En los artículos que se transcriben a continuación Gonzalo Puente Ojea denuncia la conexión entre propaganda del cristianismo y elogio de la ignorancia. Traigo a colación estos artículos no tanto por su valor intrínseco –que lo tienen- sino por haber sido escritos hace veinte años –y publicados como anejos al libro coetaneo del autor Fe cristiana, Iglesia y poder (Siglo XXI, 1993): tristemente –o cómicamente-, a pesar de sus veinte años de antigüedad, siguen estando de actualidad, y Puente Ojea sigue teniendo que escribir las mismas cosas, y los defensores de las posiciones que cuestiona Puente Ojea cada vez abundan más –en las versiones más variadas- y cada vez están más crecidos. Quizás Puente Ojea insiste en predicar en el desierto porque se ha dejado en el tintero, con su interpretación histórica de la historia de la Iglesia, los factores de coherencia de rebaño e inercia animal que hacen que la especie humana se engolosine con las manifestaciones religiosas y renuncie a la verdad (Crates).

1) Terrorismo y poder

El profesor López Aranguren publicó el 26 de noviembre en este diario un artículo en donde afirma que “este año se ha conmemorado la Revolución francesa, más no debemos olvidar, como su otra cara, el terror que ella, desde el poder, generó. Sí, el primer terrorismo establecido fue una invención estatal: terror inspirado a todo aquel perteneciente a un estamento, la nobleza, o a una profesión (de fe); el clero secular o regular, y las órdenes religiosas, por el simple hecho de esta pertenencia”.

Pues no, estimado profesor. La Revolución francesa no inventó, “loin de lá!”, el terrorismo de Estado. Si no se opta por recurrir a subterfugios semánticos, el tema en discusión es el del “terrorismo” ejercido y concertado deliberada y sistemáticamente por el “Poder”, es decir, “el poder institucionalizado y organizado”, con mayúsculas, género preciso pero que incluye una increíble variedad de especies o familias bien emparentadas –desde el Poder político teocrático, ejercido con o sin la mediación de un Estado secular (cesaropapismo o teocracia romana), hasta el Poder político civil, en sus manifestaciones estamentales, absolutistas, democráticas, sean más o menos monárquicas o republicanas-.

Por consiguiente, la atribución de la paternidad del terrorismo estatal a la Revolución francesa puede desorientar gravemente y falsear el juicio de los lectores en un asunto de crucial relevancia para la edificación de un criterio moral sano y objetivo de valoración histórica, que resulta esencial para la formación de una recta conciencia democrática colectiva de un pueblo que, tal el nuestro, ha heredado, como su más trágico estigma mental, una ignorancia abrumadora y multisecular de los elementos que han integrado decisivamente la historia de España, así como de la función enmascaradota que algunas de las fuerzas espirituales y materiales que formaron esta historia han desempeñado de manera incesante, y siguen desempeñando.

Lo que ciertamente asombra, estriba en el hecho de que se destaque como víctima eminente (¿e inocente?) del terrorismo revolucionario, junto a la nobleza, precisamente a quienes –muchísimas veces individualmente, pero siempre “institucionalmente”- ejercieron ex ovo un sistemático terrorismo intelectual, moral y físico cuyos límites nunca han sido superados, a lo menos, en el curso de la historia humana, en el contexto naturalmente de las técnicas disponibles en cada tiempo.

¿Acaso se olvidan todas las violencias e intimidaciones con que se forjaron los dogmas cristianos y la extensa panoplia de medidas coercitivas y punitivas, incluidas la persecución, la tortura y la muerte, empleadas por el poder eclesiástico, directamente en cuanto constituido en poder temporal, o indirecta pero drásticamente a través de hipócritas fórmulas de inmediata delegación en poderes civiles cuyo destino de supervivencia dependía de hecho o de derecho de una ciega obediencia a la Iglesia?… ¿Se ha borrado de la memoria colectiva que el Poder eclesiástico, paradigma de las formas seculares de Estado -con sus aparatos teológico (es decir, ideológico), jurídico, administrativo, amén de rígidamente jerárquico y sacramental-, imponía coactivamente la fe y la práctica religiosas en el seno de un hermético e invulnerable sistema de dominación total a todos los miembros del corpus civium en cuanto idéntico al corpus fidelium, y ello mediante todas las modalidades del terrorismo moral y material del Estado?… El hereje –y el Poder eclesiástico decidía por sí mismo quién lo era- se transmutaba en reo. “Por el simple hecho de su pertenencia”, como gusta decir nuestro profesor cuando se refiere al clero y a las órdenes religiosas, el sinceramente disconforme o disidente con arreglo a su conciencia era quebrantado o aniquilado. Un elemental conocimiento de la historia de la sociedad cristiana corrobora incuestionablemente lo que aquí se afirma.

En los países cristianos donde el fanatismo y la violencia religiosos alcanzaron más alta cota –y los países católicos suelen ocupar un conspicuo lugar en esta panorámica-, el terrorismo de Estado durante y después del monopolio político de la Iglesia, se ha manifestado con la mayor virulencia.

Iglesia y Estado han solido actuar, cada uno con sus peculiares métodos y medios, como lo que son: dos poderes formalmente similares cuya lógica institucional les lleva a ocupar respectivamente todo el espacio de dominación vacante que el uno le deje al otro por abandono o concesión. Recordaba recientemente el politólogo Régis Débray que no debe olvidarse que los ámbitos que por deserción o por debilidad abandone la soberanía del Estado los ocupará de inmediato, en nombre de la libre iniciativa, la Iglesia, en virtud de una renuncia estatal a derechos ciudadanos en rigor irrenunciables por la misma naturaleza de la convivencia pública. La parte no puede imponerse al todo y gozar de especiales prerrogativas en un país donde la inercia histórica y la tentación de la pasividad cívica ponen en manos de la Iglesia una inmensa capacidad hegemónica que está desvirtuando progresivamente la “aconfesionalidad”. Aunque pudiera tomarse por in simple obiter dictum, la tesis que comentamos no contribuye a plantear debidamente la llamada “cuestión religiosa”, que la hay, en nuestro país.

2) El hereje, “homo perversus”

Resulta difícil de comprender el despliegue de odio y crueldad que ofrecen la historia de la Iglesia y sus prácticas actuales. Porque el llamado odium theologicum se tradujo casi siempre en violencias morales y físicas de la mayor brutalidad. Y esto sucede en una religión que aspira retóricamente a implantar una ética del amor. Claro que el concepto de charitas mediatiza el amor al prójimo con el amor a Dios, y esto permite iluminar las bases afectivas del amor cristiano a nuestros semejantes.

La tradición multisecular de la Cristiandad introdujo de modo drástico la idea de que los herejes no son sólo disidentes o contradictores doctrinales de los dogmas definidos por la Iglesia, sino hombres malos, perversi homini et depravati, seres luciferinos comisionados por el maligno para introducir y difundir el mal en el mundo y hacer a las almas cautivas de Satán. Aunque la teología eclesiástica evitó siempre con cautela erigir frente al poder divino un contrapoder equivalente de causalidad autónoma, es decir, un poder diabólico de alcance y rango también universales, no cabe duda de que en su función histórica el poder del Diablo venía en la práctica a encarnar, con operatividad propia y personificada, el imperio del pecado. La vida cotidiana de la sociedad cristiana quedaba así penetrada y motivada por una especie de lucha universal entre Dios y el Diablo. Si bien la soteriología cristiana garantizaba el triunfo final de Dios, los avatares de la palestra mundanal mantenían a los creyentes en la angustia de no conocer el destino postrero de sus almas y en el suplicio incesante de la tentación del pecado.

De tal modo, la configuración dualista del mundo era negada por los dogmas, pero la realidad de este universo se vivia como una gigantesca lucha entre el bien y el mal, o como lo expresan los documentos de Qumran, la guerra entre el príncipe de los hijos de la luz y el príncipe de los hijos de las tinieblas. En virtud del mito bíblico del Ángel caído, la tradición eclesiástica, como en todas las grandes cuestiones, se inclinaba por una solución ambigua: frente al Dios bueno no existía un Dios malo, pues Satán, como corporeización de la soberbia y la desobediciena, no ostentaba poderes privativos, no era causa sui, sino sólo una instancia consentida por Dios todopoderoso para instrumentar el drama cósmico representado y escenificado por las almas de los creyentes in via, o sea, en el largo camino hacia su salvación.

Vemos, pues, que dentro del monoteísmo formal de la Iglesia, tanto en el problema del mal como en la cuestión cristológica, en la dispuesta sobre la libertad y la culpa, en la formulación trinitaria y un largo etcétera, la doctrina eclesiástica católica asumía reiteradamente la técnica, con unas u otras peculiaridades, de la unidad de los contrarios; en ocasiones, con una preferente atención a lo teórico y en ocasiones con una preocupación por lo práctico. La literatura neotestamentaria daría expresión inigualada al protagonismo del poder demoníaco en la escena de la historia al forjar la tétrica figura del Anticristo, adversario de la segunda persona de la Trinidad, Cristo. En las dos primeras Epístolas joánicas (1 Jn. 2.18, 22 y 4.3; 2 Jn. 7) se cita el nombre de ese antagonista del Redentor, que Pablo describe como “el hombre de iniquidad” en su Epístola 2 Tes. 2.3-10, y que encuentra ecos en Mc. 13.14 y en el Apocalipsis de Juan. Si en el drama cósmico de las escenas celestes la lucha se libraba entre las legiones de ángeles buenos y las legiones de ángeles malos, ahora, en los tiempos históricos de la Iglesia militante, la gigantomaquia se escenifica en las batallas de Cristo con el Anticristo. Este drama histórico espiritual se asimilaba, en las vivencias de los fieles dentro de su entorno práctico, a una pugna de tendencia dualista: se vivía como una contienda soteriológica entre el Bien y el Mal, entre la santidad y el pecado.

En esta perspectiva de dualismo práctico, el hereje venía a ser, en definitiva, un soldado del Anticristo o el mismo Anticristo, pero en todo caso un subrogado del Diablo, la encarnación del espíritu del Mal. No es sólo y simplemente un disidente doctrinal, un ser humano que busca dolorosamente una verdad más diáfana o coherente, o una fe más radical, o una moral más exigente, o una piedad más pura y trascendente. El hereje es alguien que promueve y difunde el espíritu de iniquidad, un ser perverso y moralmente depravado. El hereje fue para la Iglesia, desde el primer día de su agónica constitución y consolidación, un agente del Diablo, un enemigo de Dios, puesto en la tierra para promover los intereses de Satán, émulo del Anticristo para llevar a las almas a la apostasía y a la ruina moral,.

El único valladar contra esta “raza de víboras”, para emplear la violenta metáfora bíblica, es la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, que éste habría fundado para administrar la justicia divina e infligir ejemplar e implacable castigo a quien subvierta el sagrado depositum fidei, según ha quedado canonizado y establecido por los dogmas eclesiásticos. La herencia doctrinal, tal como la iría interpretando desenfadadamente la organización eclesiástica, quedaría garantizada por el concepto teológico de tradición, de tal modo que el saltum desde el Jesús de la historia al Cristo kerygmático resultará desactivado y enmascarado frente a la libertad de indagación de las Escrituras. El depósito de la fe sería así la Biblia más la Tradición. Sobre el arreglo de Pablo y los Evangelistas, el sobrearreglo de los eclesiásticos. Rechazar los dogmas equivale a rechazar la gratia Dei, y esta suma ignominia y dureza de espíritu sólo podía darse en un alma corrompida y saturada de maldad. Los dogmáticos no sólo no son capaces de admitir la contingencia y errabilidad de sus juicios, sino que se tornan ciegos para los valores morales de quienes no comparten sus fanáticas creencias. Satanizar la herejía era la gran coartada para hacer invulnerable a la obediencia.

La tragedia de los cátaros, feroz epopeya de una Iglesia que alcanzaba ya las cotas de su mayor perversión moral, nos ofrece la experiencia de unos hombres y mujeres que, buscando libérrimamente una vida de mayor virtud y una más honda interiorización de su fe, se ven irresistiblemente abocados a un choque frontal con una Iglesia que cree que es su derecho y su deber exterminar espiritual y físicamente a quienes no suscriban literalmente unos dogmas nacidos de las contingencias de una historia atroz y siniestra. Para esta Iglesia, practicar con los herejes el mandato de la caridad hubiese equivalido a traicionar su concepción teológica del drama histórico de la redención. Mientras la Iglesia mantuvo intangible el poder de las llaves, fue intratable y cruel. Sólo la paulatina y difícil secularización de las sociedades cristianas y el avance del humanismo antropocéntrico han hecho a la Iglesia moderar ciertas formas externas de un rigor ya imposible, mediante nuevas metamorfosis históricas de adaptación y ajuste a los nuevos tiempos, operaciones para las que casi siempre mostró gran olfato y maestría. Al asumir con parsimonia y cautela nuevas pautas de comportamiento social en ajustado paralelismo a su poder factual en cada momento y coyuntura, la Iglesia continua su juego inagotable de posibilidades contrapuestas y dispares que le brinda su herencia doctrinal híbrida y ambigua.

Una Iglesia que erigió la obediencia en el valor máximo e intangible en cuanto fiel contraste de la fe, y que jamás respeto voluntariamente, al menos en la práctica, la libertad de conciencia, ni ejerció la tolerancia en materia de creencias o en cuestiones de poder, hubo de alcanzar frecuentemente el paroxismo de la represión en todos los registros de la vida humana, una represión que no se detuvo, mientras le fue factible, ante la tortura y la supresión física de sus oponentes. Aún hoy, su nueva y obligada retórica de los derechos humanos queda a menudo escandalosamente desmentida por los hechos, hacia dentro y hacia fuera de ella misma. Un Papa viajero que va de feria en feria mentando los derechos humanos no se priva unas veces, o no impide otras, de conculcarlos o de permitir a otros que los conculquen, violando el fuero íntimo de la conciencia de quienes no se pliegan al cumplimiento de normas o cánones que no tienen, para quienes no creen, más validez que la de la arbitrariedad moral o el fanatismo religioso. Aunque pueda parecer paradójico, la paulatina pero lentísima y trabajosa apertura de la Iglesia al núcleo fundante de los valores que anima al humanismo laico ha sido la vía por la cual el catolicismo ha incorporado, siempre en medida muy limitada en el orden práctico, el legado ideológico de la defensa de la libertad individual y de los derechos del hombre como proyección práctica y doctrinal de esta libertad. Si no se ha perdido la memoria histórica, ésta ha de aparecer como una conclusión incuestionable.


Puente Ojea habla de Dios. por Nephilim55

3) Iglesia y poder. Anotaciones al margen de un libro.

Antonio Castro Zafra, sacerdote católico si no estoy mal informado, nos ha ofrecido un libro muy saludable y oportuno sobre las estructuras y las prácticas de poder de la Iglesia catolicorromana, mediante un análisis histórico desarrollado con rigor y perspicacia (vease Los círculos del poder. Apparat Vaticano, Madrid, 1987). Aunque la conducta moral no cancela necesariamente las pretensiones de verdad que pueda postular el individuo en cualquier circunstancia de su vida, resulta claro que el escandaloso comportamiento histórico de una institución que se considera infalible y que reclama para sí la santidad indefectible derivada de la posesión de la verdad única y absoluta conferida en exclusiva por una revelación venida directamente de Dios, condiciona radicalmente la validez de sus pretensiones.

Al estudiar y desmontar los mecanismo constitutivos del poder eclesiástico, tanto en su arranque como en su consolidación histórica, Castro Zafra presta al público español, todavía gravemente mediatizado por el proselitismo y la coacción moral de nuestra Iglesia, a veces con el apoyo y la complicidad del actual gobierno, un inestimable servicio de información del que está tan necesitada nuestra sociedad, quizá hoy más que nunca.

En su libro, el autor logra sintetizar de modo lúcido y eficaz la vida histórica del catolicismo romano en cuanto dotado de unos instrumentos y aparatos de poder que explican, a la vez, su éxito mundano y su perversión espiritual.

La obra que comentamos se organiza en torno a tres ejes principales: la Institución como tal, la Curia y el Papa. El primer eje expositivo, la Institución, integra una serie de momentos, no cronológicos, sino temáticos, al hilo de los cuales su autor va analizando y trazando las líneas históricas en que se proyecta la Iglesia como empresa de poder. Describe así los escenarios en donde este poder va plasmando ya abiertamente las virtualidades incoadas en el modelo eclesial fraguado en los primeros siglos de nuestra era, centrándose sobre todo en el proceso histórico que desemboca en la crisis del siglo X, lo que el autor denomina la “clave del año Mil”, desgranando mediante una sucesión de epígrafes temáticos los contenidos de aquellos escenarios: la “ley”, la “simonía”, el “sexo”, la “guerra”, las “falsificaciones”… El segundo eje expositivo, la Curia, despliega un tratamiento histórico que abarca las “raíces del poder”, el “centralismo”, el “dinero”, la “cuestión” (en el sentido forense: la herejía y el castigo), los “diplomáticos” y los “Príncipes”. Finalmente, el tercer eje, el Papa, aborda in crescendo los temas del “sucesor de Pedro”, el “Patriarca de Constantinopla”, el “Emperador”, el “Cisma”, el “Concilio”, el “Renacimiento”, la “Revolución Francesa”, las “Revoluciones en los Estados Pontificios” y la “Divinización”, tema este último que constituye una majestuosa coda orquestal de todo lo anterior. La obra está salpicada de incisivas y sabrosas anécdotas, concluyendo con estas palabras: “se intuye ahora la línea audaz del próximo Appa rat Vaticano que, por de pronto, suprime cualquier veleidad democrática que pueda condicionar siempre de lejos al Papa. Sus enemigos tradicionales son ya cadáveres: Patriarca, Emperador, Cisma, Concilio y Revoluciones. Con ellos ha sido también sepultada la I Era del Poder de los Papas, que duró quince siglos”.

Es fácil representarse lo que sugieren estas frases: el Appa rat Vaticano está ahora alcanzando nuevos rigores con un Papa que, armado del dogmático carisma de la infabilidad -impagable legado de Pío IX, el pontífice infalible del Syllabus-, ha asumido la tiara de triple corona al servicio de un programa restaurador que, con las luminarias y oropeles que caracterizan a los mass media de hoy, no se propone sino fortalecer la tradición dogmática, centralizadora y absolutista –tanto en las ideas como en los hechos- que parecía ya inviable desde los fastos de la crisis modernista en la Iglesia católica.

El material acumulado, selecto y conciso pero siempre pertinente, y su ordenación sagaz e inteligente, hacen de este libro un excelente regalo de Año Nuevo para cualquier amigo que desee obtener una información elemental pero preciosa sobre el destino histórico de aquella Iglesia cuya paternidad se atribuye rutinariamente a Jesús.

Pero aquí precisamente surge, a mi juicio, la necesidad de una advertencia que permita situar debidamente, en su verdadero contexto histórico, los resultados del trabajo de Castro Zafra. En las páginas 15 y 270, el autor cita un dicho del Nazareno (“mi Reino no es de este mundo”) que, tomado en su literalidad, pretendería alejar la empresa mesiánica de Jesús de todo proyecto de poder. Esta falsa idea tiene su consecuencia, entre otras, en la tesis de que “por obra de Constantino”, el cristianismo “se ha convertido en un sistema de poder, al que es inherente la fuerza y la agresión” (p. 17). Por consiguiente, “desde Constantino el Grande, la intolerancia de la Iglesia había mostrado una curva ascendente que alcanza su vértice con la Inquisición en el siglo XIII” (p. 195), “desvirtuando definitivamente su naturaleza originaría” (p. 285). Esta visión simplista de Castro Zafra, avalando inmerecidamente un tópico eclesiástico tan viejo como falso, le lleva a dar por obvio que “hay, ciertamente, una línea ininterrumpida de pacifismo que arranca de los mismos tiempos evangélicos y sigue historia adelante, manifestándose siempre contra la violencia y la guerra” (p. 92). Se trata de una falsa ilusión sostenida por una lectura acrítica del Nuevo Testamento. La realidad es mucho más compleja y apunta hacia otras conclusiones.

La Iglesia cristiana –aquella ekklesia que aparece citada en los Sinópticos una sola vez y en un logion inauténtico y tardío (Mt. 16.18), pues la referencia a la Iglesia en Mt. 18.17 es un obiter dictum tan manifiestamente tardío como oportunista e improvisado- es lo que es y nace de donde nace; es decir, esa Iglesia es una excrecencia sociológica y doctrinal derivada del fiasco mesiánico, pero íntimamente animada del mismo espíritu agresivo e intolerante de la apocalíptica judía de cuyo seno emerge, impregnada del espíritu represivo más radical –apocalíptico, diríamos hoy, en lenguaje coloquial- que cabe encontrar en los anales de la historia humana. Jesús no fundo esta Iglesia en cuanto organización dispuesta a perpetuarse sine die. Precisamente el paso de la comunidad mesiánica originaria -la comunidad escatológica acaudillada por el Jesús de la historia- a la comunidad eclesiástica postpascual representa un problema crucial en la génesis de la religión cristiana. El proceso de desescatologización, en el curso del cual se altera radicalmente la peripecia histórica de Jesús, abre la ruta, plagada de graves conflictos y violencias, a una Iglesia que no se presenta como germinalmente pacífica y alejada de toda pretensión de poder, sino como empresa hegemónica en toda la extensa latitud de la existencia humana –aunque se tratase para ella de un poder sui generis en el marco categorial del bajo judaísmo-.

A medida que la institución eclesial primitiva va perfilándose y afirmándose después del fatídico alo 70. cuando la Iglesia madre de Jerusalén se dispersa y desaparece del escenario de la historia, las ideologías cristianas experimentan paulatinamente aquella gran transformación que Alfred Loisy acuñó con frase imperecedera: “Se esperaba el Reino, pero vino la Iglesia”. Mediante sutiles mecanismos sociales y psicológicos, y plásticas acomodaciones, la Iglesia primitiva fue integrándose en las estructuras del Imperio romano, pasando sucesivamente a ser primero religión consentida de facto –aunque aún sospechosa e incómoda por sus pretensiones radicalistas y universales-, luego religión lícita, y finalmente religio officialis. En este decurso de un par de siglos largos, el trabajo de socavamiento realizado por las comunidades cristianas en los espacios del poder establecido fue incesante y creciente su infiltración en todos los niveles de la estructuración formal del poder.

Por la voz de sus apologistas, la Iglesia hace lo indecible para ganarse la confianza y el aprecio de las instancias políticas, y muy pronto la drástica doctrina paulina de la obediencia civil –Epístola a los Romanos, XIII, 1-7-, ahora prácticamente desarticulada de su vigoroso marco escatológico de una parousía inminente, pasaría a constituir el soporte ideal de la simbiosis del poder político con el poder eclesiástico, que asoma ya en el primero de los Sinópticos, compuestos, a lo menos, quince o veinte años después de aquella epístola de Pablo. Se despliegan, entonces, paso a paso, las virtualidades teocráticas contenidas en la herencia veterotestamentaria, pero ya no al servicio de una dominación político – religiosa de índole mesiánica en un mundo transformado aunque real, tangible y material, a la vez que sobrenatural y divino, sino como cauce teológico de los poderes simplemente terrenales -sobre las almas y sobre las cosas-. Esta novísima ch ristiana religio -expresión que hubiera causado horror al Nazareno- se sitúa en postura de oferta pública ante el poder romano y va manifestando en seguida las connotaciones que le han caracterizado: espíritu de ortodoxia, aunque sus dogmas fueran establecidos por contrapuestos compromisos y pragmáticos intereses en el contexto de violencias sangrientas; proselitismo de conquista sin reparar en los medios; estructuración jerárquico – sacramental, ciñendo en ajustado paralelismo las formas políticas e ideológicas de la sociedad imperial.

La dinámica escatológica mesiánica de los círculos apostólicos que siguieron a Jesús para instaurar el Reino y celebrar el banquete en la Nueva Jerusalén liberada del dominio de Roma –destruyendo antes hasta sus cimientos el Estado pagano- se orienta ahora, en las generaciones subapostólicas y siguientes, hacia la paciente y tenaz conquista del aparato romano de poder, a comenzar por la captación de las conciencias de individuos pertenecientes a todos los grupos sociales, si bien muy especialmente de las elites de una sociedad ya en franco declive. Pero adviértase que el giro teórico y práctico desde la inminencia escatológica hasta la instalación permanente en el solar de este mundo terrenal se manifiesta ya de modo evidente, aunque todavía en formas doctrinales hibridas y siempre ambiguas, en los Evangelios canónicos, en particular los Sinópticos, donde una insegura perplejidad les lleva a oscurecer una ética bifronte, intrínsecamente contradictoria, del amor y la solidaridad y de la hostilidad y la guerra. Lo que en la ética de Jesús eran exigencias bien articuladas en dos círculos concéntricos en el marco del mesianismo -amor al inimicus y aversión al hostis; fraternidad con el prójimo y guerra a los enemigos del Dios de Israel-, aparece en los escritos evangélicos en forma desarticulada e incoherente, sobrenadando a la deriva los correspondientes elementos éticos del programa escatológico. Sin embargo, lo que repugnará siempre a una mente equilibrada y solícita de la verdad habría de ser luego la panacea inestimable para la dominación de las conciencias desde una ambigüedad de óptima eficacia práctica.

Resulta así que Castro Zafra yerra al considerar el gesto de Constantino el Grande a favor de la Iglesia como el punto de partida de todo un proceso de perversión política y corrupción espiritual. Porque no se trata de un punto de partida, sino de llegada –para reiniciar nuevas singladuras de conquista espiritual y material-. Cuando se procede a una crítica rigurosa de la andadura histórica de la Iglesia, no cabe hacerse ilusiones y detenerse a medio camino. No puede exonerarse a la Iglesia, en los tres primeros siglos de su existencia, de la impresionante tergiversación histórica del legado de Jesús. Las razones seminales de su naufragio espiritual están insitas en las duras realidades postpascuales con que se enfrentaron las primeras comunidades escatológicas, realidades que habrían de imprimir un sesgo inesperado a las virtualidades teocráticas de la tradición mesiánica en que estuvo inmerso Jesús. Esas virtualidades constituyeron un elemento preeminente del judaísmo intertestamental, y el tema del poder político – religioso fue relevante para Jesús, para la comunidad apostólica y para sus epígonos. Quien se entregue a la tarea de espigar lo irónico y lo espiritualista en el mensaje de Jesús, rechazando como circunstancial y accesorio todo lo demás, se perderá sin duda en un mundo de ficción, quizá confortable psicológicamente, pero al precio de renunciar a la investigación de la verdad de los sucesos de la historia.

El catolicismo se configuró sociológica y doctrinalmente como poder, y sólo mediante los rigores de su aparato de gobierno y su dogmática fue posible en cuanto religión que consiguió someter a unidad, aunque siempre precaria e inestable, sus contradictorios elementos constitutivos. La configuración rígidamente monárquica de la organización eclesiástica no es un azar histórico, sino una imperiosa necesidad dentro de su propio proyecto de hegemonía universal. Si algún día ciertas corrientes novadoras en el cuerpo de fieles consiguieran romper las estructuras de poder de la cúpula romana, asistiríamos probablemente a un proceso doctrinal de desintegración del cuerpo dogmático, al no contar ya con una instancia de control indispensable de los elementos heterogéneos y antitéticos que componen ese cuerpo. He aquí la tragedia del catolicismo y su Iglesia.

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Los vídeos provienen del programa ‘La Clave’, que emitía Antena3 por las mismas fechas que se publicaban los artículos transcritos. Se adjunta a continuación una entrevista en RNE sobre el último libro de Puente Ojea -en parte recopilación de textos anteriores-, «La cruz y la corona: las dos hipotecas de la historia de España» (Txalaparta).

http://www.rtve.es/alacarta/audios/carne-cruda/carne-cruda-contra-iglesia-monarquia-03-05-11/1090200/

9 thoughts on “Fe cristiana, Iglesia y poder”
    1. Fe cristiana, Iglesia y poder
      Teniendo en cuenta que esta empresa (la OTAN) colabora con Al-Qaeda cuando toca -como tocó en Bosnia o en Libia o en Iraq-, no entiendo bien lo que se pretende decir con el enlace. A un drogadicto se le puede hacer guerra psicológica privándole de su sustancia, y no creo que para defenderle tengamos que decir que la droga es buena. Tampoco creo que los ataques al mundo islámico -y los ataques del mundo islámico- deban interpretarse como una lucha entre religiones o contra la religión -por mucho y quizás insustituible valor que en este contexto tenga la religión a la hora de exaltar el guerrerismo de turno-.

      1. Fe cristiana, Iglesia y poder
        Eso lo dirás tú. Yo no albergo dudas de que cuando probos militares de la OTAN presentes en Afganistán proceden a la quema de coranes no lo hacen con otro espíritu que el de erradicar la atávica superstición religiosa, que es factor de coherencia de rebaño e inercia animal, así como causa de atraso de la sociedad afgana.

        La misión de Afganistán es de reconstrucción y de paz, y por tanto civilizatoria. Los ignorantes afganos, presos en su irracional creencia, en estos momentos están siendo bautizados en la superior creencia racional y material de Occidente por abnegados misioneros de la OTAN que se juegan su vida para llevar la luz a estos neopaganos del oscurantismo.

        Qué fácil es criticar desde nuestro sillón mientras leemos tranquilamente a Descartes y Stefan Hessel.

        1. Fe cristiana, Iglesia y poder
          ¡Lo de Stephan Hessel no lo dirás por mí, mentecato!

          Por lo demás, gracias por regalarme una perla que me faltaba en la colección de sofismas de autopropaganda religiosa: cogemos una noticia con pinzas y en base a ella demostramos que uno se hace militar profesional, y de la NATO, para difundir el ateismo por el mundo, y uno se hace ateo para servir al imperialismo, o viceversa… ¡Sencillamente genial! Lástima que la monarquía belga no tuviese en cuenta estas ecuaciones, y gastase parte de los beneficios de su explotación colonial en el Congo en pagar a unos cuantos misioneros… Claro, entre ellos debía haber ateos enmascarados infiltrados en la Iglesia católica para desacreditarla: http://www.ciberdroide.com/wordpress/oscuro-papel-de-la-iglesia-en-el-genocidio-de-ruanda-de-1994/

          1. Fe cristiana, Iglesia y poder
            Por supuesto que había esos ateos corrosivos entre los misioneros belgas. Te recomiendo la re-visión de «historia de una monja» protagonizada por la bella Audrey Hepburn.

            Está todo inventado ya, no te canses…

          2. Fe cristiana, Iglesia y poder
            Hombre, lo de meter a Audrey Hepburn aquí sí que es un golpe bajo…

  1. Fe cristiana, Iglesia y poder
    ¡Hay un posible punto de encuentro entre Gonzalo Puente Ojea y los portavoces de la Iglesia Católica! Porque cuando Puente Ojea dice…

    Bajo ese nombre (de «movimiento de indignados») hay gente muy honesta y muy admirable pero también hay un grupo de desarrapados que monopoliza el movimiento y yo, como comprenderá, no voy a ir a la calle a gritar con ellos.

    y el vicario general de Soria denuncia…

    la coexistencia de los indignados de la primera hora con miembros intolerantes de la extrema izquierda, con okupas y con capas juveniles marginales

    resulta claro que siempre será fácil encontrar un punto de encuentro entre sotanas y fajines diplomáticos.

    Fuente de las respectivas declaraciones:

    http://democraciarealyasoria.blogspot.com/2012/02/el-vicario-de-soria-arremete-contra-el.html

    http://www.farodevigo.es/sociedad-cultura/2011/10/28/bajan-pensiones-logico-retirarle-renta-iglesia/592404.html

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