No se cuánto tiempo tuvieron para hablar Rodríguez Zapatero y Obama en esos sillones a rayas tan incómodos del Despacho Oval, pero una cosa es segura: ambos coinciden en una cosa, que hay guerras buenas y malas. La guerra mala era la de Irak.

Esencialmente porque era de Bush (y para Zapatero, también de Aznar); la buena, la de Afganistán. Porque es la de Obama (en este caso, Rodríguez Zapatero prefiere no salir ni siquiera en la foto). Debe ser muy molesto para ambos que la guerra mala vaya bien y que la buena vaya de pena.

Hay una segunda cosa que les une: ninguno de los dos tiene lo que hay que tener para enderezar la situación. A Zapatero le falta el coraje de reconocer que allí hay una guerra, que nuestras tropas están en una zona de combate y que eso de las tareas humanitarias es un camelo para ocultar que lo que más hacen es autoprotegerse de los continuos ataques que sufren.

A Obama le puede la indecisión. Afganistán es su guerra porque así lo ha querido con su encendida retórica, pero no parece querer poner en el terreno los medios necesarios para ganarla.

Como es sabido, se ha distanciado del plan del general McChrystal, quien pedía entre 40.000 y 50.000 soldados más para tener una mínima esperanza de victoria y todo apunta, tras semanas de agonía política, que optará por tirar por el camino de en medio: ni tantos refuerzos, ni retirada; sino unos pocos soldados más, seguramente entre dos o tres brigadas.

Es más, puede que para contentar a los mandos militares también pida una concentración de esfuerzos, esto es, dedicarse a limpiar y a asegurar unas pocas provincias, pero no enfrentarse a los talibán a lo largo y ancho de todo el país. Pero al plan de Obama ya le han surgido sus críticos desde la derecha y la izquierda americana, quienes, por una vez, coinciden en que la opción intermedia es la peor de todas las posibilidades.

Michael Moore se lo dijo a Larry King el pasado domingo: “Yo no voté a Obama para que Afganistán fuese su guerra ni para que repitiera Vietnam con compromisos a medias, sino para que trajera las tropas a casa”. Desde think-tanks conservadores como el AEI o la Heritage Foundation se escucha algo parecido: “Un compromiso a medias es una derrota segura a medio plazo, y a un precio innecesario”.

Claro que sus gentes no votaron a Obama precisamente por el temor a que sacara las tropas de Irak, Afganistán y cualquier otra parte de manera precipitada. Obama tiene un sueño: ninguna unidad de combate fuera de América en 2012, año en el que se juega la reelección. Conseguirlo lo puede conseguir. Cabe preguntarse a qué precio y con qué consecuencias. Pero debe darse prisa en decidirse. Lleva tres meses pensándose qué hacer en Afganistán. El mundo le va a llevar mucho más tiempo.

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