La hostilidad contra el movimiento ‘pro recuperación de la memoria histórica’ parece una disputa política, una polémica más.

PEDRO OLIVER OLMO | PROFESOR DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA EN LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA

La Guerra Civil española es nuestro hecho histórico más trágico, y no solamente por el triste balance de víctimas como consecuencia de los combates o los bombardeos. Lo peor, en términos humanos y éticos, fue la mortandad ocasionada por las sangrientas dinámicas de represión, castigo y venganza que se desencadenaron en las retaguardias.
Nunca antes habíamos vivido una violencia política tan terrorífica y tan embrutecedora, la que llevó al paredón o a las cunetas y los ribazos a decenas de miles de paisanos. Ni durante las guerras carlistas del siglo XIX, a pesar del altísimo nivel de crueldad que se alcanzó en la primera de ellas; ni tampoco en la inmediatamente anterior de 1820, la que enfrentó a absolutistas y liberales. En brutalidad represiva y en impiedad punitiva, la Guerra Civil española es, con mucho, nuestra auténtica tragedia histórica.

El golpe militar lo trastocó todo. Los golpistas de julio del 36 tenían claro que para vencer rápidamente debían golpear con fuerza, sembrando el terror y desplegando una gran violencia que aniquilara físicamente (y amedrentara moralmente) las fuerzas de su poderoso enemigo, es decir, la República misma y las organizaciones populares que previsiblemente iban a defenderse (o tal vez iniciar la revolución tantas veces añorada, como de hecho hicieron desde el 19 de julio). Entre septiembre y noviembre de 1936, y sobre todo después de «la batalla de Madrid», cuando Franco no pudo tomar la capital de España, la insurrección militar contra la República dio paso a una auténtica guerra civil. Una guerra total.

Tres meses después del 18 de julio el daño producido era ya inmenso y, sin embargo, nadie podía imaginar lo mucho que se iba a prolongar aquel tiempo de sufrimiento. Por supuesto que las formalidades democráticas habían saltado por los aires, a pesar de que también en el terreno de las formas la República se empeñara en ganar día a día la batalla moral de la legitimidad, intentando, sin éxito a nivel diplomático, que quedara patente la falta de escrúpulos de los rebeldes y el carácter criminal de sus intenciones. Pero la guerra multiplicaba de forma imparable eso que se ha dado en llamar «la brutalización de la política».
Como toda guerra transcurrió acompañada de símbolos y productos culturales producidos para alentar el valor del combate, el patriotismo y el militarismo del momento (a través de himnos y conmemoraciones, cánticos y poemas, prensa y propaganda, cine y deporte, etcétera). Sin embargo, lo transcendente ocurrió en el ámbito sociocultural, porque la guerra española generó lo que también suele generar toda guerra: una «cultura de guerra» entendida como actitud colectiva de odio y desprecio hacia quien se considera «el enemigo». Ya desde finales de julio de 1936, conforme la violencia iba en aumento, y según se iban conociendo los detalles (muchas veces oficiosos) de la extrema violencia del contrario, más y más personas se fueron enrocando y embruteciendo. Crecía el miedo y con él ganaban terreno la rabia, el rencor y las ganas de vencer para vengar a los caídos y castigar a los vencidos. La cultura de guerra se agigantaba, lo envolvía todo y ayudaba a aceptar de forma fatalista la ruptura de las bridas civilizatorias, trascendiendo el ámbito de los actores más activos en el conflicto (militares y paramilitares, fuerzas políticas, etcétera), en un ambiente generalizado de belicismo social y militarismo popular.

Cuando Franco ganó ya no eran necesarios ni los lenguajes exterministas ni los ardores guerreros amenazantes y aterradores.
Pero era ineludible justificarse, más aún cuando el dictador prolongaba en tiempos de paz su proyecto represivo y de limpieza política. En el contexto cambiante de la dictadura, el belicismo popular de los vencedores también tenía que evolucionar. La cultura de guerra atravesó el franquismo conformando un ethos colectivo que exculpaba a los golpistas del 36. Sus ecos no dejaron de oírse en boca de los mandatarios franquistas hasta 1975, incluso cuando se olvidó el mito de la Cruzada y se propagó como un mantra un nuevo mito menos estomagante, el de la «guerra entre hermanos». La noción de «guerra fratricida», sin perder mucho matiz, también se iría transformando para ayudar a crear la narrativa postheroica actual, la que apuntala las actitudes más ignorantes y displicentes: todos los de entonces, los azules y los rojos, fueron igual de apasionados e igual de violentos (ninguno era «demócrata», o lo que es lo mismo: ninguno merece nuestra atención).

Después de la muerte de Franco, aunque la transición a la democracia transcurriera apelando a valores propios de una «cultura de paz», o al menos contrarios a los que glorificaban el enfrentamiento violento, lo que quedaba de aquel viejo militarismo social de los sublevados y los vencedores no dejó de determinar las políticas hacia el pasado. Pero la atmósfera de una cultura de paz que se precie de serlo, antes de que ayude a transitar con paso seguro el camino de la reconciliación, debe quedar limpia del aire viciado que enturbia y envenena la memoria de los vencidos. Y no fue eso lo que se hizo durante la Transición. Por esa razón seguimos lamentando que una cultura de guerra desenlazada allá por 1936, a consecuencia de una sangrienta insurrección militar, aún perviva y tenga cierto arraigo social e incluso algún tipo de asiento institucional.

La hostilidad que a veces se despliega en este país contra el movimiento social «pro recuperación de la memoria histórica» parece una disputa política, una polémica más. También parece un debate entre historiografía y memoria, al que se han añadido pseudohistoriadores con ganas de gresca. Y sobre todo parece una «guerra de memorias» que, aunque preocupe por su virulencia, a fin de cuentas se libra de forma incruenta, democrática y civilizada. Está claro que es todo eso que parece ser, pero no por ello deja de ser algo mucho más profundo y mucho menos presentable: el eco tardío de una vieja cultura de guerra, el inaceptable legado de una recalcitrante crueldad.