
Una coalición de
organizaciones sindicales, religiosas y comunitarias ha designado la celebración
del Primero de Mayo de 2006 en Estados Unidos como un día de paro nacional de
los trabajadores inmigrantes indocumentados. El paro es en protesta por los
intentos del gobierno federal de criminalizar la condición migratoria de
millones y millones de trabajadores en el país. Simultáneamente, se llevará a
cabo un boicot a nivel nacional de compra de productos comerciales por hispanos.
Este artículo discute los eventos del primero al 4 de mayo de 1886 en Chicago,
desde la perspectiva de su relevancia para la lucha de los trabajadores
inmigrantes en la época actual. También discute el tema de la represión política
y el uso de la pena de muerte en contra de las masas trabajadoras inmigrantes en
Estados Unidos. Finalmente, evalúa el papel de los medios de comunicación en la
creación de un clima de histeria que persigue justificar la violación crasa de
los derechos civiles de la población trabajadora pobre y de la disidencia
política.
Civilización y
barbarie
El año 1888 fue de
grandes avances en la tecnología y organización de la sociedad capitalista
moderna a nivel internacional. Thomas Edison, por ejemplo, transformó ese año la
industria de juguetes en Estados Unidos al colocar un pequeño fonógrafo en el
interior de una muñeca, creando así el primer monigote hablante. También en ese
país, George Eastman patentiza la cámara fotográfica moderna, Lewis Waterman
inventa la pluma fuente, Marvin Stone mecaniza la producción de sorbetes de
papel, Theophilus Van Kannel diseña la primera puerta rotatoria y alguien
desconocido crea el desodorante moderno en Filadelfia. Al otro lado del
Atlántico, la invención más importante fue quizás el proceso Bayer para la
producción de aluminio, que daría un impulso formidable a la expansión
industrial europea, con la aplicación avanzada de la química a la
hidrometalurgia. El inventor fue Karl Bayer, un químico austriaco que vivía en
San Petersburgo, Rusia.
Quizás no queriendo
quedarse atrás, Inglaterra introdujo en 1888 avances teóricos notables en un
área de la ciencia en que venía destacándose por años: la aplicación de los
principios de la física y la matemática al ahorcamiento de reos. La historia de
los métodos de ejecución por horca es una de las cosas más cuidadosamente
documentadas en Inglaterra. Todavía hoy se puede ofrecer, por ejemplo, un
listado completo de todos los verdugos activos entre el año 1300 y 1964, cuando
se puso fin al uso de ese método de ejecución en Inglaterra. Según los
historiadores del tema, la primera etapa en el desarrollo de la práctica del
ahorcamiento en Inglaterra va del período Saxon, aproximadamente en el año 400,
hasta fines del siglo XVIII. Técnicamente la cosa era entonces muy rudimentaria,
pues se circunscribía al uso de árboles, escaleras o carretas. El verdugo
trepaba la persona, le amarraba la soga al cuello y luego removía lo que le
servía de soporte, dejándola caer sin que tocara el suelo. Con la introducción
de las famosas leyes en contra de los vagabundos, sin embargo, se hacen más y
más frecuentes los ahorcamientos de gente pobre y se institucionaliza el uso de
cadalsos. Ya para mediados del siglo XVIII prácticamente todos los pueblos y
ciudades de Inglaterra tenían uno permanentemente. Fue precisamente el uso del
cadalso lo que lleva a la introducción del método de la “caída”, que requería de
la contratación de un verdugo con un conocimiento mínimo del uso de pesas y
contrapesas para efectuar el ahorcamiento. Pero aquí se trataba, según los
expertos, más de un proceso de experimentación tortuosa que de un arte o una
ciencia. No era infrecuente, por ejemplo, que el ahorcamiento resultara en la
completa decapitación del reo, que la caída le removiera súbitamente toda la
carne de la cara, o que el verdugo tuviera que guindarse de los pies de la
persona para acabar de matarla. Dado que en algunos casos el proceso se dilataba
por quince o veinte minutos, durante los cuales el reo experimentaba
convulsiones y espasmos, algunos verdugos usaban como complemento un garrote o
maceta de misericordia para acortar el sufrimiento y la duración de lo que en
Inglaterra se consideraba un gran entretenimiento de masas.
La segunda etapa importante en la historia del
ahorcamiento de reos en Inglaterra llega con el nombramiento de William Calcraft
como verdugo oficial de Londres en 1829. Calcraft, quien estuvo en el puesto
hasta 1874, notó que la caída “corta” prevenía la decapitación del reo y
conducía a una muerte dolorosa y lenta por estrangulación. Esto lo lleva a
concebir el arte de ahorcar reos como una empresa de entretenimiento. Entre 1829
y 1868, Calcraft ahorcó a cerca de 450 personas en público, incluyendo a 35
mujeres, conservando hasta hoy el record del verdugo más prolífico de
Inglaterra. Se dice que en 1849 sufrió una crisis emocional al ejecutar a Sarah
Thomas una joven hermosa de tan sólo 17 años, por la que sintió una cierta
atracción. Pero el 13 de noviembre de ese año, Calcraft logra recuperarse
congregando a una multitud de cincuenta mil personas para la ejecución por horca
de Frederick George Manning y de su esposa, María Manning, en Bristol. Ahí es
que decide aprovechar la expansión de los ferrocarriles para salir de Londres y
llevar sus servicios a toda Inglaterra y donde pudiera. El clímax de su carrera
ocurre el 28 de julio de 1865 en Glasgow, cuando cien mil personas atienden la
ejecución pública del Dr. Edgard William Pritchard. Pero en 1868 el gobierno
inglés decide poner fin a las ejecuciones públicas y a los grandes espectáculos
de ahorcamiento. En adelante, Calcraft trabajaría al interior de las prisiones y
solamente ante los testigos y la prensa. Su última ejecución fue en 1874, año en
que se retira.
Es a William Marwood -reemplazo
de Calcraft- a quien se le atribuye el inicio de la transformación del
ahorcamiento de reos en una ciencia en Inglaterra. Hasta 1874, Marwood había
trabajado de zapatero. Al enterarse del retiro de Calcraft, el artesano solicitó
el trabajo prometiendo hacerlo de acuerdo con un método completamente rápido y
eficiente. En realidad, Marwood demostró que una “caída larga” bien hecha
causaba la muerte instantánea del reo al quebrarle el cuello sin arrancarle la
cabeza. Aunque no sabía mucho de física, este zapatero se dio cuenta que una
caída de seis a diez pies, dependiendo del peso de la persona y la posición del
nudo de la soga, aceleraba la muerte y eliminaba todas las convulsiones y
espasmos desagradables. Lo único que se notaba -en el caso de los varones- era
una erección post-morten. Además, Marwood convenció a las autoridades carcelarias
de la conveniencia de efectuar ahorcamientos múltiples y simultáneos. Entre 1874
y 1883, año de su muerte, Marwood ahorcó a 176 personas, incluyendo ocho
mujeres, y nadie, absolutamente nadie, dio ni un brinco.
El éxito extraordinario de
Marwood en el empleo de la técnica de “caída larga” no pasó desapercibida ante
la comunidad científica inglesa. En 1888 la Comisión Real del Reino Unido Sobre la Pena
Capital ordenó un estudio riguroso de
los modos de cómo romper rápidamente la medula espinal sin que se separe la
cabeza. Algunos científicos argumentaban que el método de Marwood no rompía en
realidad el cuello, sino que provocaba una asfixia comatosa, en la cual el
prisionero moría por falta de aire pero se mantenía inconsciente en el proceso.
Para aclarar el asunto, se llevaron a cabo numerosas autopsias que mostraron que
la causa de muerte en la “caída larga” es la dislocación con fractura de las
vértebras cervicales y rotura o aplastamiento de la médula espinal. Ello provoca
la inconsciencia inmediata e irreversible, pues ya no se puede respirar.
Entonces, si era cuestión de “humanizar” el ahorcamiento había que crear tablas
rigurosas tomando en cuenta la altura y el peso del reo para así darle la
extensión correcta a la caída. Con ello, se inicia la época moderna del uso de
la horca en Inglaterra y el mundo civilizado [Ver: Duff, Charles.
Manual de Ahorcamiento. Hale, Cushman & Flint, Boston,
1929).
Hijo de gato, caza
ratón
Al igual que en
Inglaterra, la ejecución por ahorcamiento en “caída corta” no tardó en
popularizarse en Estados Unidos en el siglo XIX. Decenas de miles de personas se
congregaban en pueblos y ciudades para presenciar el gran espectáculo de un reo
convulsionando en la soga. Las autoridades locales competían por auspiciar estos
actos en que los comerciantes se enriquecían con la venta de alcohol y otras
parafernalias, incluyendo pedazos de la soga usada para ahorcar al reo. Aunque
la mayor parte de las provincias estadounidenses imponían desde 1776 la pena de
muerte, casi siempre en la horca, por crímenes como asesinato, ultraje,
piratería, traición, sodomía, robo de caballos, rebeliones de esclavos,
escalamientos e incendios maliciosos, fue en el Sur del país donde ésta adquirió
un carácter particularmente político al incluirse actos como el promover ideas
de rebelión entre los esclavos, incitar rebeliones, esconder un esclavo con
intento de ayudar a su liberación o sacarlo fuera de las fronteras estatales.
Llegado a un punto, los espectáculos de ahorcamientos alcanzaron una dimensión
tal que en no pocos lugares se formaban motines y disturbios inmensos -de
decenas de miles personas- luchando por alcanzar a ver el reo convulsionando o
apoderarse de una de sus pertenencias. Quizás como reacción a ello, entre 1833 y
1849 quince Estados decidieron celebrar los ahorcamientos en privado, evitándose
así el costo asociado a los motines de espectadores embriagados por el olor a
sangre. Entonces ocurre también, entre 1846 y 1853, uno de los primeros
esfuerzos abolicionista en el país. El primer Estado en abolir la pena de muerte
fue Michigan en 1846. Luego siguió Rhode Island en 1852, debido principalmente a
la presión de los universalistas y cuáqueros. Finalmente en 1853 Wisconsin puso
fin al uso del ahorcamiento, un día después que un reo batallara por veintitrés
minutos antes de que pudiera anunciarse su muerte.
Pero no fue tanto la
presión pública o el costo de los disturbios lo que llevó al desuso del método
de ahorcamiento en las principales ciudades de Estados Unidos, sino el propio
espíritu de empresa del capitalismo estadounidense y la llegada de la segunda
revolución tecnológica del siglo XIX. A mediados de la década de los ochenta de
ese siglo, la compañía Thomas Edison de Nueva York libraba una lucha a muerte
con la Westinghouse por el nuevo mercado de sistemas eléctricos. Westinghouse
era dueña de los sistemas de corriente alterna (AC) y Edison de los sistemas de
corriente directa (DC). Para probar que los sistemas DC eran superiores a los
AC, Edison sugirió en 1888 su uso para la electrocución de reos. Luego de
observar cómo el sistema funcionaba en varios animales, el gobernador de Nueva
York autorizó la ejecución de William Kemmler. La electrocución no ocurrió de
forma tan limpia como Edison había prometido, pero de todos modos -y a pesar de
algo de humareda- el gobierno de Nueva York ordenó la eliminación de los
cadalsos e hizo saber al mundo que Estados Unidos tenía su primera silla
eléctrica, diseñada por Harold Brown y Arthur Kenelly en 1888. Aunque varios
Estados adoptaron de inmediato el método de electrocución, el gobierno federal
prefirió continuar con la horca, particularmente cuando se trataba de minorías
étnicas en territorios no incorporados, casi todos hispanos, o de nativo
americanos en reservaciones. En 1928 el gobierno federal comienza a utilizar la
silla eléctrica, pero no abandona ni mucho menos los ahorcamientos. La última
vez que ahorcaron a un reo en una penitenciaria federal fue el 15 de marzo de
1963. El método es todavía legal en Washington y New Hampshire. En 1996 Delaware
abolió el uso de la horca luego de la ejecución de Billy
Bailey.
Los mártires de Chicago y la
horca
El 11 de
noviembre de 1887 se llevó a cabo en Estados Unidos una de las últimas
ejecuciones públicas con el uso del método de “caída corta”, o sea, de
estrangulación lenta y dolorosa con una soga en el cuello del reo. Nos
referimos, por supuesto, al caso de los anarquistas de Chicago, acusados
falsamente de conspirar para cometer el asesinato de un policía en los eventos
de protestas de Haymarket el 4 de mayo de 1886. Pero ésta no era una ejecución
cualquiera, un mero espectáculo local organizado para promover el comercio y la
venta de bebidas en Chicago. Aquí se trataba de otra cosa, de un espectáculo
grande y macabro, de importancia nacional e incluso internacional. Toda la clase
dominante de Estados Unidos -en alianza con los principales medios de prensa,
incluso liberales- se había movilizado para demandar no sólo que los anarquistas
de Chicago fueran declarados culpables, sino que específicamente los ahorcaran
en público, a la vista de todos, en un acto impactante que se grabara para
siempre en la mente de los espectadores. Lo que se perseguía, en lugar de
entretener al público, era atemorizarlo. Y en gran medida lo
lograron.
Los acusados eran ocho: August
Spies, Albert Parsons, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg, Michael
Schwab, Samuel Fielden, y Oscar Neebe. En su mayoría eran inmigrantes alemanes
vinculados con las organizaciones obreras y anarquistas que reclamaban la
jornada legal de ocho horas. El veredicto llegó el 20 de agosto de 1886, luego
de uno de los juicios más entrampados en la historia de Estados Unidos, sin
prueba alguna, con un jurado absolutamente parcializado y un sistema judicial
decidido a encontrarlos culpables. El clima de histeria de la burguesía nacional
en contra de las ideas socialistas, anarquistas y sindicalistas en 1886, es sólo
comparable a lo ocurrido años después con los Rosenberg. A pesar de toda la
protesta nacional e internacional durante el verano de 1886, el jurado sentenció
a siete de los ocho anarquistas a morir en la horca. El octavo -Oscar Neebe-
recibió una sentencia de quince años. Eventualmente, el gobernador de Illinois
conmutó las sentencias de Fielden y Schwab por cadenas perpetuas. El 10 de
noviembre de 1887, Lingg se suicidó en la celda. Al otro día, según cuentan, lo
que tradicionalmente había sido uno de los entretenimientos de masas favoritos
en el país, se tornó en una pesadilla para los espectadores: el asesinato de
cuatro líderes obreros inocentes. Una masa gigantesca de seiscientos mil
trabajadores pobres, brutalizados por las agobiantes jornadas de trabajo de
hasta 18 horas diarias, se presentaron al entierro de los que vendrían a
conocerse de inmediato como los Mártires de Chicago.
Quizás no sea una mala idea
retomar de vez en cuando de forma creativa los hechos que llevaron al
ahorcamiento público de Spies, Parsons, Fischer y Engel; no limitarnos a repetir
mecánicamente cada año los mismos discursos sobre el vínculo del Primero de Mayo
con la lucha por la jornada de ocho horas y la organización de los sindicatos.
Es mucho lo que quizás podamos aprender todavía sobre lo sucedido en Chicago en
1886-1887. Por ejemplo, el uso discriminatorio del sistema de justicia criminal
-incluyendo la pena de muerte- en contra de las clases pobres y los disidentes
políticos en Estados Unidos no es cosa del pasado, sino un problema vigente que
envuelve -hoy quizás más que en 1886- una alianza estrecha entre la clase
dominante y los medios de cultura y prensa. El enjuiciamiento y ejecución de los
Mártires de Chicago sentó tan sólo el precedente de cómo la clase dominante
estadounidense enfrentaría en adelante los intentos de rebelión de la clase
obrera.
El tema del lugar de los
trabajadores inmigrantes en la sociedad estadounidense -tan importante hoy- fue
también parte integral de lo sucedido en Chicago en 1886. El gobierno de
Illinois y la prensa hicieron de la condición de inmigrantes de los anarquistas
acusados una de las razones para ignorar los derechos procesales más básicos,
promoviendo la xenofobia y el odio hacia éstos. Los años de 1870 a 1886 habían
sido precisamente de rápido crecimiento de la población inmigrante,
especialmente europeos que venían a trabajar en los empleos industriales y
agrícolas menos deseados. Para los recién llegados, no eran ni mucho menos
desconocidos los postulados e ideas socialistas, el anarquismo europeo y los
eventos de la Comuna de París. Por eso, la prensa asoció oportunistamente las
dos cosas: el radicalismo y el estatus migratorio de éstos, para justificar la
represión más burda. Este uso político y perverso del tema de la inmigración por
la clase dominante estadounidense es algo que ha vuelto a repetirse una y otra
vez en la historia de la clase obrera de ese país, adquiriendo una de sus más
siniestras expresiones precisamente en el asesinato judicial de otros dos
inmigrantes anarquistas en 1927: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Hoy,
cientos y cientos de miles de trabajadores inmigrantes se han lanzado a la calle
en todas las ciudades de Estados Unidos luchando en contra de las leyes que
buscan criminalizar precisamente su condición migratoria.
El aporte de los inmigrantes
trabajadores pobres al desarrollo de movimientos e ideas progresistas en Estados
Unidos tampoco debe subestimarse. Marx mismo señaló que algunas de las tropas
más combativas del ejército de Ulysses Grant estaban integradas por nuevos
inmigrantes que no tenían dificultad alguna en comprender la naturaleza
aberrante de la esclavitud y el modo en que esta última chocaba con un
desarrollo capitalista de cierta amplitud y democracia. No es por casualidad que
el influjo de trabajadores inmigrantes en la década de 1880-1890 coincide con la
organización de las primeras organizaciones del proletariado industrial
estadounidense, como la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo y la
Federación de Gremios Organizados y Uniones Laborales. Chicago misma era en
1886, una ciudad de proletarios inmigrantes originales muchos de Alemania,
Irlanda, Francia, Polonia y Rusia. Un fenómeno similar ocurrió en las primeras
décadas del siglo XX con la inmigración masiva de trabajadores italianos, muchos
de los cuales eran simpatizantes del socialismo y del anarquismo y lideraron las
luchas obreras en estados como Massachussets y Pennsylvania. No fueron pocos los
que sufrieron encarcelamiento y persecución policíaca, como fue el caso también
de Carlo Tresca y Arturo Giovannitti. Este último en particular fue falsamente
acusado de asesinato por el gobierno de Massachussets durante las huelgas
textiles en 1912. Un jurado lo exoneró de todos los cargos el 26 de noviembre de
ese mismo año, luego de cinco meses encarcelado. En la época contemporánea es
innegable que los millones y millones de trabajadores inmigrantes en Estados
Unidos -incluyendo los indocumentados- constituyen el sector de vanguardia de la
clase obrera de ese país, habiendo llevado a cabo recientemente las
movilizaciones de masas más impresionantes de los últimos treinta o cuarenta
años. Es gracias a ellos que la idea del uso de la huelga general como
instrumento para presionar al gobierno, vuelve a ser -como en 1886- parte del
vocabulario de algunas uniones estadounidenses.
Pero si algo puso en evidencia
la lucha de mayo de 1886 en Estados Unidos, es la certeza de la famosa máxima
pronunciada por Marx al respecto del destino histórico de la clase
obrera: La clase obrera es
revolucionaria, o no es nada. El Primero
de Mayo tuvo como contenido inmediato el reclamo de la jornada laboral de ocho
horas, pero su significado va mucho más allá que el de una reivindicación
económica. Lo anarquistas agrupados alrededor de líderes como Spies, Parsons y
Fielden tenían toda la razón al decir que la limitación de la jornada de trabajo
no pondría fin a la explotación de los trabajadores. Marx mismo lo había
demostrado científicamente en la sección IV del primer tomo de El Capital, que
trata sobre la producción de plusvalía relativa. El abaratamiento de los costos
de reproducción de la fuerza de trabajo mediante la introducción de nuevas
tecnologías permite que el capitalista se apropie gratuitamente de una porción
mayor de la jornada de trabajo, aunque ésta sea de menor duración. De hecho,
durante las luchas obreras de 1886 en Estados Unidos, no faltaron dueños de
factorías que optaron por ceder a una reducción del horario de trabajo para
prevenir las huelgas y protestas de sus trabajadores. El ensañamiento de la
clase capitalista estadounidense en contra de los Mártires de Chicago no
respondía tan sólo a la demanda inmediata de los trabajadores por una reducción
en la jornada de trabajo, sino también al método de lucha que éstos emplearon:
el llamado a la huelga general para forzar al conjunto de la clase capitalista a
conceder lo que las uniones buscaban. Se trataba de lo que, en las palabras de
Lenin, podemos llamar una forma embrionaria de actividad dictatorial y revolucionara de la clase obrera. La moción presentada por Gabriel
Edmonston en el congreso de 1884 de la Federación de Gremios Organizados,
proclamaba tajantemente -sin ampararse en la autoridad del Estado o en
institución alguna- que la jornada de trabajo sería de ocho horas a partir del
día 1 de mayo de 1886 y que la clase obrera, con su fuerza y poder, cerraría las
fábricas que no cumplieran con la proclama. ¿Qué es eso sino una expresión en
forma embrionaria de la dictadura del proletariado, entendida en la acepción
leninista del término? Tal es el camino en que la clase obrera comienza a crear,
por ella misma, las formas organizativas de su emancipación política. El hecho
de que los eventos de mayo de 1886 palidezcan en comparación, por ejemplo, con
las huelgas políticas en Petrogrado en 1905, no quita que contuvieran en sí, en
forma rústica, los elementos de la acción política independiente de la clase
obrera. De hecho, fue así que lo interpretó la clase dominante de Estados Unidos
y por eso se ensañó con los organizadores.
Primero de mayo de 2006: Un
día sin inmigrantes
Paradójicamente, Estados Unidos
es uno de los países donde menos se conmemora el Primero de Mayo. Oficialmente
la efemérides no existe, pues en lugar de los eventos de Chicago lo que se
celebra es el Día de la
Ley. Pero este cercano Primero de Mayo
promete ser especial. Toda una coalición de grupos defensores de los derechos de
los trabajadores inmigrantes indocumentados ha llamado, como se sabe, a una
movilización nacional en contra de los intentos de imponer sanciones criminales
sobre esta población carente de estatus legal. Bajo el lema un “día sin
inmigrantes”, lo que se intenta es un paro nacional de los millones y millones
de hombres y mujeres que laboran “ilegalmente” en los trabajos peores pagados de
la economía estadounidense. Este paro nacional -cuya idea brotó de las exitosas
movilizaciones de abril 10- pretende mandar un mensaje a Washington sobre el
peso relativo del sector inmigrante y trabajador de la nación, mostrar lo que
“un día sin inmigrantes” puede significar para el sector agrícola, de servicios
e incluso comercial. Se ha pedido la solidaridad de todas las organizaciones
sindicales, comunitarias y religiosas.
Sobre el llamado a un paro
nacional de trabajadores inmigrantes el Primero de Mayo de 2006, hay que decir
lo siguiente. En primer lugar, se trata de una de las iniciativas obreras y de
masas más importantes en mucho tiempo. En Estados Unidos no se veía algo así
desde las grandes movilizaciones por los derechos civiles en la década de los
sesenta del siglo XX. En segundo lugar, las manifestaciones masivas del 10 de
abril pasado, denominado el Día de
la Dignidad, no sólo
envolvieron importantes sectores de las uniones, sino que en muchos lugares las
marchas fueron cultural y étnicamente diversas, con una participación
sorprendente de la población anglosajona. En tercer, lugar, mediante el uso
inteligente de la bandera estadounidense como símbolo y con el empleo de
consignas simples y fáciles de entender, los organizadores del Día de la Dignidad lograron neutralizar la negatividad típica de la prensa
comercial. Éste es un aspecto en que la izquierda y el movimiento
antimilitarista no han tenido una efectividad tan grande. En el contexto de las
movilizaciones de los trabajadores inmigrantes, la bandera estadounidense ha
adquirido un significado que los conservadores no se atreven a atacar.
Finalmente, estas movilizaciones llegan en un momento en que el conjunto de las
organizaciones tradicionales de la clase obrera estadounidense, necesitan
afirmar un grado mínimo de iniciativa y capacidad de lucha
política.
No hay que negar que la idea de
un paro nacional de trabajadores inmigrantes tenga sus retos importantes. El
primero es la realidad de que se trata de un sector de la clase obrera que no
tiene protección ni seguridad de trabajo alguna. Ya algunas personas han sido
despedidas por su participación en las actividades del 10 de abril de 2006. Pero
es innegable también que no son pocos los patronos -incluyendo grandes compañías
comerciales, industriales y agrícolas- que dependen de estos trabajadores. Al
menos en lo que toca a los aspectos más trogloditas de la propuesta reforma
migratoria -el aspecto de medidas criminales- hay un espacio para una alianza
que envuelva sectores verdaderamente amplios de la sociedad estadounidense,
incluso sectores de intereses normalmente antagónicos. Además, la ventaja de
este movimiento está en su número, en su carácter masivo.
Conclusión
Es evidente que
la lucha actual de los trabajadores inmigrantes indocumentados ha traído un
nuevo aire a las movilizaciones progresistas en Estados Unidos, particularmente
en lo que compete al proletario. Quizás llegue incluso a insuflar nuevos bríos a
una clase obrera cuyos sindicatos llevan más de un cuarto de década entregando
los derechos salariales y de pensiones de su membresía, como lo podemos ver en
el caso de Delta Airlines. En la historia de Estados Unidos, los trabajadores
inmigrantes han sido siempre los que han mostrado mayor combatividad, los que
han estado más dispuestos a arriesgarlo todo precisamente porque no tienen nada.
Ojalá que el próximo Primero de Mayo marque el inicio del despertar de toda la
clase obrera estadounidense, no sólo de sus sectores más
explotados.
Estados Unidos necesita
hoy una verdadera revolución cultural, un despertar ideológico progresista que
restaure el papel transformador de las movilizaciones de masas de las épocas
anteriores. Esta revolución no va a suceder, sin embargo, sin una lucha a
cuartel en contra de la proyección estereotipada que hacen los medios de
comunicación -en alianza con el gobierno- en torno a los inmigrantes pobres.
Además, requiere de una batalla también ardua alrededor de la defensa de los
derechos civiles de toda la población, tengan o no estatus legal reconocido. Con
métodos no tan arcaicos como la horca, se ha restablecido hoy en Estados Unidos
el linchamiento de disidentes políticos, el trato desigual de las personas,
dependiendo de su origen nacional y de su visión ideológica. El caso de Zacarías
Moussassi, por ejemplo, dejó hace rato de ser un proceso judicial
bona fide
para convertirse en otro espectáculo macabro que tiene todas las posibilidades
de terminar en una ejecución con motivos propagandísticos e ideológicos. Hay que
encontrar un camino de combatir efectivamente la cultura de violencia
institucionalizada que existe en Estados Unidos, la aceptación general de que
las fuerzas represivas maltraten a las minorías y a los extranjeros. Parte
integral de esa lucha es el movimiento en contra de la pena de muerte. Es hora
de que la cultura del espectáculo represivo llegue a su fin, en este país cuyas
masas explotadas no están exentas de haber contribuido en el pasado a la
afirmación de los derechos humanos más universales. Al fin y al cabo, a ellas le
debemos la efemérides del Primero de Mayo. Si logramos contribuir al despertar
del “gigante dormido” del proletariado estadounidense, el sacrificio de los
Mártires de Chicago -vilmente asesinados en la horca el 11 de noviembre de 1887-
no habrá sido entonces en vano. O, para decirlo en las palabras de Rosa
Luxemburgo: “El Primero de Mayo
reclamaba la introducción de la jornada de ocho horas. Pero, incluso después de
haberse logrado este objetivo, este día no fue abandonado. Mientras dure la
lucha de los obreros contra la burguesía y la clase dominante, mientras todas
las reivindicaciones no hayan sido alcanzadas, el 1 de Mayo continuará siendo la
expresión anual de estas reivindicaciones. Y, cuando amanezcan días mejores,
cuando la clase obrera del mundo haya ganado su libertad, entonces la humanidad
también celebrará, probablemente, el 1 de Mayo en honor a las luchas amargas y
los muchos sufrimientos del pasado”[Luxemburgo, Rosa. ¿Cuáles son los orígenes del
Primero de Mayo?,
1894].
* El autor es abogado de
derechos civiles en Hartford, Connecticut.
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