
Presencias y silencios . Ya desde Freud los psicoanalistas sabemos que el psicoanálisis suscita resistencias. Sabemos además que cada país contiene en sus tramas históricas y culturales el germen que permitirá o no fecundar la llegada de un pensamiento nuevo como lo fue en su momento el psicoanálisis.
Nos hemos propuesto rastrear y subrayar aquellos acontecimientos que, a nuestro parecer, contienen algunas de las claves para entender la situación actual del psicoanálisis en España.
La guerra civil española fue la catástrofe que produjo marcas determinantes en la sociedad y que marcó también al psicoanálisis, cuya implantación en España se había iniciado durante la República.
Tras la guerra reinó el silencio. Ese trágico manto de silencio fue el precio a pagar por sobrevivir en medio de la barbarie. Ese duro silencio impregnó la vida cultural y social española e impidió la práctica y la difusión del psicoanálisis, retrasando su recorrido en 40 años.
Habrá que recordar a este respecto que no fue ajena a ello la influencia de la iglesia, a la que la dictadura confirió el poder de imponer la férrea moral católica como la única y verdadera. Así pues la salud, la educación, la familia, la ciencia y el arte debían regirse por sus postulados.
Nuestra hipótesis es que dicho silencio, que se impuso como seña de identidad en un tiempo de horror, de algún modo perdura y produce síntomas en las entrañas de nuestra trama social, así como en la transmisión del psicoanálisis.
Los orígenes: antes del 36 . En el mismo año en que se publica en Viena el Mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos de Breuer y Freud (Enero de 1893) aparece publicada su traducción al español en “La Gaceta Médica de Granada” y en la “Revista de Ciencias Médicas de Barcelona”. A partir de 1920 la obra de Freud adquirirá mayor presencia en España.
En 1922 comienzan a publicarse las Obras Completas de Freud, editadas por Biblioteca Nueva, en la traducción de López Ballesteros, con prólogo de Ortega y Gasset, su impulsor, empeñado en modernizar el pensamiento y la cultura españoles. Hay que resaltar que la española fue la primera traducción completa de las obras de Freud.
Desde que comenzó la publicación de la obra de Freud hasta el inicio de la guerra, el psicoanálisis gozó en España de una cierta difusión en los medios profesionales, intelectuales y culturales, gracias al discurso progresista y al deseo de incorporar nuevas ideas para regenerar y dinamizar la cultura y la sociedad españolas.
Durante la República, las ideas psicoanalíticas estuvieron presentes en debates parlamentarios como el de la Ley del Divorcio del 2 de marzo de 1932, y se fueron introduciendo en los manuales de psiquiatría, aunque sin alcanzar gran reconocimiento, pero contando con cierto respeto científico y moral, como lo muestra la reseña de la revista semanal La Medicina Ibera que en 1936 recogía, entre otras, la noticia del homenaje internacional a Freud.
Sin embargo, las teorías freudianas chocaron, como en el resto de Europa, – debido a la importancia dada a la sexualidad en la etiología de las neurosis -, con las ideas conservadoras de la época y especialmente con la ortodoxia católica española.
Ángel Garma, (1904-1993) que realizó su formación en Berlín en los años 20 fue el primer analista freudiano que practicó el psicoanálisis en España. En la guerra civil se verá obligado a exiliarse en Buenos Aires y fundará junto a otros analistas la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Como él salieron de España, forzados por sus ideas políticas, o bien abandonaron la profesión, la mayoría de los psiquiatras seguidores de Freud. Esto tendrá consecuencias graves en los futuros derroteros que seguirá el psicoanálisis en España.
Guerra Civil . La guerra civil y posteriormente el régimen franquista, supondrán la práctica desaparición de las teorías freudianas del panorama científico y cultural español, instalándose el gran silencio, y no sólo para el psicoanálisis.
Poco antes, en Enero de 1936, Juan José López Ibor publicaba el ensayo Lo vivo y lo muerto del psicoanálisis que se reimprimiría en los ochenta, con pocos cambios, bajo el título de La agonía del psicoanálisis. Plantea en él que el psicoanálisis es un sistema completamente inadecuado para comprender a los seres humanos y apuesta por una psicoterapia de base antropológica. Ya Ramón Sarró, futuro líder de la psiquiatría en Cataluña, había expresado en los años 30 ideas semejantes, reconociendo a Freud como pionero, pero considerándolo a la vez obsoleto. Si en un principio se trataba únicamente de evitar las consecuencias terapéuticas del freudismo, más adelante cobraría fuerza el radical antagonismo religioso hacia el mismo. Cuando Franco llegó al poder, la psiquiatría ya estaba en manos de médicos que apoyaban al régimen y a su ideología. El antifreudismo marcará el discurso oficial de la psiquiatría franquista.
Posguerra . Antonio Vallejo Nájera, psiquiatra militar del régimen, escribió en 1941: “¿No se ha percatado el Director de la Escuela Nacional de Anormales de que “la psicoanálisis” es una doctrina judaica, inmoral, derrotista, antipatriótica y marxista? Y, si lo sabe (porque otros conmigo lo hemos repetido muchas veces, antes y después del Glorioso Movimiento Nacional), ¿es que persiste en sus propósitos de infiltrar a nuestras juventudes el morbo de las doctrinas amorales y acatólicas? ¿Puede permitir la Patria que quien profesa como artículo de fe la doctrina del judío vienés, se encargue de la dirección de niños, aunque éstos sean anormales?”.
Así como la psiquiatría del régimen se inclina hacia los tratamientos puramente biológicos excluyendo la psicoterapia, la concepción de la higiene mental imperante por entonces sostiene los valores católicos del momento: “Enseñar al paciente a cómo ser sano”.
En la España franquista, la Ley de Vagos y Maleantes de 1954 incluye por primera vez a homosexuales y desviados sexuales. El comandante Antonio Vallejo Nájera, jefe de los servicios médico-militares y Juan José López Ibor, llevan a cabo sucesivas investigaciones con el fin de examinar las raíces psicofísicas del marxismo, para descubrir el famoso “gen rojo”.
En 1948 aparece una nueva edición de las Obras Completas de Freud, pero el artículo Moisés y el monoteísmo queda censurado. José Germain, para salvar la censura, plantea en el prefacio que es importante conocer las ideas de Freud, porque no son incompatibles con los valores católicos, pero que hay que distinguirlas de su aplicación práctica. La condición de su publicación refuerza nuestra primera hipótesis; en este relato histórico reaparece el síntoma de un psicoanálisis silenciado, camuflado, como condición para su supervivencia.
En la década de los 50 surge de nuevo el interés por el psicoanálisis gracias a algunos psiquiatras seguidores de Garma, que tuvieron que enfrentarse al Opus Dei que consideraba a Freud un genio satánico, y judeo-masónicos a sus seguidores. Como Garma en su momento, algunos de estos psicoanalistas marcharon a Berlín para continuar su formación.
La llegada de Margarette Steinbach en 1951, supuso el inicio de un grupo de psicoanalistas que se psicoanalizaron con ella y que seguirían después caminos diversos para continuar su formación: unos en París y otros en Suiza, EE.UU, Buenos Aires y Londres.
Cierta presencia del psicoanálisis fue tolerada por el régimen gracias al carácter silencioso con que se practicaba y al ámbito cerrado en que se desarrollaba. En 1959 nacería en Barcelona la primera asociación española de psicoanálisis: La Sociedad Luso Española, que fue reconocida por la IPA (International Psychanalytic Association) y por el gobierno español. Sin embargo, la escasez de publicaciones por parte de los analistas y su obligado encierro, en un intento de velar por la supervivencia de su institución, impedían la transmisión de su pensamiento, limitando así su visibilidad en la sociedad española del momento. Tómese como ejemplo el escasísimo crecimiento de la Sociedad Luso-Española, cuyo número de afiliados pasó de 13 a sólo 20 miembros entre 1959 y 1975.
La transición . En el trascurso de los 70 renació en España el interés hacia el psicoanálisis, especialmente en cuanto a las traducciones de textos psicoanalíticos, y Freud ocupó un lugar nada insignificante en las revistas culturales, coincidiendo con el auge de la antipsiquiatría.
En 1972 aparece una nueva edición de las obras de Freud, y esta vez ya sin censura eclesiástica: incluye el artículo Moisés y el monoteísmo. Entre 1971 y el 1974 se crean las asociaciones psicoanalíticas de Barcelona y Madrid.
Jacques Lacan, que ya en 1958 había pronunciado una conferencia en Barcelona, en el marco psiquiátrico, es invitado de nuevo en 1972, sin que en ninguna de las dos ocasiones su presencia despertara más que un interés puramente minoritario.
La apertura y la recuperación de las libertades condujo a la búsqueda de fuentes nuevas; mucha gente joven escogía el psicoanálisis y se psicoanalizaba con frescura, curiosidad y empuje. La mayoría de ellos eran jóvenes cuyos padres habían vivido la guerra civil y que llevaban en su historia generacional muertes, dolor y silencio.
Sin lugar a dudas fue en la transición donde se produjo un tiempo nuevo para el psicoanálisis freudiano-lacaniano en España. Sostenemos la hipótesis de que esto se debió al encuentro de españoles deseosos de cambios, que salían de una dictadura, con un grupo numeroso de psicoanalistas latinoamericanos que se estaban instalando en España, huyendo de otra dictadura.
Hubo numerosos seminarios coordinados por analistas latinoamericanos exiliados cercanos a la IPA –y que más tarde se incorporarían a ella-, y también creció el número de grupos y asociaciones de orientación lacaniana integrados no sólo por latinoamericanos, sino también por españoles que se habían formado en Europa y por franceses que viajaban a España periódicamente y mantenían aquí seminarios y análisis. La llegada de Oscar Massota (1977) resultó una verdadera novedad en el panorama psicoanalítico español. Massotta fundó en Barcelona La Biblioteca Freudiana e impartió Seminarios en Barcelona, Madrid y Vigo.
A mediados de los 80 se ampliaron y reorganizaron las asociaciones pertenecientes a la IPA con la incorporación de numerosos analistas, al tiempo que varios grupos lacanianos se incorporaron al Campo Freudiano tras la visita de Jacques-Alain Miller. De esta manera, el panorama psicoanalítico español quedó constituido por dos grandes bloques: la IPA y el Campo Freudiano, junto a una serie de pequeños grupos que mantuvieron sus actividades de formación, o que se reunieron para organizar, durante largo tiempo, jornadas de trabajo anuales.
En esta proliferación de pequeños grupos cabe ver la impronta de la presencia del psicoanálisis lacaniano en España. Si los psicoanalistas franceses trajeron consigo aires nuevos y una forma de leer a Lacan sustentada en la clínica, que aportó grandes cambios en cuanto a la concepción de la cura, traían también consigo la herencia del duelo no realizado por la disolución, por parte de Lacan, de l’École Freudienne de Paris. Las consecuencias de este duelo, manifestadas en forma de diferencias irreconciliables y divisiones, fomentaron la atomización y aislamiento también entre los grupos españoles.
Dentro de la difusión del pensamiento más teórico de Lacan encontramos, en esos años, a filósofos o epistemólogos interesados en él, así como publicaciones diversas.
Parecería que el silencio hubiera llegado su fin; sin embargo no fue así. Los jóvenes españoles deseaban dejar atrás el tiempo oscuro de la posguerra, del mismo modo que los argentinos se encontraban devastados por los padecimientos sufridos, con duelos de difícil atravesamiento. Este deseo de olvido, legítimo en ambos casos, encubre silencios que, quizá algunos al no haber sido trabajados y elaborados por los analistas en sus propios análisis, se han transmitido a las siguientes generaciones de analistas como aquellas zonas intocadas y renegadas que son coincidentes con algunos acontecimientos sociales. Es preciso recordar que hay algo de lo vivido que sigue en las cunetas de España y en el inconsciente de muchos hijos y nietos.
Testimonio elocuente de ello son esos muertos aún no identificados y esos niños robados o desaparecidos. Si bien hay una nueva ley de memoria histórica que exige el levantamiento de las tumbas, quienes trabajan para aplicarla se ven confrontados con todo tipo de obstáculos en su tarea. Recordemos aquí las vicisitudes de un conocido juez cuyo intento de aclarar y condenar la actuación del régimen franquista, acabó siendo el detonante de su propio procesamiento.
Junto a las dificultades y los duelos no resueltos de los propios psicoanalistas, que obstaculizan la transmisión del psicoanálisis encontramos otras resistencias, por ejemplo, las provenientes del campo de la enseñanza: con pequeñas excepciones, las universidades españolas han dado sistemáticamente la espalda al psicoanálisis, y lo mismo ha ocurrido en los programas educativos de la escuela y bachillerato en que únicamente aparece como parte de la asignatura de filosofía.
También la intelectualidad da la espalda, no ya al conocimiento que aportaron estos dos grandes maestros, Freud y Lacan, – algunos incluso se han servido de ellos con lecturas poco rigurosas -, sino a la práctica analítica, soslayando de dónde proviene dicho saber y lo que lo funda: la práctica clínica.
Aun y con muchos factores en contra de esta práctica, existen grupos, instituciones, y múltiples actividades. Sin embargo la prensa raras veces registra estos acontecimientos. La indiferencia es un arma muy potente que, en este caso, entendemos proviene de los efectos que los silencios anteriormente señalados han tenido para todos en nuestro país.
Si históricamente el sistema público de salud promovía la terapia de orientación conductista, en contraposición a la orientación analítica, en 1995 se dio otro paso para silenciar, esta vez de manera explícita, al psicoanálisis, con la publicación de un Real Decreto 63/1995, del 20 de Enero, que regula la asistencia en Salud Mental dentro del Sistema Nacional Sanitario, B.O.E. nº 35, 10/2/95, donde se explicita la exclusión del psicoanálisis, junto a la hipnosis, de la cartera de servicios del sistema público lo que, sin embargo, no ha impedido la presencia de muchos profesionales con formación analítica en la Salud Mental, generalmente muy comprometidos con la clínica y la formación de los jóvenes lo que ha contribuido en gran medida a que el psicoanálisis no quedara relegado únicamente a las consultas privadas al alcance sólo de unos pocos. Sin embargo, esta exclusión explícita implica, para los analistas incluidos en el sistema público de salud, el riesgo de desnaturalización de la práctica, en un fácil deslizamiento hacia la psicoterapia del yo.

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(Este texto procede del portal Diván el Terrible, que a su vez lo extracta del Manifiesto por el Psicoanálisis).
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