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REFLEXIÓN DE ISIDORO VALCÁRCEL MEDINA, ARTISTA

La concesión, cuando menos inesperada, del Premio Nacional de las Artes 2007 a Isidoro Valcárcel Medina, puso en primer plano, por un breve lapso de tiempo, la figura de este artista. Sin embargo, su obra, su hacer, sigue siendo desconocido para la mayoría del público. El autor ha escrito para DIAGONAL esta página. Precisamente, la diagonal sirve al artista como punto de partida para reflexionar sobre la naturaleza del arte y su lugar en nuestra cultura.

De un ideario más o menos orientalista saco este esquema de aspiraciones universalistas: “Los ojos, en horizontal; la nariz, en vertical”, o también: “La nariz, en vertical; la boca, en horizontal”; argumento al que me atrevo a añadir este remate: “El arte, en diagonal”, asimismo con un afán conclusivo. Lo que pasa es que la diagonal requiere una figura cerrada y, a lo que parece, ni lo horizontal ni lo vertical cuentan con punto dado en el que se crucen para formar ángulo, ni en nuestro ejemplo, aunque hipotéticamente se interfieran en el entrecejo, contarían con la intersección opuesta a la que dirigir esa diagonal ideal (entiéndase: ese arte ideal).

De modo que me veo obligado a calificar al arte como antiortogonal a secas. Después de todo, no hay diagonal que no vaya contracorriente, que no se oponga a la ortogonalidad…, ni hay arte que no sea transversal, que no reniegue de todo lo ‘orto’, que, en suma, no eche por la calle de en medio.

Y es escribiendo esta última locución cuando me acuerdo de que los maestros zen hablan del camino de en medio como la ruta preferible. Formulan un enunciado parejo, pero más ambicioso: “Los ojos son la anchura, la nariz es la largura” y aquí me pide el cuerpo concluir que “el arte es la hondura”. De modo que, razonando sobre la condición de lo diagonal, es fácil meterse en el terreno de lo creativo.

Para empezar, aclaremos que la plomada y el nivel, elementos protagonistas de los asertos hasta el momento planteados como tales, no cuentan con más virtualidad que la que le concede nuestra comodidad y, ¡ay!, nuestra seguridad (en el peor uso de la palabra). Además, afortunadamente, no existe la herramienta, el útil, el instrumento que nos marque grados en lo antiortogonal, que ya sabemos que es el arte, por lo que éste cuenta con el más holgado de los campos.

La profundidad en el arte

Ahora, la gran cuestión: ¿por qué, entonces, el arte -sobre todo el nuestro de ahora, que es el que nos compete- se empecina en renunciar a esa holgura y no anhela más que encorsetarse entre las coordenadas al uso (léase cualquier forma de presión)? Para encajar en la vertical o en la horizontal no hace falta un pensamiento en exceso elaborado. Sin embargo, para elegir cuál de las diagonales adoptamos, se precisa un subido grado de consciencia, una sobrada dosis de responsabilidad. Al arte de hoy -nos basta con seguir los pasos de la gran mayoría de sus practicantes- le interesa sobre todo el escalafón. Pero no es de este arte oficial u oficioso, institucional o jerárquico, dócilmente informal o astutamente contestatario, ocioso y entretenido, global y boyante, calcado y registrado… borreguil, en una palabra, del que debemos ocuparnos, creo. Sino del arte que se rige por la hondura antes que por la anchura o la largura; el que ejerce la función creativa, claro, pero fundamentalmente, dadas las circunstancias, desveladora de una realidad soterrada y asimilada. Un ejemplo: los pasos de cebra de nuestras calles, aunque se trazan para facilitar el paso de los caminantes, se distinguen por unas líneas que indican la ruta a los vehículos y no a los que andan. El arte que precisamos es el que se haga cargo de estos sinsentidos y, para eso es creación, los afronte con ideas y con maneras originales y no solamente reiterativas, como viene a ser.

Una misión primordial para nuestra sociedad es aclarar, desnudar qué es lo que pasa, y concretando el papel de los artistas, mostrar que nos damos cuenta -en principio eso- de la trama merced a la cual lo que pasa pasa. Otro ejemplo: tengo oído que no sé qué ciudad española va a ceder unos cuantos metros de muro para que los graffiteros se expresen; pues esas son, precisamente, las paredes que hay que dejar impolutas… O, mejor aún, son las que deberían ilustrar los ilustres pintores de la cosa cultural. Si una ‘firma’ accediera a decorar esos lienzos (encima, podrían jugar con la trascendencia que en estos grafismos mantiene la firma), yo me inclinaría ante su empeño, cosa que en modo alguno me merece su manido arte reglamentista.


Acción y creatividad

Desde esta perspectiva, la trascendencia de un autor no se calibra por la calidad posible -e incluso probable y desde luego deseable- de su obra dentro del baremo prefabricado para tal tipo de obras, sino por la ubicación de su trabajo en el ámbito social y, para el caso, en la red cultural. Es evidente que esta argumentación habla de una responsabilidad que no se halla en los índices de materias que el mundo artístico impone a los autores, pero también está claro que el cometido de los artistas de esta clase va más allá -e incluso avanza por distinta senda- de lo que se reduce a la estética, al mercado y al prestigio (mal entendido este último).

Como si habláramos de los antaño ‘artistas del régimen’, ¿en qué distinguiríamos a los actuales correveidiles, sabios conocedores de lo que se debe y transmisores puntuales de lo que se lleva, a más de reproductores monocordes de lo que se vende? Ninguno de estos individuos es el que está generando estas líneas, a pesar de que sea su omnipresencia y exclusividad la razón que las provoca.

Aunque, felizmente, la palabra exclusividad parece excesiva, ya que excepciones las hay. Un ejemplo más (no se ignore que el arte es sólo un ejemplo): si bien desconozco su identidad, creo que anda por ahí un pintor que se dedica a marcar con colores los pegotes de chicle pegados en las aceras de no sé dónde. Otra vez la calle, como veis; el lugar del tránsito y de la disponibilidad. El espacio público, pero no como lo quieren los ayuntamientos y los festivales, sino como auténticamente es: el vacío para la acción, el silencio para la voz.

Y es que el conflicto entre la penuria y la abundancia, entre la escasez y el derroche se da hoy en nuestro medio.
En la contemporaneidad invernal madrileña hablaremos de dilucidar dónde reside el mayor bochorno cultural, si en la aparición de Caixafórum o en la desaparición de El Ojo Atómico. El dispendio en lo grandioso se contrapone a la racanería en lo discreto, como reductos extremos de las albricias y las condolencias, unidos por la diagonal de nuestra pretendida inquietud, tan superficial y pasajera.
Pero por suerte, toda diagonal es reversible: también nos es dado alentar las albricias porque haya existido El Ojo Atómico… y repartir las condolencias porque hayamos de soportar el Caixafórum. Fallece el comedido para que nazca en seguida el procaz. Y embadurnándolo todo, llega la torpe y malintencionada gestión de los que manejan el cotarro, sin duda en cumplimiento de su natural misión y en pos de su interesado propósito. Aquí, lo que nos preocupa no es, sin embargo, ese comportamiento funcionarial, sino la servil aquiescencia de los que se benefician de ello, haciendo dejación de su compromiso básico. Y en este sentido, compromiso quiere decir posición de partida, no de recorrido. El arte implicado en la creatividad no es el que se practica con una orientación ética o social, digamos (en cuyo caso sería ésta subsidiaria de la expresión creativa), sino que más bien es lo contrario: el cometido ético, social y profesional, si queréis, se ejerce artísticamente.

Resumiendo: no es el compromiso -cuestión previa- el que se debe añadir casi como un adorno al arte, sino que es el modo artístico el que debería sumarse a la obligación del compromiso. Todo lo cual equivaldría a repetir una vez más que la creatividad reside, antes que nada, en la acción consciente y responsable.