Gladys Martínez López

Diagonal

Tras varias jornadas de protestas populares, que estallaron a raíz de las denuncias de fraude en las elecciones presidenciales del 12 de junio y que se desarrollaron principalmente en Teherán y otras grandes ciudades, la calma regresa a Irán, aunque el 1 de julio, en su último comunicado, el líder opositor, Mir-Husein Musavi, declaró que no reconocería un Gobierno de Ahmadineyad. Mientras, algunos ayatolás piden un castigo ejemplar para los organizadores de las protestas.

La crisis estalló cuando el resultado oficial de las elecciones dio como vencedor al ya presidente, Mahmud Ahmadineyad, con un 63% de los votos, resultado que fue denunciado por Musavi, que obtuvo oficialmente un 34%, y por los otros dos candidatos, tras lo cual, miles de personas se echaron a las calles pidiendo la repetición de los comicios. Aunque los principales expertos en el tema no se ponen de acuerdo sobre si hubo un fraude masivo o bien irregularidades más o menos importantes pero que no afectarían al resultado, esta crisis ha dejado al descubierto luchas por el poder y un descontento popular latente. Según Iñaqui Gutiérrez de Terán, profesor del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la UAM, “existe una lucha de poder y una disputa dentro del sistema de dos visiones enfrentadas. Una visión que propugna un rigorismo y una especie de cruzada contra la corrupción y una propulsión de la imagen de Irán en el exterior basada en un aspecto revolucionario, enfrentada a una visión de ciertos grupos dentro del sistema que abogan por una mayor moderación en política exterior y por aligerar un poco la presión sobre las costumbres sociales, el papel de la mujer y los ritos de castidad y pureza, acentuados con el Gobierno de Ahmadineyad”. Frente al sector duro del presidente, apoyado por el líder supremo de la revolución, Ali Jamenei; el del moderado Musavi, otro hombre del régimen, primer ministro entre 1981 y 1989 bajo la presidencia de Jamenei y responsable de la persecución y matanza de miles de opositores, pero en quien una parte de la población ha puesto sus esperanzas de reforma. La fuerza de Musavi, respaldado también por el reformista Jatamí, se debe, en gran parte, al apoyo de Rafsanyani, ex presidente, uno de los hombres más poderosos y corruptos del país y enfrentado a Ahmadineyad, contra quien perdió las elecciones en 2005.

Movilizaciones reprimidas

En este contexto estallan las movilizaciones, “una revuelta representada ante todo por grupos urbanos de clase media, que piden una solución concreta a los problemas económicos, pues Irán está sufriendo una crisis económica brutal. Y también están diciendo que están hartos del sistema represivo de la Revolución Islámica, la represión social y moral, el control de los medios de comunicación, el control de internet…”, explica Gutiérrez de Terán. Además, a esto se han sumado grupos que “no tienen ningún apego a la Revolución Islámica y quieren un cambio”, desde defensores de un Estado laico hasta partidarios del regreso del sha. La dura represión de estas revueltas por las fuerzas de seguridad y las milicias Basij ha provocado al menos 21 muertos, cientos de detenidos, entre ellos decenas de periodistas, y un mayor control de la información. Por otro lado, el Gobierno iraní ha acusado a Francia, Alemania y Gran Bretaña de injerencia y ha anunciado que juzgará a varios empleados de la embajada británica por promover las protestas, que, mantiene, han sido financiadas por la CIA. No en vano, en 2008 el Congreso de EE UU aprobó una partida de 400 millones de dólares para promover acciones secretas y derrocar al Gobierno. Sin embargo, según la profesora iraní Nazanín Amirian, ésta no ha sido una revolución de colores financiada por EE UU, sino un movimiento espontáneo contra la represión social y la crisis. “A Obama le interesaba este movimiento, pero no ahora. No le interesa un Irán convulso cuando quiere salir de Iraq, tiene problemas en Afganistán y Pakistán y la crisis económica”, dice Amirian, aunque reconoce que “las fuerzas extranjeras quieren pescar en las aguas revueltas”.

Y ha habido, según Gutiérrez de Terán, “un interés de ciertas potencias occidentales por crear una tensión, pues esto puede justificar más presiones sobre el expediente nuclear y la política exterior de Irán”. Queda por ver si, tras la toma de posesión de Ahmadineyad (a partir del 26 de julio), firmarán la paz los dos sectores del régimen o si, en cualquier caso, rebrotarán las protestas.