peligro universal. La violencia sola tiene corto el aliento; ataca, ciega y furiosa, pero, sin meta para su voluntad y escasa de pensamiento, se viene abajo por sí misma, agotada, después de sus bruscas explosiones. Aun donde actúa por contagio y psicopáticamente y excita a grupos enteros, éstos sólo se producen como bandas indisciplinadas, que se extinguen espontáneamente tan pronto como se ha enfriado el primer entusiasmo. Nunca, en el curso de la Historia, las sublevaciones y levantamientos sin una dirección espiritual han llegado a ser peligrosos para un orden social auténtico: sólo cuando el impulso de violencia está al servicio de una idea, o la idea se sirve de él, se producen los verdaderos trastornos, las revoluciones sangrientas y destructoras, pues sólo con una enseña se convierte una banda en partido, sólo con la organización, en un ejército, y sólo con un dogma, en un movimiento general. Todos los grandes conflictos violentos de la Humanidad son menos atribuibles a la voluntad de violencia que reside en la sangre del hombre, que a una ideología que desencadena esa voluntad y la impulsa contra otra parte de la familia humana. Sólo el fanatismo, ese bastardo del espíritu y de la violencia, que quiere imponer la dictadura de una idea, la de la suya propia, a todo el universo, como la única forma permitida de fe y de existencia, hiende la comunidad humana en enemigos y amigos, partidarios y adversarios, héroes y criminales, creyentes y herejes; como sólo reconoce su sistema y sólo quiere considerar como verdadera su verdad, tiene que echar mano de la violencia para abatir a todos los otros dentro de la pluralidad de representaciones querida por Dios. Todas las violentas limitaciones de la libertad espiritual, de la libertad de opinión, la inquisición y la censura, la hoguera y el cadalso, no han sido impuestas al mundo por la violencia ciega, sino por el fanatismo de severa mirada, ese genio de la parcialidad y enemigo hereditario de la universalidad, ese prisionero de una única idea que intenta siempre hostigar al mundo entero y encerrarlo en esa prisión suya.

Por eso, para el humanista Erasmo, que siempre está señalando hacia los intereses comunes de la Humanidad por ser su propiedad más excelsa y sagrada, el hombre espiritual no puede arrojar sobre sí culpa más grave que si proporciona un decisivo pretexto de rebelión a la voluntad de las masas, siempre dispuestas a la violencia, al sostener una ideología unilateral, pues con ello suscita fuerzas primitivas que salvajemente corren más allá de su idea originaria y destruyen sus más puras intenciones. Un hombre solo puede azuzar la pasión de las masas, pero casi nunca le es también dado volver a calmar esta desencadenada pasión. Quien, con su palabra, sopla una llamita, ha de tener conciencia de que se producirá una fogata destructora; el que excita el fanatismo, declarando como único valedero un solo sistema de existir, de pensar y de creer, tiene que reconocer la responsabilidad de que con ello está provocando la desavenencia universal, una guerra espiritual o corporal contra toda otra forma de pensar y vivir. Toda tiranía de una idea es una declaración de guerra contra la libertad espiritual humana, y el que, como Erasmo, busca una síntesis suprema de todas las ideas, una armonía universal humana, tiene, por ello, que considerar como un ataque contra su concepto de inteligencia general toda forma de parcialidad en el pensamiento, de ciega voluntad de incomprensión. La persona educada humanísticamente, dotada de humanas opiniones en el sentido de Erasmo, no debe, en consecuencia, conjurarse con ninguna ideología, porque toda idea aspira naturalmente a la hegemonía; no tiene que ligarse con ningún partido, pues es deber de toda persona de partido ver de un modo partidista las cosas, sentirlas y pensar en ellas. En todo momento tiene que conservar su libertad de pensamiento y de acción, pues sin libertad es imposible la justicia, única idea que, como supremo ideal, debería ser común a toda la Humanidad. Pensar como Erasmo significa, por lo tanto, pensar con independencia; proceder como Erasmo, proceder en el sentido de la comprensión. El erasmista, el que tiene fe en la Humanidad, no tiene que fomentar lo que separa, sino lo que liga, dentro del círculo de su vida; no tiene que fortificar a los parciales en su parcialidad, a los hostiles en su hostilidad, sino extender la inteligencia y preparar la comprensión, y cuanto más fanática se muestre la época en su parcialidad, tanto más resueltamente tiene que perseverar él en su posición por encima de los partidos, desde la cual contempla a la colectividad humana en todos estos errores y extravíos, para ser siempre defensor insobornable de la libertad espiritual y de la justicia sobre la Tierra. A todas las ideas concédeles Erasmo sus derechos, pero a ninguna sus pretensiones sofísticas; el pensador que ha procurado comprender a la propia locura y la ha elogiado, no se opone, anticipadamente y con hostilidad, a ninguna teoría o tesis sino sólo en el momento en que éstas pretenden violentar a las otras. El humanista, como hombre que sabe mucho, ama precisamente al mundo a causa de su diversidad y no le espantan sus contradicciones. Nada está más lejos de su espíritu que pretender eliminar las contradicciones a la manera de los fanáticos y sistemáticos, que procuran reducir todos los valores a un solo número y todas las flores a una sola forma y color; precisamente ésta es la nota característica del espíritu humanista: no valorar las contradicciones como hostilidad y buscar para todo lo aparentemente inconcebible una unidad superior, la unidad humana; lo mismo que Erasmo en sí mismo sabía reconciliar los elementos más agriamente hostiles, cristianismo y Antigüedad, libertad de fe y teología, Renacimiento y Reforma, tenía que parecerle creíble que también en algún tiempo toda la Humanidad llegara a transformar la pluralidad de sus representaciones en un dichoso acuerdo, sus contradicciones en una más alta armonía. Esta última inteligencia universal, la europea, la espiritual, constituye propiamente el único elemento de creencias religiosas del humanismo, por otra parte más bien frío y racionalista, y, con el mismo fervor con que las otras gentes de este oscuro siglo proclaman su fe en Dios, proclama él la embajada de su fe en la Humanidad; que llegue a ser sentido, meta y porvenir del mundo, de modo que éste, en lugar de vivir para lo que lo separa, viva para lo que la junta en común y, de este modo, se vaya haciendo cada vez más y más humano.

Para esta educación de la Humanidad, el humanismo no conoce más que un solo camino: el de la cultura. Erasmo y los erasmistas piensan que lo humano en el hombre sólo puede ser acrecido por medio de la cultura y del libro, pues sólo el ineducado, sólo el no instruido, se entrega sin reflexión a sus pasiones. El hombre culto, el civilizado -aquí aparece el trágico paralogismo de su modo de pensar-, no es ya capaz de groseras violencias, y si los educados, los cultos y civilizados tuvieran en sus manos el poder político, se extinguiría por sí mismo lo caótico y bestial; la guerra y las persecuciones espirituales llegarían a ser decrépitos anacronismos. En su estimación exagerada de la civilización, los humanistas no comprenden las fuerzas primitivas del mundo de los impulsos, con su indomable violencia, y, con su optimismo cultural, convierten en cosa insignificante el espantoso problema, apenas soluble, del odio de las masas y de las grandes psicosis apasionadas de la Humanidad. Sus cálculos son demasiado simples; para ellos, hay dos capas sociales, una inferior y otra superior; abajo, la muchedumbre sin civilizar, ruda y apasionada; arriba, el claro círculo de los educados, de los comprensivos, de los humanos, de los civilizados, y el principal trabajo les parece realizado cuando logran atraer partes cada vez mayores de la capa inferior de los incultos para unirlas a la superior de la cultura. Así como en Europa fue siendo labrada cada vez más tierra de la antes inculta, por la que vagaban, peligrosas y salvajes, las errantes fieras, así también en lo humano hay que lograr sucesivamente desarraigar de nuestros círculos europeos la sinrazón y la dureza, para crear una zona de Humanidad libre, clara y fructífera. De este modo, en lugar del pensamiento religioso, colocan la idea de una ascensión incesante de la Humanidad. La idea del progreso, mucho tiempo antes de que Darwin haga de ella un método científico, llega a ser un ideal moral, gracias a sus esfuerzos: sobre ella se apoyan los siglos XVIII y XIX en muchos de sus aspectos, las ideas erasmianas han llegado a ser los principios capitales del moderno orden social. No obstante, nada sería más erróneo que ver en el humanismo, y más concretamente en el pensamiento de Erasmo, una doctrina democrática precursora del liberalismo. Ni por un momento piensa Erasmo ni los suyos en conceder el más pequeño derecho al pueblo, inculto y menor de edad -para ellos todo hombre inculto no ha alcanzado aún su mayoría-, y aunque aman a toda la Humanidad, cierto que en abstracto, se guardan mucho de ponerse en común con el vulgus profanum. Considerándolo más de cerca, en ellos, en vez del antiguo orgullo aristocrático, ha surgido uno nuevo: aquel envanecimiento académico, que vino extendiendo después sus efectos a través de tres siglos, que sólo al hombre que sabe latín, al formado en las universidades, le reconoce derecho para decidir sobre lo justo y lo injusto, lo moral y lo que contradice a la ética. Los humanistas están tan resueltos a regir el mundo en nombre de la razón, como los príncipes en nombre de la fuerza y la Iglesia en el de Cristo. Sus sueños encañonan sus tiros hacia una oligarquía: el señorío de la aristocracia de la cultura; sólo los mejores, los más cultos (o i a r i s t o i ) deben tomar a su cargo, en el sentido de los griegos, la dirección de la polis, del Estado. Gracias a su saber superior, a las concepciones más clarividentes y más humanas, ellos solos se sienten llamados a intervenir, como mediadores y guías, en las disputas entre las naciones que se les representan como estúpidas y atrasadas; pero este mejoramiento de la situación no quieren, en modo alguno, alcanzarlo con ayuda del pueblo, sino por encima de la muchedumbre. Así que, en el fondo último, los humanistas no representan ninguna renuncia al régimen aristocrático y caballeresco, sino su renovación en una forma espiritual. Esperan conquistar el mundo con la pluma como aquéllos con la espada, y, sin saberlo, se crean, como aquéllos, su propia convención social que los aparta de los «bárbaros», una especie de ceremonial de corte. Ennoblecen sus nombres traduciéndolos al latín o al griego, para velar, de este modo, su ascendencia popular; se llaman Melanchthon en vez de Schwarzed, Mykonio en vez de Geisshüsler, Oleario en lugar de Oelshläger, Chytraeo en vez de Kochhafe, y Cochlaeo en lugar de Dobnick; se visten, con especial cuidado, de negras y onduladas vestiduras, para distanciarse ya exteriormente de la clase de los otros ciudadanos. Tendrían por humillación escribir un libro o una carta en su materno idioma, lo mismo que un caballero se indignaría si se le encargara marchar con la chusma de a pie, con la tropa vulgar de infantería, en vez de ir delante a caballo. Cada cual se siente obligado a un especial y distinguido porte en el trato y comercio social, por su ideal colectivo de cultura; evitan las palabras violentas y cultivan la cortesía urbana, como especial deber, en una época de grosería y rudeza. Oralmente y por escrito, en su palabra y porte, estos aristócratas del espíritu se esfuerzan por alcanzar distinción en su ánimo y expresiones, y, de este modo, todavía se espeja un último reflejo de la moribunda caballería, que baja a la tumba con el emperador Maximiliano, en esta orden espiritual que había tomado como pendón el libro en lugar de la cruz. Y así como la noble caballería sucumbía ante la fuerza grosera de los cañones que vomitan hierro, así también este noble escuadrón idealista caerá bellamente, pero sin vigor, ante el ataque robusto, de campesina fuerza, de la revolución popular de un Lutero y un Zuinglio.

Porque precisamente este apartar la mirada del pueblo, esta indiferencia hacia la realidad, quitó de antemano al imperio de Erasmo toda posibilidad de duración, y a sus ideas, la inmediata fuerza actuante: la falta orgánica fundamental del humanismo era el querer instruir al pueblo desde lo alto, en lugar de intentar comprenderlo y aprender de él. Estos idealistas académicos creían dominar ya porque su imperio se extendía muy a lo lejos; porque en todos los países, cortes, universidades, conventos e iglesias tenían sus servidores, sus embajadores y legados, que anunciaban orgullosamente los progresos de la eruditio y de la eloquentia en territorios hasta entonces bárbaros; pero, en lo más profundo, este imperio no comprendía sino una tenue capa superficial y estaba débilmente arraigado en la realidad. Cuando, desde Polonia y Bohemia, desde Hungría y Portugal, le traían todos los días a Erasmo entusiastas mensajes; cuando todos los señores de la Tierra, emperadores, reyes y papas, solicitaban su favor, podía, en muchos momentos, el sabio encerrado en su cuarto de estudio abandonarse a la ilusión de que el imperio de la ratio estaba ya permanentemente establecido. Pero, por encima de estas cartas latinas, no percibía el silencio de las grandes muchedumbres de millones de hombres, ni tampoco la queja que amenazaba cada vez con mayor violencia desde inconmensurables profundidades. Ya que el pueblo no existía para él, ya que lo consideraba como poco fino e indigno de que un hombre culto llegara a solicitar el favor de las masas y tratara, en general, con los ineducados, con los «bárbaros», el humanismo nunca existió más que para los happy few y no para el pueblo, y su platónico imperio de la Humanidad, en resumidas cuentas, no fue más que un imperio de nubes, que durante una hora breve iluminó al mundo entero, maravilloso de ver, puro producto del espíritu creador, el cual desde su altura miraba a sus pies, dichosamente, Un mundo oscurecido. Pero una verdadera tormenta -ya se apelotona en la oscuridad- no puede ser resistida por este frío y artificioso producto, y sin lucha irá a recaer en lo ya perecido.

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Porque, y ésta era la más profunda tragedia del humanismo y la causa de su rápido ocaso, sus ideas eran grandes, pero no lo eran los hombres que las proclamaban. Una pizca de ridiculez va unida a estos idealistas de cuarto cerrado, como lo va siempre a los reformadores del mundo puramente académicos; almas áridas todos ellos, que ostentan sus nombres latinos como una espiritual mascarada; una pedantería de maestro de escuela cubría de polvo, en todos ellos, los más florecientes pensamientos. Estos pequeños camaradas de Erasmo son conmovedores en su ingenuidad profesoral, algo semejante a las buenas gentes que también hoy vemos reunidas en asociaciones filantrópicas y de mejoramiento social, idealistas teóricos que creen en el progreso como en una religión, soñadores despiertos que en sus mesas de escribir construyen un mundo moral y redactan tesis sobre la paz perpetua, mientras en el mundo real una guerra sucede a otra y precisamente los mismos papas, emperadores y príncipes que rinden, encantados, un tributo de aplauso a sus ideas de mutua tolerancia, pactan, al propio tiempo, unos con otros y en contra de los otros, y prenden fuego al mundo entero. Si se encuentra un nuevo manuscrito de Cicerón, cree ya el clan humanista que todo el Universo tiene que resonar con sus clamores de júbilo; cualquier libelillo provoca su cólera y su pasión. Pero lo que agita al hombre de la calle, lo que rige fundamentalmente en lo profundo de las muchedumbres, eso no lo saben ni quieren saberlo, y, como permanecen encerrados en sus estancias, su bienintencionada palabra pierde toda resonancia en la realidad. Por este apartamiento fatal, por esta carencia de pasión y de popularidad, el humanismo no logró nunca hacer fructificar en la realidad sus ideas más fructíferas. El magnífico optimismo contenido en el fondo de su doctrina no era capaz de desarrollarse creadoramente y de desplegarse, porque entre estos pedagogos teóricos de las ideas humanistas no se encontraba uno solo a quien le hubiera sido otorgado el poder natural de la palabra fuerte para lanzar a gritos sus llamadas hasta lo profundo del pueblo. Un pensamiento grande y santo quedó seco para varios siglos por obra de una generación sin ánimos.

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No obstante, era hermosa esta hora universal en la que la santa nube de la confianza en la Humanidad brillaba, con sus mansos e incruentos resplandores, sobre nuestra tierra europea, y si su ilusión de que ya estaba logrado el reunir en pacífica unidad a los pueblos bajo el signo del espíritu era también un poco precipitada, debemos salir a su encuentro con respeto y gratitud. Siempre fueron necesarios al mundo hombres que se negaran a creer que la Historia no sea nada más que una roma y monótona repetición de sí misma, un juego sin sentido que se renueva siempre de igual modo con cambiados ropajes, sino que confían, sin pruebas para ello, en que el curso de la vida de la Humanidad significa un progreso moral, en que nuestra especie, por invisibles escalones, asciende desde la bestialidad a la divinidad, de la brutal violencia hacia un sabio espíritu de ordenación y que este último, el grado supremo de la completa concordia humana, está ya próximo, ya casi alcanzado. El Renacimiento y el humanismo produjeron uno de tales minutos optimistas de fe universal; por eso amamos ese tiempo y veneramos su fértil delirio. Pues por primera vez se desarrolló entonces en nuestra estirpe europea la confianza en sí misma, para superar a todas tas épocas anteriores y formar una Humanidad más alta, más instruida y más prudente aún que la de Grecia y Roma. Y la realidad parece dar la razón a estos primeros heraldos del optimismo europeo, pues ¿no ocurrieron en aquellos días maravillas que excedían a todas las anteriores? ¿En Durero y Leonardo no se produjeron unos nuevos Zeuxis y Apeles y en Miguel Ángel un nuevo Fidias? ¿No coordina la ciencia a los astros y al mundo terrestre según nuevas y claras leyes científicas? El dinero, que fluye a torrentes de los países nuevos, ¿no proporciona inconmensurables riquezas y estas riquezas un nuevo arte? ¿Y no logró la acción mágica de Gutenberg que, de ahora en adelante, la palabra creadora, la engendradora de cultura, se esparza a millares sobre la Tierra? No, no puede pasar mucho tiempo, tal como lo proclaman con júbilo Erasmo y los suyos, antes de que la Humanidad, conocedora de sus propias fuerzas y tan pródigamente dotada de ellas, tenga que reconocer su misión ética, vivir en lo por venir únicamente de un modo fraternal, proceder moralmente y extirpar de modo eficaz los residuos de su naturaleza bestial. Como son de trompeta, resonaban sobre el mundo las palabras de Ulrich von Hutten: «Es un placer vivir», y, llenos de fe e impaciencia, los ciudadanos del imperio erasmista de la nueva Europa ven desde las almenas un rayo de luz resplandeciendo en el horizonte del porvenir, que, después de una larga noche espiritual, parece anunciar por fin el día de la reconciliación universal.

Pero no es la bendita aurora lo que amanece sobre la tierra tenebrosa: es el incendio que destruirá su mundo idealista; al igual de los germanos en la Roma clásica, así irrumpe Lutero, el fanático hombre de acción, con la irresistible fuerza de choque de un movimiento popular nacional, en su mundo de ensueños supranacionales e idealistas, y antes aún de que el humanismo haya comenzado verdaderamente su obra de unificación universal, rompe la Reforma, con los golpes de su martillo de hierro, la última unidad espiritual de Europa, la Ecclesia universalis.

One thought on “Erasmo de Rotterdam, pionero de la noviolencia”
  1. > Erasmo de Rotterdam, pionero de la noviolencia
    Es difícil leer a erasmo. En las ferias del libro suelen vender ediciones baratas de su «elogio de la locura» que está muy bien, pero su voluminosa obra maestra, y la que revolucionó el pensamiento de su época, el «Enquiridion» no hay quien lo encuentre.

    A mí me alucina mucho este pensador, que caminó muchos siglos por delante de su época y que todavía tiene mucho que decir a la generación actual.

    Y las pocas visitas de este artículo hubieran sido convenientemente analizadas por erasmo y puestas en relación con la ideología y por ende (dentro de círculo vicioso) la educación de esta nuestra época.

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