
Inexorabilidad, pensamiento único, doctrinas pétreas, ausencia de
alternativas… ¿se corresponden estas características y principios a
pensamientos y actuaciones inteligentes?
(Fuente: http://philosophy.lander.edu/intro/introbook2.1/x874.html)
«Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y
Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:Hace
algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada.
Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial
y fui elegido yo. Leo la pregunta del examen y decía: “Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”.
El estudiante había respondido: “Lleva el barómetro a la azotea del
edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélgalo hasta la base del
edificio, marca y mide. La longitud de la cuerda es igual a la longitud
del edificio”.
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la
resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta
y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación,
podría alterar el promedio de sus de estudios, obtener una nota más alta
y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no
confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis
minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la
advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de
física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito
nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contesto que tenia
muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de
todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: “Coge el
barometro y déjalo caer al suelo desde la azotea del edificio, calcula
el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la formula
altura = 0,5 por g por T al cuadrado. Y así obtenemos la altura del
edificio”. En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se
podía retirar. Le dió la nota más alta.
Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí
que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay
muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y
mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a
continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una
simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.
Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contestó; éste es un
procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En
este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del
edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando en
la pared la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la
azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de
marcas que has hecho y ya tienes la altura. Éste es un método muy
directo. Por supuesto, si lo que quieres es un procedimiento más
sofisticado, puedes atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si
fuera un péndulo. Dado que cuando el barómetro está a la altura de la
azotea la velocidad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la
aceleración de la gravedad, al descender el barómetro en trayectoria
circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de
estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica,
podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.
En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo
descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes
calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, concluyó,
existen otras muchas maneras. Probablemente, siguió, la mejor sea coger
el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando
abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted
me dice la altura de este edificio, se lo regalo.
En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la
respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por
un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de
altura entre ambos lugares). Evidentemente, dijo que la conocía, pero
que durante sus estudios sus profesores habían intentado enseñarle a
pensar. El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel
de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo
de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban.
Fue
fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica. Al margen del
personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta
historia, es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR.
Ernest Rutherford: «Le habían enseñado a pensar»
La pregunta del examen estaba mal enfocada.
Debería haber sido: «Demuestre como puede medir la altura de un edificio, SOLO con la ayuda de un barómetro».
Sin cuerdas, ni cronómetros, ni lapices para hacer marcas…
Pero en fin: La anécdota es graciosa y simpática.
internete
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PD: Y la conclusión: «Se trata solo del juego de PENSAR», importantísima…
http://www.youtube.com/watch?v=kD1qmwyu8iU