Desde luego que no iban a pillar a Abascal (es metáfora) trabajando en la obra derrumbada de Madrid. Ha sido a un guineano, a un maliense, a un ecuatoriano y a una joven arquitecta española. Mi más sentido pésame a las familias. Ha sido una tragedia pero es todo un signo de los tiempos por muchas razones.

En primer lugar, no es casual que los que estaban en el tajo sean esas personas inmigrantes, esas que para algunos solo vienen a España a robar, a violar, a por «paguitas» y a vivir del cuento. Tampoco es casual que fuera una joven profesional quien estaba a pie de obra a la que, seguramente, le pagarían una miseria. Se llamaban Dambéle, Alfa y Jorge y Laura y todos quedaron sepultados bajo los escombros de la obra de rehabilitación de un edificio en el que se estaba construyendo un hotel de cuatro estrellas en pleno centro de Madrid. Mucho menos es casual que detrás de las obras de dicho hotel esté un fondo buitre saudí de esos que matan de muchas maneras. Unas veces, de forma real y, otras, liquidando una forma de vida. Se trata de ese tipo de sociedades inversoras que actúan carroñeramente. Entre otras dedicaciones, han puesto su punto de mira en la inversión inmobiliaria, causante de la carestía de la vivienda. Están controlando el mercado de la vivienda en España y especulando con la rehabilitación de pisos céntricos de las ciudades españolas. Esos pisos de protección oficial que ya la señora Botella, alcaldesa de Madrid, vendió para después echar a sus ocupantes, esos que algunos llaman «okupas».

Negros, moritos, sudacas, okupas, feministas, maricas, tortilleras, miembros de la flotilla y otro colectivos que no se ajustan a la supuesta normalidad del ser «español» están en la narrativa de la ultraderecha y del PP. Una lluvia fina que están empapando a muchos votantes que se empeñan en mirar a su alrededor con un antifaz que impide conocer la realidad. Es el discurso de la barra de bar y del «pedrosanchezhijodeputa» que está logrando que Vox, sin mover un dedo y sin programa político, pueda obtener más de 80 diputados y que el PP de Feijóo no contemple otra política que la de la borrachera verbal.

La realidad es que ayer murieron tres trabajadores que vinieron a España a realizar las tareas que los «Abascales» no quieren hacer y una joven arquitecta de 30 años con ideales de rehabilitar su Madrid aunque fuera por un salario de mierda. Detrás de esas muertes no hay solo un accidente de trabajadores de la construcción, están las condiciones del mercado de trabajo. Un mercado donde la fuerza de trabajo se vende a cuatro cuartos, donde no se cumple con las leyes de seguridad y de protección a los trabajadores y donde la estigmatización de los mismos, normalmente inmigrantes, está al orden del día.

Un discurso que no es nuevo. Ya en la revolución industrial a los trabajadores se le tildaba de vestir con harapos, de estar delgaduchos, de oler mal, de no saber ni leer ni escribir, de estar tísicos… gente así no tendrían por qué tener un salario, tendrían que dar gracias a Dios por tener una mierda de sueldo. A esto se le llama lucha de clases y sigue funcionando, aunque a los que hablamos de ello también nos estigmaticen llamándonos rojos, venezolanos, comunistas…y cosas peores.

Fondos buitre, en fin, que están liquidando nuestras ciudades y que, indirectamente, ayer también mataron a cuatro trabajadores. Tanto los propietarios del fondo saudí, dueños del edificio, como los trabajadores muertos son extranjeros. No obstante, a los primeros los elevamos a los altares y a los segundos, que nos dan de comer, que cuidan a nuestros mayores, que hacen las tareas que nadie quiere hacer y que contribuyen al gasto social los queremos expulsar del país. Es la ideología imperante en estos momentos.

Fuente: https://www.facebook.com/photo?fbid=10236910026044075&set=a.10201954068406981

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