
Siempre le tuve más miedo a las policías que a los delincuentes. Acaso porque me sabía capaz de transgredir alguna ley y absolutamente incapaz de uniformarme para defender las leyes.
Ese uniforme exterior del policía me asusta menos que su uniforme interior.
Un ser facultado para golpearte con el beneplácito del llamado Estado de Derecho, monopolizador orgulloso, al lado de los militares, de la «violencia legítima», debería sopesar la posibilidad de erradicarse a sí mismo.
Dejar el vil oficio y cambiar de vida, si es que el uniforme interior no se convirtió en una «chaqueta metálica», en el sentido de la película de Kubrick…
Policías del mundo, erradicaos!
