El sistema económico dominante convierte a los mercados en el epicentro de la organización social. Decir que nuestras sociedades se organizan en torno a los mercados (capitalistas) significa decir muchas cosas. Significa decir que el trabajo remunerado, el empleo, es el único que da derecho a reconocimiento social y a contraprestaciones. El empleo es el elemento clave para que a una persona se le reconozca un cierto status social, una condición de miembro activo, válido, de la sociedad. El resto son las/os inactivas/os, con todas las connotaciones negativas y de pasividad que este término conlleva. El empleo, actual o pasado, es el único que da derecho a un ingreso. Es decir, tienes que estar en el mercado de trabajo o haberlo estado por cierto tiempo para poder recibir un ingreso monetario (en una sociedad donde tener dinero es absolutamente indispensable para comprar toda una serie de recursos). El resto de trabajos, comunitarios y privados de cuidados (donde las mujeres son las protagonistas indiscutibles) no conllevan ni reconocimiento social, ni derecho a integrarse en el sistema como consumidoras/es (nuestrx “papel” fundamental). Esta visión unilateral y androcéntrica tiene su origen en la teoría liberal y valoriza aquellas partes de la economía y de las relaciones sociales, que implican directa o indirectamente flujos monetarios, invisibilizando con esto a multitud de agentes sociales que tienen su actividad en ámbitos que no mueven dinero; en gran medida, mujeres.

Sin embargo, los mercados dependen de que existan toda una serie de trabajos que no se pagan y que no se reconocen. A la par que a los mercados no se les exige que se involucren, que se responsabilicen de la sostenibilidad de la vida, de la satisfacción de necesidades del conjunto de la población, estos mercados se aprovechan de los millones de horas que la población trabaja gratuitamente. Y trabajamos gratuitamente precisamente en las tareas de cuidados. La dependencia de los mercados de los trabajos no remunerados se invisibiliza, siendo como son los únicos que satisfacen necesidades: la sociedad ha puesto a los mercados en el centro de atención y no es capaz de ver más allá, ni tampoco de exigir responsabilidades. Hay un trasvase constante de recursos del conjunto de la sociedad -dedicados al cuidado- a los mercados y de los grupos sociales con posiciones más desfavorables en los mercados a los grupos sociales con más poder.

Decir que los mercados son el epicentro de nuestra organización social y económica quiere decir que la lógica que guía a los mercados (una lógica de la acumulación, del beneficio) es la que guía a toda la sociedad. En vez de que sea una lógica de sostenibilidad de la vida, de satisfacción de necesidades la que guíe la organización social y su economía, es el objetivo de acumulación el que establece cómo tienen que estructurarse los tiempos, los espacios,… el qué, cómo, cuándo, dónde y cuánto producir. El mantenimiento de la vida (garantizado, en última instancia, por los trabajos no remunerados) queda en un segundo plano y condicionado a que se cumpla el objetivo prioritario de acumulación de capital. Se crea así una tensión insostenible: entre el objetivo de los beneficios y el objetivo de satisfacer necesidades, mantener la vida. En una sociedad que prioriza lo primero, la vida estará siempre en el límite. Esta es la impostura fundamental del capitalismo, y sobre la que se asienta la explotación de la mayoría por unos pocos.

La masiva incorporación de la mujer al empleo (en sectores considerados tradicionalmente “femeninos”, con peores puestos, menores salarios y alta temporalidad), su milenaria discriminación en la toma de decisiones en lo público y en lo privado, la invisibilidad de los trabajos de cuidados (remunerados y no remunerados) que realizan, y el problema generado por el crecimiento de los llamados colectivos dependientes (especialmente ancianos/as, pero por extensión niños/as, enfermos/as, personas con diversidad funcional)… está provocando en parte que las tradicionales tareas de cuidados realizadas mayoritariamente por las mujeres en los países desarrollados, sean llevadas a cabo por mujeres inmigrantes de los países empobrecidos. Si a esto añadimos el aumento de la prostitución ejercida – voluntaria e involuntariamente- también por mujeres inmigrantes, tenemos que los ámbitos ocultos de la reproducción y del mantenimiento de la vida en la llamada sociedades opulentas es realizada por una cadena interdependiente de cuidados, que implican a las mujeres asalariadas de occidente, a las mujeres dependientes y amas de casa tradicionales, y a las mujeres inmigrantes. La salarización de un sector de las mujeres en occidente se lleva a cabo masivamente mediante la explotación de mujeres procedentes de los países empobrecidos. Esto conforma una intrincada cadena de precariedades, a la cual ni los estados ni la sociedad – es decir, llamativamente los hombres- están/estamos dando ninguna respuesta adecuada.

Apenas unas pocas medidas que apelan a la igualdad formal y a la conciliación de la vida familiar y laboral, pero que en realidad esconden el mantenimiento de la tradicional discriminación de las mujeres, tanto autóctonas como inmigrantes, al promover que sean las propias mujeres quienes sigan responsabilizándose de las tareas de cuidados en la vida privada al tiempo que ejercen como trabajadoras en el mercado laboral. La mano de obra, barata y sin derechos, de las mujeres en general, y de la mujeres inmigrantes en especial, posibilita la falsa conciliación de los espacios públicos y privados de las mujeres, mientras los hombres mayoritariamente nos inhibimos o seguimos recelando de que los cuidados de la vida sean cosa también nuestra.

La crisis de los cuidados, por otro lado, significa que una parte de los cuidados socialmente necesarios (atención de enfermxs crónicxs, diversxs funcionales, ancianxs, guarderías, …) se vean sometidos a un proceso creciente de mercantilización y privatización (para quienes puedan pagarlo), por lo que la propia salarización de la mujer, ya de por sí precarizada y ninguneada, tiene que costear los tiempos de cuidados desviados al tiempo ocupado en el trabajo remunerado.

La noción de cuidadanía enfatiza la crítica radical del capitalismo realmente existente, en el que la acumulación y apropiación de riqueza por unos pocos se produce por una doble explotación sobre la mayoría: la salarial (y su tiempo productivo dedicado) y la de los cuidados no remunerados (y su tiempo no valorizado). No hay posibilidad de conciliación: cuanto más se empeña el capitalismo en renacer de sus cenizas, más se ve abocado a exprimir los espacios humanos y no humanos de la vida, y más le urge extraer riqueza de la propia gestación y gestión de la misma vida. Y cuando hablamos de la vida, hablamos siempre de mucho más que su mero mantenimiento biológico.

Fuente: http://www.ultimocero.com/blog/chatar%C3%B3n-t%C3%B3xico/cuidadan%C3%ADa-2

Ver también: CUIdadanía frente a ciudadanía