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apostilla desde la mesa camilla

¡¡¡A la caza de la mozaaaaaaaaa!!!

UNA SESIÓN DE TELE CON LA DRA. SCHMIDT

Cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, llegó ‘Granjero busca esposa’ y nos demostró que la tele puede ser mucho peor de lo que creíamos.

Una ya no quiere encender la tele. Ya no quiere tener tele. En 2008, las estadísticas indicaron una tendencia creciente al empleo mayor de tiempo navegando por internet que viendo la tele, especialmente en la población joven. Es oficial: la tele tiene una enfermedad mortal y sólo nos queda asistir a su decadencia y fin. Los grandes grupos económicos se encargarán de cablear al enfermo y alargar artificialmente su ya deteriorada vida. Pero criticar cansa, es un deporte con trampa. Quita energía para pensar y construir. Aunque eso, como lo del cáncer que padece la tele, es otra historia. Esta semana, como les prometí, vengo a hablarles de uno de los últimos tumores malignos detectados. Digamos que si el cáncer se basa en un exceso de vida o en un mal funcionamiento de la muerte, cuando uno ve Granjero busca Esposa (Cuatro), lo primero que detecta es que algo no va bien en ese organismo llamado programación. Elenco del espacio: un buen mozo de Lleida, un garrulo del Levante, un vasco como más fisno y una presentadora con prognatismo. El medio, el rural. Y lo rural en este país da mucho juego. España, ya lo dijo nosequién, son sus pueblos. Y el rey del pueblo es el gañán, el cortijero, ese muchacho casadero y talludo que vive con sus padres y que se ha hecho cargo de la explotación familiar agrícola, vinícola o frutícola –parecen extraterrestres, y lo pueden llegar a ser–. Ese gañán necesita una moza que le de calor en las noches gélidas y le quite del porno, le dé un servicio doméstico para independizarse de la madre y, por descontado, le de una descendencia para seguir explotando el campo. Muchos de esos muchachos son peritos agrícolas, no se vaya usted a creer, pero el polvillo de la dehesa cuesta más quitárselo de encima que a Antonio Ferrandis hacer olvidar al vulgo el sambenito de Chanquete –que no lo consiguió, vamos–.
Y como la mecánica de estos realities se basa en el enfrentamiento, de seres y de conceptos, las zagalas vienen de la urbe, para que el gañán se estrese o se crezca en sus pagos frente a los tacones de aguja y el outfit bajo de caderas de las leonas de la city. A cada gañán se le asignan dos mozas, a las que da cobijo reproduciendo en versión aldeana el mito del harén de toda la vida. Las chavalas hacen como que se llevan bien, pero en sus confesionarios improvisados en establos y cochiqueras se ponen a parir entre ellas. El mozo encantado, ya tiene para despachar con la cuadrilla mientras se toma los chatos en la taberna.

Como dijo Luisa Muraro, ideóloga del feminismo de la diferencia: “No creas tener derechos”. Te tocará pasar por el examen de la madre, que escanea tu cuerpo, juzga tu modo de vestir, te presupone putón, y te sale con: “Esta viene a heredar la plantación, pues no la habré calado yo a esta yegua”. Te tocará aprobar en las pruebas donde se analizará tu adecuación a los mandatos de género. ¿Estás buena? ¿Eres buena? ¿Eres un bombo en potencia, porque aquí hace falta mano de obra? ¿Estás dispuesta a complacer al hombre y a competir con otra para no quedarte con lo del arroz ya no pasao, sino repegao?

Estos niños grandes, mimados por el medio rural y cebados a pucheros de la mamá cuentan con la ayuda de la antes mencionada presentadora –de nombre Luján (???)– cuya función dramática está a caballo entre la marquesa de Los Santos Inocentes de Delibes/Camus y una madama de una whiskeria de carretera. Baja de un 4×4, maqueadísima y falsa –una viva imagen del anticristo–, actúa como confidente del galán indeciso, que está más pinocho que otra cosa, pero tiene que hacer como que tiene un dilema; o Mariluz, la chica honesta y separada de Vitoria, con dos hijos ya la jodía y un pasado o Tatiana, la angelical eslava con la que apenas puedo cruzar dos palabras pero que rezuma zenzualidá (sic). Qué enjundia, qué densidad, qué riqueza, qué sentido común.

El concurso consiste en esclarecer en los diez días subsiguientes a la presentación quién de las dos chavalas estará más presente en los sueños húmedos o castos del gañán, cuantas peleas en el barro pueden llegar a protagonizar las talluditas o inmigrantes contrincantes –necesitadas de hombre adjunto, por requerimientos sociales, en ambos casos–, o quién cae redonda al suelo durante la fiesta de la matanza. Del garfio de la matanza colgaba yo a los directivos de Cuatro. Esto es muy triste, insultante, inaudito. Tener que ver a un gañán en esquijama forzando un sándwich con dos autoestimas desesperadas de la capital me parece muy deprimente. Por favor. Como el asustadizo Shagghy en la casa del terror chillaría gustosa: “Bibiana Aidooooouuuu, Where are youuuuuu?”. En fin, seguiremos de cerca este poco halagüeño diagnóstico: Trata de Mozas. Metástasis en el prime time de los lunes. Lo dice la doctora.