Hacer, hacer un libro, un niño, una revolución, hacer sin más, es proyectarse en una situación por venir que se abre por todos los lados hacia lo desconocido, que no puede, pues, poseerse por adelantado con el pensamiento, pero que debe obligatoriamente suponerse como definido para lo que importa en cuanto a las decisiones actuales.

Un hacer lúcido es el que no se aliena en la imagen ya adquirida de esa
situación por venir, que la modifica a medida que adelanta, que no
confunde intención y realidad, deseable y probable, que no se pierde en
conjeturas y especulaciones sobre aspectos del futuro que no afectan a
lo que está por hacerse ahora o sobre los que nada puede hacerse; pero
que tampoco renuncia a esta imagen, pues entonces no solo «no sabe
adónde va», sino que no sabe siquiera adónde quiere ir (por eso la divisa
de todo reformismo, «la finalidad no es nada, el movimiento lo es todo», es
absurda: todo movimiento es movimiento hacia; otra cosa es si, como no
hay finalidades preasignadas en la historia, todas las definiciones de la
finalidad se revelan sucesivamente provisionales).


Texto tomado del libro de Cornelius Castoriadis «La Institución imaginaria de la sociedad». Tusquets, Barcelona 2013.