Francisco Carrasquer Launed nació en Albalate de Cinca (Aragón) en 1915. En el momento del golpe de Estado contra la República era maestro en una escuela del Ateneo Libertario de Barcelona, y tomó parte en el levantamiento que evitó el triunfo inicial de las tropas fascistas en aquella ciudad. Durante la guerra posterior alcanzó el grado de capitán en las tropas antifascistas. Tras un período de exilio en Francia, durante el que trabajó como agricultor, regresó clandestinamente a España en 1943; sus actividades le valieron detención y servicio militar en África. Exiliado en Francia y Holanda hasta 1985, fue escritor, traductor, ensayista y profesor de literatura española en la Universidad de Leiden. Premio de las Letras Aragonesas en 2006.

Las reflexiones siguientes sobre anarquismo y violencia aparecen con el título de El gran problema del anarquismo en un monográfico de “Cuadernos del Ruedo Ibérico” sobre el movimiento libertario español, publicado en 1974 (pp.339-348). En la trascripción se han subdividido algunos párrafos.


El gran problema del anarquismo.

Le plupart espagnols, allez savoir pourquoi. .- Léo Ferré, Les anarchistes.

Tengo ante mí dos libros leídos últimamente de muy distinta calidad y de los que voy a hablar de pasada pero que me dan pie para tratar sobre el gran problema del anarquismo: la violencia.

El primero es La guerrilla urbana en España: Sabaté[1], de Antonio Téllez. Titulo demasiado prometedor, porque si el lector cree encontrar en él alguna teoría, análisis, investigación o estudio serio sobre la guerrilla urbana, ha de apear esa creencia al acabarlo, ya que ni siquiera hay una descripción de tipo empírico sobre esta clase de guerrilla. El título debería haberse escrito al revés, en todo caso.

Pero es un detalle de poca monta. Peor es que ande tan escasa en todo el libro la capacidad dialéctica del autor y no nos presente mas que una sola cara del biografiado (porque esto es el libro: una biografía somera y unilateral), favorecida además, como las fotografías retocadas de provincias en los tiempos del trípode y el paño negro. Verdad es que Téllez menciona como sobre ascuas algunas objeciones que se le han hecho a su héroe desde el doble ángulo moral de individuo en sociedad y de confederal o libertario, pero no elabora esas objeciones. El autor nos presenta, pues, una defensa a ultranza y –lo más grave- superficial e ingenua del ‘Quico’, sin haber logrado convencernos ni con razones sicológicas, ni con teorías políticas, ni con argumentos estratégicos o sociohistóricos, de la validez de las acciones de Francisco
Sabaté. Si al menos hubiera sabido cantárnoslo como a un héroe, pero tampoco se salva el libro por sus virtudes literarias.

Pocos méritos tiene, en suma, este volumen, si no son los de información anecdótica, pero indirectamente nos replantea con gran agudeza el problema número uno del anarquismo en cuanto movimiento susceptible de llevar en su entraña a la más sublime o inefable colección
de caracteres puros y conductas abnegadas y al mismo tiempo a los mis inestables y energuménicos temperamentos (desequilibrados asimilables en términos vulgares al tipo del criminal y que como tales habrían sido rechazados o expulsados de cualquier otro movimiento o agrupación con estatutos idealistas públicos -que dirían los Brenan, Borkenau y demás connaisseurs amigos de España).

Pero antes de entrar en esta difícil materia, pongamos al lado del de Téllez otro libro también recientemente publicado que nos puede arrojar alguna luz en nuestro examen sobre el problema que nos proponemos ventilar. Me refiero al libro de Abel Paz (meridiano seudónimo), titulado Durruti. Le peuple en armes [2] traducido como se ve al francés, un francés algo extraño y a veces defectuoso, por cierto. Es éste un libro muchos codos superior al otro. En éste ocurre lo contrario casi que en el anterior: al ir por delante el nombre propio se espera uno a la glosa biográfica más que nada y, sin embargo, es mucho más que eso. Lo que se le agradece muy de veras al autor. Porque lo que ha hecho es, no una mera biografía de Durruti, sino una crónica de todo el anarquismo militante español desde principios de siglo hasta el 1936 inclusive.

Son 550 páginas de información documentada sazonada de comentarios de mayor altura intelectual que las 211 de Antonio Téllez. Claro que también los biografiados son muy distintos y no se presta lo mismo un Sabaté que un Durruti. Pero aunque no puedan compararse, a la lectura de estos dos libros se hace el desnivel entre ambas figuras todavía mayor debido a la cortedad y mal enfoque del autor que nos presenta al ‘guerrillero’ catalán. Puesto que de su libro apenas retenemos otra cosa que la serie de atracos y actos de violencia cometidos por Francisco Sabaté, cuando el biógrafo habría querido sin duda despertar en el lector otra imagen y dejarle un más noble regusto. También habla Abel Paz de los atracos de Durruti, pero ese periodo de atracador –nada menos que a escala internacional- queda completamente eclipsado por la labor de militante y de aguerrido luchador con ideas que defender del héroe leonés.

Aquí, como siempre, desempeña una función fundamental la conciencia del rol. Sobre todo desde que estuvo en París detenido y que, con Ascaso, acaparó la atención de la actualidad política internacional en un triángulo tan escaleno como el formado por Paris-Madrid-Buenos Aires, Durruti se sintió todo un personaje influyente y una cabeza visible. Y ni por asomo se le habría ocurrido después ’descender’ al atraco. Esto no quiere decir que se volviera arrogante y aun menos megalómano, ni que si la ‘historia’ se lo hubiera exigido no hubiese cometido un robo en grande, como se demuestra por la intentona de apoderarse del oro del Banco de España para comprar armas con que atacar en el frente de Zaragoza y que no se llevó a cabo por haberse ‘rajado’ Diego Abad de Santilán, según dicen. Lo que quiero decir es que Durruti, como Ascaso, tuvo a partir de aquel episodio parisiense conciencia de haber entrado en la historia y se reservaba con toda naturalidad para fines más altos. Porque, dígase lo que se quiera, hay una acomodación de los medios a los fines. Cuando Piet Heijn se apoderaba de la ‘flota de plata’ española lo hacía consciente de su hazaña histórica (y la prueba definitiva para él era que con sus descomunales piraterías pudo financiarse la campaña de la reconquista de Bois-le-Duc y de Breda, por ejemplo, y después ¡que le echaran un galgo los moralistas! -que se guardaban muy bien de hacerlo, claro, a pesar de la fama que los calvinistas tienen de puritanos y honrados).

Pero el pobre Sabaté no tuvo al parecer esa conciencia de hacer historia. Y su conducta sólo se explica por resortes irracionales, cuando no simple y sencillamente sicopáticos. Esto aparte, resulta que Sabaté es el último de la serie de los ‘enemigos públicos número uno’ del anarcosindicalismo español, y a raíz de su ejemplo podemos analizar uno de los aspectos de nuestro problema: el pequeño y personal. El otro, el grande y metodológico- organizatorio – colectivo lo trataremos a continuación. Para el primero nos viene que ni pintado Sabaté, y para el segundo Durruti como primer representante que es de la (fracasada) revolución anarquista española.

El antedicho primer aspecto podríamos caracterizarlo en dos actos : el atraco y el atentado personal. Pues bien; a poco que se conozca la organización (en los medios libertarios se habla siempre de ‘organización’ aludiendo a la CNT [pero sin excluir a la FAI] ), se sabrá que no han faltado prácticamente nunca militantes dispuestos a dar de vez en cuando un « golpe » con que salvar una huelga, comprar armas, pagar una imprenta, etc. Dejamos a un lado la eventualidad de que luego se ‘vicien’ o no (de si las razones del golpe se van haciendo falsos pretextos o no). Lo importante es que la organización lo permitiera, admitiera el principio del atraco y del atentado aunque fuese tácitamente o, poniéndolo aún peor, lo fomentara.

Ya sabemos que ha sido expulsado de la organización más de un compañero engolosinado por el atraco que se zafaba a todo control de la local, del ramo o del grupo. Pero es un hecho que no se había tomado nunca muy en serio, o al menos suficientemente en serio, la condena de esos métodos. Y si se quería fiscalizar el uso del dinero robado, ¿cómo podía esperarse ejercer control alguno sobre actividades por definición incontrolables dado que se efectúan en la clandestinidad y en el más estricto secreto?

Ya en el plano ejecutivo vemos, pues, la contradicción flagrante. En una banda es el jefe el que pide cuentas, como en un grupo de resistencia o en la conspiración, ya sea jefe personal o comité, junta, etc.; pero es insensato exigir rendimiento de cuentas de este tipo desde una asamblea, como se pretendía en los medios libertarios. Lo que nos indica que en la práctica no eran los libertarios lo abiertos y paladinos que deberían haber sido. Aunque lo verdaderamente grave, por supuesto, es lo que esos actos significaban en el plano moral de la conducta de una organización de cara al público que ha de juzgarla inevitablemente para atraérsela o rechazarla, para condenarla o aprobarla. Veamos el problema de más cerca.

Empezando por limitarnos al radio de responsabilidad personal, ¿cómo puede un anarquista aprobar el robo a mano armada o el atentado, actos inequívocos los dos de autoridad absoluta o de absoluta enajenación? (Y no se pretexte restitución de un robo, porque la restitución habrá de producirse al nivel colectivo para atenerse a la justicia proudhoniana.) Por otra parte, desde siempre ha sido un gran principio del anarquismo luchar por la revolución sin medios prestados a la burguesía capitalista (dinero, armas, violencia, terror, abuso del poder, etc.).

Aunque un principio no menos anarquista ha sido la acción directa que parece justificar esos actos de autoritarismo absoluto, puesto que en la lucha sin intermediarios ni compromisarios se echa mano directa e inmediatamente de lo que sea. Pero, ¿es eso cierto? Si se piensa un poco, la acción directa no entraña ni mucho menos una legitimización del atraco o del atentado, sino más bien todo lo contrario. El atraco y el atentado son actos que se insertan precisamente en la acción indirecta como medios de subversión social mediatos que son, tanto por situarse al nivel individual como por ser medidas previas o que suelen formar parte de preparativos (descartando -lo que fuera peor para el caso- que lo fuesen de planes de venganza, de represalia o de intimidación ‘disuasoria ‘). Porque la primera condición de la acción directa es que sea pública, y la segunda que sea colectiva de común acuerdo, más o menos plebiscitaria, si se quiere. Exactamente lo contrario, por tanto, de lo que ocurre con el atraco y el atentado, actos de terror llevados a cabo tan en secreto y en circunstancias particulares cuando no con las más arbitrarias e inconfesables motivaciones.

Además de ser contrarios al principio de acción directa, el atraco y el atentado son anómalas excepciones de la regla de anticontaminación tan privativa del anarquismo. Quiero decir:
¿por qué si corrompe el ejercicio del poder no lo hacen el dinero y la violencia, los cuales no son medios menos burgueses ni menos execrados por los anarquistas mismos? Los comunistas no han creído en esa virulencia infecciosa o corruptora del poder y en cambio se han abstenido de aprobar las prácticas del atraco y del atentado como medios revolucionarios
o aprovechables para el partido, al menos paladinamente, porque de eso se trata : de lo declarado en público y no desautorizado. Y es que los comunistas, que empiezan por actuar a base de consignas, ukases y ‘líneas’ directrices dimanantes de jefaturas y comités, y no a golpes de asamblea, llevados por el prurito de realismo, han tenido más en cuenta la tradición moral convencionalista y han cuidado mucho más de su reputación y de dar la impresión de gente seria, ordenada, responsable y jerarquizada.

Quizá las señaladas contradicciones entre la teoría y la práctica en el seno de la organización libertaria española se expliquen por razones históricas y por influencias muy ancladas en la tradición del sustrato y hasta en el subconsciente del pueblo español, pero sobre este punto no contamos aún con los datos necesarios científicamente obtenidos. Desde el punto de vista histórico es importante, en primer lugar, constatar el hecho de que haya sido el bakuninismo la corriente que primero arrastró a la conciencia revolucionaria española por cauces de agitación personal y de grupo -no de masas-, con su misticismo mesiánico de la violencia y el gusto bakuniniano por la sociedad secreta, todo eso que podríamos denominar ‘numantismo’ revolucionario y que encaja con muchos actos y proyectos de la historia de España : desesperación y fatalismo juntos muy propicios para abundar aquí en la noción freudiana del ‘instinto de autodestrucción’. Pero esta tendencia que parece hundir sus raíces en los albores de la raza (o crisol de razas) peninsular, viene a agravarla la tradición heroico romántica del bandolero, del salteador de caminos que se toma la justicia (véase muchas veces venganza) por su mano. Y esta tradición de bandolerismo justiciero, copiosa cantera de mala literatura española de propios y extraños, no se explica tanto por razones de sicología social o etnológica como por determinismos histórico-políticos. Porque es el caso que en el pueblo español se ha operado un larguísimo (¿cuatro siglos y pico?) proceso de esquizofrenización política que le ha procurado delirios a escala individual y a escala colectiva (el individuo que se erige en rey y en juez, el grupo que está convencido de ser el guía infalible de todo un pueblo, el pueblo o la comarca que proclama el comunismo libertario urbi et orbi, etc). Pero de esta misma condición alienante en el comercio cívico-político se desprenden también modelos de conducta muy positivos, como el de la improvisación de soluciones en casos de apuro (en el que pocos pueblos serían capaces de competir con el nuestro), y no menos positivas alternativas-limite, como el recurso espontáneo de la guerrilla con que los españoles han inspirado a todas las rebeliones populares contra los ejércitos regulares.

De lo que acabamos de exponer se desprenden dos enseñanzas inmediatas, por lo menos. La primera es que el pueblo español, en su proverbial aislamiento, ha perdido la visión de lo político. Y esta pérdida es absolutamente intolerable si se quiere formar un sistema democrático, una sociedad constructiva, justa, libre y creadora. Porque como no hay mejor sociedad que la democrática tampoco hay democracia sin opinión pública, ni hay opinión pública digna de este nombre sin sentido crítico, y para que éste se forme hace falta a
su vez conocimiento intelectual y afectivo (información, convicción y compromiso). ¿Y cómo se puede conocer y defender algo que se niega o de que se abomina? No, a estas alturas es ya cerril seguir condenando la política, cuando de sobra sabido es que la política lo es todo en sociedad, desde el dominio económico al cultural y en cualquier sistema social por anárquico que se pretenda.

Ya no es serio confundir política con politiquería. Se impone, pues, revisar las ideas de lo
político en los medios libertarios españoles, primero y principal porque esa negación de lo político es responsable en España de la ausencia de civismo. No se puede tener conciencia cívica si no se tiene conocimiento político, porque esto no es mis que la cara vuelta de lo otro, o mejor: el derecho hecho del que se desprende el derecho haciéndose, o la ley consuetudinaria de lo cívico engendrando la jurisprudencia de lo político. Pero hasta que no funcionen los automatismos de civismo no podrá prestarse la atención colectiva indispensable al arte de la política (como para saber leer andando hay que empezar por saber andar automáticamente, sin prestar atención a esta actividad, y así es cómo se efectúa todo progreso: por una actividad
superior montada sobre otra u otras ya automatizadas)..

Pues bien, en términos generales, al anarquismo español le ha faltado insistir sobre la noción del derecho público (así como al comunismo podríamos decir que le ha faltado insistir sobre el derecho privado). Es tan fundamental para mí la necesidad de reforzar las bases del derecho, que estoy convencido de que no pueden ser otras las bases de todo socialismo verdadero (desde el derecho económico con que se regulen las condiciones de igualdad y justicia distributiva, hasta el derecho de garantía en el ejecución de toda orden [sic], y de creatividad en el dominio de lo que llamamos el espíritu).

De modo que si por su aislamiento el pueblo español ha quedado desentrenado en el ejercicio normal de la vida cívica y política (iy cómo, con los 33 años que lleva ya de vacío o parálisis!), lo que conviene es lanzarlo de lleno a ese ejercicio para que vaya adquiriendo reflejos de civilidad responsable con los que queden eliminados ipso facto los actos de terror gratuitos y secretos. Porque si hemos hablado de democracia y derecho es simplemente para ponernos a salvo y en guardia contra toda violencia perpetrada sin previa consulta pública y resolución colectiva mayoritaria. Y con esto hemos llegado a una fórmula englobadora de multitud de enseñanzas por la experiencia más dolorosa que creo hacemos todos nuestra: Negocio público que se lleva en secreto, mal negocio.

Yo no digo que sea posible de golpe y porrazo prescindir de todo secreto de empresa, de partido, de organización y de Estado. Lo que digo es que a eso hemos de ir, que no hemos de parar hasta que no haya secretos, sobre todo secretos de Estado. Porque siempre donde hay secretos hay infaliblemente algo non sancto; o se trata de engañar o se trata de traicionar. Hay experiencias a este respecto muy significativas, como el caso de los nombramientos de catedráticos que en algunas universidades europeas se venía haciendo por comisiones en secreto y ahora al hacerse en público se ha visto que aquel principio no sólo era injusto sino absurdo y ridículo. Todas las manipulaciones, intrigas, maniobras y chanchullos se valen del secreto. Luego no esperéis jamás una sociedad sana que no esté del todo abierta.

Volviendo a nuestro tema sobre la legitimidad del atraco y del atentado, tendríamos que concluir que sólo podrían justificarse por decisión pública mayoritaria, sin violar ningún derecho público ni privado. Algo imposible, ¿no?

La segunda enseñanza de lo expuesto más arriba sería ésta: si por un lado hay que politizar y civilizar al pueblo español, por otro hay que hacer de modo que se refuercen sus talentos de improvisación, de independencia natural y espontaneidad creadora, como contrapié frente a la tecnología capitalista y frente a todo centralismo o unitarismo encorsetador. Pero en este juego de estímulos hemos de alertar a nuestro pueblo contra dos peligros que todos hemos constatado de sobra a lo largo de la experiencia de la revolución cenetista. Pues que si bien esta revolución tuvo lugar en condiciones las mas exasperadas y precarias, cobró relieve suficiente para indicarnos dos fallos fundamentales en el comportamiento de la base (in casu las mayorías cenetistas que hicieron funcionar las colectividades industriales, comerciales y agrarias de Cataluña, Valencia y Aragón).

Primer fallo: la intolerancia de la mayoría frente a la minoría, o de la minoría revolucionaria predominante por estar armada o contar con las fuerzas armadas a mano frente a la mayoría reacia o indiferente. Y el segundo fallo fue la falta de responsabilidad cualitativa.

Sobre el primer fallo habría mucho que decir porque es el primer problema con que se enfrenta toda revolución. Pero en el fondo se reduce todo a una cuestión de impaciencia, y con la impaciencia el mal humor, la agresividad, la precipitación y el frangollo. Tras tantas experiencias que nos lo han enseñado así hemos tenido que acabar por creer que la mentalidad hace la estructura y no al revés. Y que a veces erosiona más el humor que la intemperancia o la iracundia. A fin de cuentas, y todo bien considerado, siempre que se ha forzado una situación, y más por la violencia desenfrenada o sin derecho, tanto por parte de la mayoría contra la(s) minoría(s) como al revés, hemos tenido que lamentarlo. A la larga todo lo forzado se revuelve contra el forzador. Y hablando de pueblos, toda la historia está ahí para ilustrárnoslo, muy en particular el pueblo del Vietnam que acaba de darnos la gran lección de los siglos. Es siempre la obsesión o el vértigo del poder ostentado lo que engaña al revolucionario (como individuo y como grupo) y le hace creer que su nuevo orden acabará por conformar a los forzados a su doctrina. Y en este error cayeron incluso los enemigos teóricos del poder, los anarquistas colectivistas de la revolución de 1936-1937. Hace falta mucho entrenamiento para adquirir los hábitos de tolerancia y de paciencia con que saber esperar el día de la persuasión y del común acuerdo. Pero no hay otro camino, está bien visto.

El segundo fallo es más difícil de explicar, aunque sea casi privativo de nuestro pueblo; pero no es lo más próximo lo más fácil de entender. Precisamente porque ha sido el más abandonado a su propia suerte, es nuestro pueblo daltoniano para discernir los matices de calidad responsabilizante. Con la expresión de responsabilidad cualitativa queremos englobar hechos tan diversos como la imposibilidad en los medios cenetistas de que se escucharan las voces autorizadas en cada caso, ya fuese por competencia técnica ya por conocimientos específicos, así como la dificultad de establecer grados de responsabilidad al nivel de las decisiones según las atribuciones convenidas o las capacidades profesionales, autoridad científica, etc. Dicho en otros términos: no todo el mundo puede decidir de todo; sobre la construcción de un puente corresponde decidir a los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, y no a los zapateros, etc. Esa falta de consideración por el saber específico aprendido y, en general, la falta de natural respeto al talento ha podido ser la causa de que la CNT se encontrase tan desamparada de los hombres de ciencia, técnicos, artistas, intelectuales y escritores españoles.

Creo que por lo menos la intelligentsia española tenía obligación de estar enterada de lo que interpretaba la CNT en el ánimo del pueblo español, y el haber faltado a esa obligación no sólo me parece imperdonable, sino que creo es el pecado más grave y de efectos más infelices que haya cometido la intelectualidad progresista española a lo largo de toda su (breve) historia. Lo que nos advierte de sobra para no caer de nuevo en la misma falta y propiciar la siempre salubre y enriquecedora simbiosis de pueblo e intelligentsia, entre trabajadores manuales y trabajadores intelectuales en general. El pueblo necesita oír la voz de sus pensadores y artistas que le van ensanchando el horizonte próximo inmediato y, por su parte, los intelectuales no pueden prescindir del pueblo, que es su suelo natural de labor y su fuente de inspiración inagotable.

Vamos a ver, pues, si sobre esta plataforma de revisión teórica podemos ya lanzarnos al análisis de nuestro tema tomado como un todo: la violencia en el anarquismo, reconsiderado
a partir de los dos libros que nos han suscitado esta reflexión.

La guerrilla urbana en España. Sabaté se abre con un epígrafe que me permito transcribir:

Guerra a la violencia: éste es el móvil esencial del anarquismo. Desgraciadamente, con mucha frecuencia, contra la violencia no existe otro medio de defensa que la violencia. Pero, incluso entonces, no es violento el que se defiende, sino el que obliga a los otros a tenerse que defender; no es violento el que recurre al arma homicida contra el usurpador armado que atenta a su vida, a su libertad, a su pan. El asesino es el que pone o otros en la terrible necesidad de matar o morir.

Es el derecho a la defensa, que se convierte en sacrificio, en sublime holocausto al principio de solidaridad humana, cuando el hombre no se defiende a sí mismo, sino que defiende a los otros en su propio perjuicio, afrontando serenamente la esclavitud, la tortura, la muerte. Errico Malatesta.

El mismo libro se cierra con otra cita (salvo las tres líneas de colofón que la glosan del autor Téllez), mucho más cerca de nosotros ésta por ser de Felipe Alaiz y haberla escrito en 1952, ocho años antes de la muerte de Sabaté. Es evidente que Antonio Téllez ha querido respaldar su texto entre estas dos citas como entre dos puntos de apoyo autorizados para avalarlo. Pero, ¿son verdaderos apoyos éstos que avalen a su biografiado?

Veamos el de cierre:

Equivocados o no, impacientes o no, de fama y renombre histórico, tal vez más predispuestos sentimentalmente que dispuestos en frío a un nihilismo cerrado, despreciativos probablemente para la masa pasiva y rebañega por la que se sacrifican y de la que no tienen ni esperan ayuda, con más apego al anonimato en ocasiones que a acumular reverencia de raíz redentorista -pues las religiones se fundan en el sacrificio espectacular de uno solo en favor de la pasividad y de la comodidad del resto- los activistas dan la vida de cara al peligro y pagan con su persona.

Los insistentes sucumben a manos del Estado terrorista mientras los ideólogos terroristas pero pasivos y las masas creyentes en el terror se conservan a salvo de cualquier peligro aplaudiendo a los combatientes aislados, pero jamás dispuestos los inhibidos a participar ellos mismos en la lucha directa. Felipe Alaiz [3].

Primero el epígrafe de entrada. Las razones de Malatesta se han repetido de mil maneras para justificar la violencia revolucionaria como única réplica a la violencia estatuida y permanente del capitalismo explotador y del Estado opresor. Últimamente, hasta los curas y obispos han adoptado este lenguaje de Malatesta. Desde luego, la razón de la defensa propia no hay quien la refute. Pero para Téllez puede que tenga más importancia lo que sigue, es decir, la sublime razón que asiste al que ‘defiende a los otros’, porque en esta gloriosa postura cree que se ha inmolado su héroe. ¿Hay algo más noble y conmovedor que el valiente que se bate por los demás? Lo único que cabe preguntarse aquí es si se da perfecta adecuación entre la frase de Malatesta y la aventura del luchador Sabaté, cosa sobre la que volveremos pronto.

El fragmento de Alaiz es más vulnerable por ser más concreto y tipificado. Así cuando dice ‘despreciativos probablemente para la masa pasiva y rebañega por la que se sacrifican y de la que no tienen ni esperan ayuda, con más apego al anonimato’, etc., se descubre el individualismo a ultranza del escritor, prácticamente el único buen escritor incondicional que ha tenido el Movimiento Libertario. Y, sin embargo, no se podrá decir jamás que Alaiz haya participado en ningún acto violento ni en ningún acto público en nombre de la organización, porque era tan incapaz de violencias como alérgico a las reuniones multitudinarias. Tal vez explique esta manera de ser un rasgo de su carácter que Ramón Sender me formuló así un día: ‘Era [Alaiz] un hombre de talento y sobre todo de buen gusto. No pudo desarrollarlos plenamente porque tenía prejuicios contra el éxito. Y porque le ahogaba un sentido crítico un poco negativo’. La palabra éxito la ha subrayado el mismo Sender. Creo que es un acierto, sobre todo habiéndolo conocido tan poco y hace ya tanto tiempo (en Zaragoza cuando Sender
era un mozo de 17 años y Alaiz un hombre de unos diez años mayor). Yo lo he conocido más, como pariente y por haber vivido juntos primero cuando yo era muy joven en Barcelona y después ya no tan joven en París. Y puedo asegurar que si Alaiz hablaba -y escribía, que tiene un artículo sobre el personaje, recogido en Tipos españoles- con visible regodeo sobre ‘Cucaracha’, no por eso era capaz de entender a un Sabaté ; que una cosa es el valiente que se echa al monte para hacer su justicia sin matar a nadie y se convierte en el terror de los caciques y ‘pinchos’ (como se les llama a los chulos ‘perdonavidas’ en la comarca del Cinca), y otra el obsesionado por los ‘argumentos’ de la pistola sin que se le vea un verdadero argumento con que justificar su actuación de solitario terrorista y atracador incontrolable. ¿En qué cabeza cabe emprender solo, o casi solo, una guerrilla con pretensiones de resistencia, de maquis oposicionista o revolucionarios? Esa actitud hecha de desplantes no hay quien la justifique, por muy individualista que sea, y Alaiz menos que nadie con sus gustos de hombre recoleto y frugal poco menos que arcádicos. No, creo que Téllez se vale de la cita de Alaiz abusivamente, porque no está escrita pensando en Sabaté, sino en los muchachos de las Juventudes Libertarias, en los activistas de entonces y de todos los tiempos que han unido la acción a la palabra revolucionaria, por oposición a los ‘terroristas de pico’. ¿Era tan impermeable a la fama Sabaté como para incluirlo entre los que tienen ‘más apego al anonimato’?

Por la misma biografía de Téllez vemos que ‘El Quico’ tenía conciencia de ser el ‘Enemigo Público Número Uno’ y hasta que se valía de su fama. No creo que Sabaté fuese de los más arrogantes entre los de la serie de ‘enemigos públicos número uno’ cenetistas, pero en todos ha debido de actuar como acicate la honrilla de la fama. En cambio, es una fama un poco equívoca. Siempre me acordaré del chasco que nos llevamos con aquel ‘Enemigo Público Número Uno’ de muy poco antes de la guerra, un tal Martorell, que en los primeros ataques a Belchite ‘se cagó por los pantalones’ como quien dice. Es un valor ese de los gangsters algo sospechoso. Seguramente responde a unos resortes de agilidad mental pero sobre todo descansa en la seguridad que da la sorpresa y la suerte (de haberla tenido al primer golpe). Hay en ellos una capacidad desconcertante de apretar el gatillo. Eso es todo.

¿Era Sabaté un activista revolucionario de los aludidos por Alaiz? No, porque de haberlo sido se habría plegado a acciones de conjunto, a las consignas de la organización o al menos a un plan de grupo con un objetivo de lucha social, de sabotaje eficaz, de actos de terrorismo con un objetivo visible y reconocible para toda la oposición antifranquista. Porque, ¿qué sacamos en limpio de toda esa ajetreada vida de Sabaté, de tantos tiros y tantos miles de pesetas sustraídos a Bancos y empresas? En una palabra: ¿de qué le ha servido a Sabaté poner su vida en el tablero durante un cuarto de siglo por su cuenta y riesgo (desde su primer asalto a un Banco, en Gavá, hasta su desesperada muerte en San Celoni, el 5 de enero de 1960? Esta conducta delirante es en sí una tragedia personal, pero ha hecho y puede hacer mucho mal al movimiento anarquista si sigue tolerándose, por muy remotamente que sea la actuación en su nombre, de esa clase de violentos esquizoides.

Creo que bastará otra cita del mismo autor para acabar con este punto. Dice Felipe Alaiz
en un artículo consagrado a la memoria de Buenaventura Durruti, el 20 de noviembre de
1945, nueve años después de la muerte de este gran luchador :

En nuestros debates surge como apelación celeste el culto al heroísmo. Todas nuestras victorias, sin embargo, se han conseguido por actividad conjunta, en la que no hizo falta el sacrificio heroico de nadie, sino la solidaridad de todos. Cuando se apela al heroísmo y se dice, como un almirante sin escuadra, ‘a barcos de madera corazones de acero’, lo que se quiere es justificar la falta de previsión, equivalente a la falta de eficacia y a la derrota segura. Con una mentalidad semejante se perdieron y se perderán siempre todas las batallas, todas las guerras y todas las revoluciones. Y se perderá el heroísmo, desacreditado ya por los que se tienen por héroes después de hacer la guerra detrás de un tintero.

Como se da el caso de que estas palabras están dichas rindiendo homenaje a la memoria de Durruti, la cita nos sirve de charnela para pasar al otro libro, no sin antes dar por condenada toda actuación de héroe francotirador y toda violencia personal.

En Durruti vela, en cambio, Alaiz la más clara personificación del heroísmo anónimo que no se cansaba de reclamar. Aun este heroísmo podría discutirse, sobre todo su viabilidad o posibilidad de hacerlo vivencia consciente. Pero de lo que no cabe duda es de que en la biografía que nos traza Abel Paz de Durruti se nos da por añadidura una lección de recuperación ético revolucionaria de un hombre que podía haber caído en la tentación del terrorismo profesional, pero que supo enderezarse por la vía del militante concienzudo y generoso a más no poder. De todas formas, yo siempre he creído que a Durruti le faltó en los momentos más importantes de su vida pública (es decir, durante la guerra) las luces y palancas de su compañero y amigo Francisco Ascaso, quien me parece que veía más en grande y al mismo tiempo con más realismo y con esa lucidez del irónico que también tenía Ascaso [5].

Durruti demostró ser capaz de mucho y bueno, incluso de dar un puñetazo en la mesa y hacerle bajar la cabeza a Companys, y hasta a Largo, Caballero si a mano vino, pero con
Ascaso al lado creo que habrían uno y otro bajado la cabeza varias veces en señal de asentimiento, y no sólo una vez como acatamiento ante la fuerza bruta. Éramos muchos los que teníamos más fe en la capacidad política de Ascaso que en la de todos los demás del grupo ‘Nosotros’ juntos. Pero nos queda la tremenda duda del ‘si’, porque el exceso de valor que le segó prematuramente toda su capacidad virtual podría haberle jugado también más tarde’ otra mala pasada. ¿Quién sabe? En fin, perdón por el inciso.

De todos modos, lo que nos dice Alaiz es también de mayor interés para nuestro propósito.
Primero eso de que ‘nuestras victorias se han conseguido por actividad conjunta […] por la solidaridad de todos’. Esto viene a corroborarnos lo que decíamos a propósito de la acción directa: abierta y colectiva de común acuerdo. Pero aún me parece más importante lo que escribe Felipe Alaiz acto seguido: ‘Cuando se apela al heroísmo […] lo que, se quiere es justificar la falta de previsión’. Vemos aquí cómo el escritor anarquista, que además pasa por ser individualista acérrimo, tiene que confesar que no hay revolución posible si no es empresa general del pueblo y si no esta escrupulosamente preparada. ¡Lastima que tardara tanto en darse cuenta y no hubiera escrito así antes de la guerra ya, que es cuando hacían verdadera falta voces de este tenor!

En torno al problema central de la violencia, podríamos arrimar a nuestra ascua la sardina de una tesis relativamente reciente y sumamente interesante. Me refiero a la que defendió el 29 de noviembre de 1972 el profesor de sociología del derecho Dr. Kees Schuyt, bajo el título Derecho, orden y desobediencia civil, en la Universidad de Leiden. La importancia de esta tesis estriba más que nada en lo que tiene de material inspirador y en cuanto resumen de experiencias y teorías que parecen dar la tónica de lo mas elaborado y convincente en este terreno a la hora actual. Una de las frases-clave de este trabajo es ésta:

La retórica de la lucha y de la violencia, de las soluciones definitivas, de la muerte y la destrucción ha dejado de tener eco en un clima cultural en que los ciudadanos se han acostumbrado a resolver sus conflictos de otro modo y la relación entre virilidad, heroísmo y violencia palidece y va borrándose en una sociedad semejante.

Schuyt nos propone considerar la violencia sin ningún parti pris ni dogmatismo, y del mismo modo que podríamos enfrentarnos con los pacifistas por sistema y a toda costa, podemos reprocharles a los no violentos fanáticos su actitud negativa en casos en que la resistencia pasiva equivale al suicidio o al autogenocidio. Lo que no impide reconocer que la resistencia pasiva tiene sus ventajas sobre la violencia.

En cuanto técnica apta para solucionar conflictos y operar cambios sociales -nos
recuerda Schuyt- la no violencia es relativamente nueva. Hasta nuestros tiempos no ha dejado de ser la violencia indefectiblemente el medio normal para cambiar nuestro medio societario. Pero la verdad es que este mecanismo de transformación social nos ha costado siempre muy caro. La no violencia intenta reducir al máximo el precio de estos cambios sin por eso hacer dejación de las propias ideas transformadoras ni dejar por eso de reconocer y atacar el conflicto social que sea. Por lo mismo es la no violencia un medio de presión para uso del ciudadano desobediente que dice y redice “no” muy convencido y al mismo tiempo quiere decir y seguir diciéndole “sí” a su prójimo.

Distinción pues aquí de toda campaña con sus objetivos frente a campañas contra sujetos.

Sin querer afirmar que la protesta no violenta es, por definición y en todas las situaciones, superior a la protesta violenta, Schuyt nos expone cuatro ventajas de la no violencia: 1) el diálogo entre las partes en conflicto se mantiene abierto; 2) el diálogo (o interlocución) se mantiene abierto mas tiempo ; 3) la no violencia es antielitaria, y 4) la no violencia deja al oponente cierto margen de libertad de acción que propicia algún rodeo hacia el acuerdo. Esto aparte, la no violencia tiene sus ventajas meramente tácticas:

La inutilización (o puesta en vía muerta) de los disidentes políticos a base de las violencias de la policía se justifica o legitimiza con mas facilidad si las autoridades pueden referirse a las violencias ejercidas por esos mismos disidentes. En fin, la no violencia le da a la protesta mayores posibilidades de duración y enraizamiento con vistas a un cambio de la mentalidad de base.

Schuyt propone la desobediencia responsable de Albert Camus contra la irresponsable obediencia de Eichmann. Y entre sus teóricos se encuentra en primer término el psicólogo anarquista E. Fromm y los sociólogos estadounidenses Waskow y Rawls que con tanto detenimiento y aplicación han estudiado -como el mismo Schuyt: de visu y de primera mano- los movimientos de protesta racial, estudiantil, antiguerra Vietnam, etc., que se han registrado durante los últimos doce años en los Estados Unidos. Según Schuyt la violencia se ha de usar únicamente conforme a estas dos reglas: 1), cuando se hayan agotado los métodos y medios aprontados por la no violencia y hayan fracasado todas las técnicas de la resistencia pasiva o desobediencia civil pacífica; y 2), cuando haya una relación directa entre el recurso a la violencia y el fin de una situación injusta.

En nuestro contexto es de lo más interesante la aclaración que establece Schuyt entre dicha
relación directa y la indirecta. Violencias indirectas como las ejercidas en atentados a modo de avisos, como autoexpresión (protestaria) o venganza, no entran ya en la teoría de la desobediencia civil lícita. El asalto al registro civil de Ámsterdam [6] es un ejemplo de violencia directa y el dirigido contra el edificio-sede de administración militar de Minneapolis ejemplo de violencia indirecta.

Aboga Schuyt por la desobediencia civil en tres dominios problemáticos: el del tercer mundo, el de la (eventual) tercera guerra mundial y el de la crisis ecológica (‘ecocidio’), señalándonos además el deber democrático de desobedecer a la ley siempre que se den una o más de estas cuatro circunstancias: 1) Distribución inequitativa de los medios de existencia personal y colectiva; 2) Negación de la libertad subjetiva de uno mismo o de los demás ; 3) Reducción de los sujetos de derecho a meros objetivos ; y 4) Negligencia o menoscabo de los medios de existencia de todos los ciudadanos tomados en conjunto.

De parecida mentalidad participan los ‘kabouters’ holandeses [7], no ya fundada en la actividad agresiva, sino en la persuasión con el elemento paradigmático de la alternativa, o sea, predicando con el ejemplo y edificando una sociedad antiautoritaria y limpia de toda explotación del hombre y de la naturaleza por el hombre. Pero esta labor de ejemplificación práctica revolucionaria sólo se puede hacer (a pasos contados) en una sociedad democrática, por lo menos tan fuertemente democrática como la holandesa actual. Aparte de que está por ver el resultado de esta tentativa de los kabouters. Porque como ya dijimos, estos pacíficos anarquistas dan la impresión de andar muy desorganizados y de estar poco motivados científica y filosóficamente. Con lo que desembocamos en el fallo de los fallos de nuestra época: la falta de una filosofía que nos abra perspectivas de acción fecunda y unánime y de convicción generalizada creadora.

En cuanto a nuestro tema, mucho me temo que la época del revolucionarismo violento
per se, y aun menos terrorista, haya pasado a la historia. Un lento despertar de la clase obrera que reivindica tan sólo cruzándose de brazos y dándose la mano en corro nos lo demuestra, como la fuerza revolucionaria que ha probado contener el humor y la información inteligente y veraz. Parece como si la gente hubiera llegado a esta conclusión: con lo difícil que es vivir en sociedad sólo falta que propaguemos la agresión para hacer ya la convivencia imposible.

Y con este pensamiento ponemos fin a nuestras disquisiciones sobre la violencia y el
anarquismo : dos cosas a fin de cuentas incompatibles.


Notas

[1] Belibaste, La Hormiga, París, 1972. [NDR. Ediciones Ruedo ibérico publicarán, en el primer semestre de 1974, otro volumen de A. Téllez: La guerrilla urbana. Facerias, en la apreciación del cual su comité de lectura no ha llegado a las conclusiones que formula aquí sobre el primer libro de A. Téllez nuestro amigo F. Carrasquer. Veánse las respuestas de éste a la encuesta: Pasado, presente y futuro del movimiento libertario español -, p. 177-183.] [Nota de trascripción: ambos libros de Téllez han sido públicados en fecha reciente por editorial Virus]

[2]. Editions de la Tête de Feuilles, Toulouse-Paris, 1972. [Edición reciente en castellano de la Fundación Anselmo Lorenzo].

[3] Solidaridad Obrera, 369, París, 15 de marzo de 1952.

[4] Tipos españoles, Obras de Felipe Alaiz, tomo III, p. 176-177.

[5]. No olvidaré jamás uno de los últimos (sino el último) plenos de la FAI en Barcelona en el que tomó la palabra todo el grupo ‘Nosotros’. Recuerdo que primero habló Ricardo Sanz, el que le había de suceder a Durruti en la jefatura de la columna del nombre de éste y luego jefe de la 26 División. A mi no me hizo gran efecto, y creo que en la audiencia en general tampoco. Luego habló García Oliver de las teorías que tenía por entonces de la revolución un poco por sorpresa y a base de actuar muy rápida y fulminantemente. Me pareció algo rocambolesco aunque vibrante, porque a hacer vibrar al auditorio no le ha ganado nadie a García Oliver. (Aun lo estoy viendo en un mitin en el palacio de Deportes cerca de la plaza España, en Barcelona, teniendo en vilo a miles y miles de personas electrizadas por su fogoso verbo y que se habrían lanzado, a la menor alusión suya, al asalto de le próxima Cárcel Modelo.) Después de García Oliver tomó la palabra Durruti. Una arenga más que una argumentación o un análisis. De todos modos, muy buen efecto equilibrador tras la intervención de García Oliver un poco fantasiosa, una puesta a tono cordial, muy humana y de hombría sana. Pero el broche de oro fue la intervención de Francisco Ascaso: planes claros y sencillos, análisis agudos y pertinentes y una fuerza de convicción extraordinaria en sus palabras tan inteligentemente inspiradas como firmemente amasadas de fuerza de voluntad.

[6] Se refiere el autor al hispanista Johan Brouwer, figura fascinante que se prendó de la mística española en la cárcel, ha escrito mucho y bueno sobre la cultura española y bajo Ia ocupación alemana destruyó con otros compañeros las fichas del registro civil de Amsterdam, lo que le valió ser fusilado.

[7] Véase Cuadernos de Ruedo Ibérico, 37-38.

2 thoughts on “Francisco Carrasquer: Disquisiciones sobre anarquismo y violencia”
  1. Francisco Carrasquer: Disquisiciones sobre anarquismo y violencia
    Lo más interesante de este artículo me resulta su fecha de publicación (1974). Es interesante conocer la perspectiva que un pensador anarquista tenía en aquel momento con respecto a la oposición táctica entre violencia revolucionaria y noviolencia. Por cierto que justo en aquellos años estaba casi aterrizando la teoría de la noviolencia en el estado español procedente de Francia, y en cierto modo era una novedad política.

    Me parece acertada la incompatibilidad que el autor establece entre la acción directa anarquista y ciertos tipos de violencia individualista. Creo que sus argumentos en este sentido no tienen vuelta de hoja. Por desgracia se queda a medias y no llega a rematar la jugada, ya que su posición finalmente resulta un tanto ambigua con respecto a otros tipos de violencia.

    Por lo demás el texto lo encuentro farragoso y digresivo. Y no me gusta nada su visión generalizante y paternalista de lo que da en llamar «el pueblo español». Supongo que tiene que ver también con una mentalidad añeja que hoy día nos chirría.

    La verdad es que el artículo promete mucho y no da tanto, y más cuando quien lo escribe parece una persona que podía aportar mucho dada su trayectoria personal.

    Saludos.

    1. Francisco Carrasquer: Disquisiciones sobre anarquismo y violencia
      Pues estoy en general de acuerdo con la valoración de Pablo, aunque en conjunto el texto me resulte más simpático. Sobre el estilo y estructura del escrito, decir que quizás en el contexto en que se publicó (un monográfico con otras intervenciones e interpretaciones históricas de representantes del movimiento libertario español) resulta menos chirriante.

      Aunque el texto quizás no satisfaga «las expectativas» de un noviolento estricto, no me cabe duda que siempre será mejor la apertura de un espacio de confluencia que una, digamos, rendición absoluta. Hay que decir, por otra parte, que las cosas que a Carrasquer le resultaban atractivas de la noviolencia desobediente -versión Schuyt- (y que expone después de un largo análisis histórico que a muchos sonará a chino o a batallita del abuelo) tienen que ver más con los problemas y dificultades de la gente de a pie que las que acabaron convenciendo al difusor coetáneo de la noviolencia estricta, Gonzalo Arias -«ejército incruento» y demás-. Dicho sea con toda la admiración por Gonzalo Arias y reconociendo además que era mucho mejor escritor que Carrasquer.

      Francamente, por las breves observaciones del artículo, no soy capaz de decir cuál es la visión del pueblo español de Francisco Carrasquer. Comparto que España tiene una historia que ha hecho arraigar actitudes poco constructivas en la mayoría de mis paisanos; ahora bien, que España haya tenido esa historia, muy diferente de la de Holanda o Dinamarca, no debería conducir a pensar en alguna superioridad de los suecos o los daneses sobre los bárbaros españoles. Si Carrasquer iba por ahí, no estoy de acuerdo con él.

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