
HACE unos 400 millones de años las plantas inventaron la lignina y cambiaron el clima de la Tierra. Durante 100 millones de años no hubo enzimas eficientes capaces de degradarla, con lo que se retiró de la atmósfera una gran cantidad de CO2. Las temperaturas, poco a poco y durante millones de años, bajaron quizá más de cinco grados. El conjunto de todo un reino, el de las plantas, provocó un cambio climático a escala planetaria. Desde el punto de vista de la biosfera, una sola especie, que se autodenomina «sapiens», está cambiando el clima del planeta entero (podríamos subir la temperatura más de cinco grados en un siglo).
Nuestra arrogancia es enorme, pero nuestra irresponsabilidad lo es aún más. Somos arrogantes porque nos creemos con el derecho a modificar un planeta entero a nuestro antojo, cuando desde una perspectiva temporal amplia no somos más que un suspiro en la historia de la vida. Y somos irresponsables porque cambiamos el clima de la Tierra sin saber cuánto lo vamos a hacer y cuáles son sus efectos sobre la propia vida y sobre nosotros mismos. Tan sólo tenemos poco más que intuiciones.
Los científicos creemos que el cambio climático será una causa más de pérdida de especies vivas. Esta única razón debería ser suficiente para que la Humanidad diera un vuelco a sus acciones. Pero quizás en el mundo real en el que vivimos a muchas personas esta razón les parezca insuficiente; pensemos entonces en lo que nos vamos a hacer a nosotros mismos si seguimos cambiando el clima. Por poner un ejemplo, si se inundara un 17% de Bangladesh por la crecida del nivel del mar, tendríamos millones de inmigrantes potenciales, desplazados por una causa que ellos no han provocado (el 80% de las emisiones acumuladas de CO2 se deben al 20% de la población rica). Es posible que tampoco nos importen los pobres, pero sí nos importará el problema de la inmigración, ¿verdad?
¿Y qué pasará con España? Los modelos climáticos no son muy buenos a escala tan pequeña, pero lo que se espera es que tengamos más problemas con el agua y la erosión que de costumbre. El problema es muy serio, así que busquemos culpables:
1. Bush y el Gobierno norteamericano. Es el más fácil a la hora de echar la culpa por dos simples razones: no quieren ratificar Kioto y son responsables de la cuarta parte de las emisiones de gases que cambian el clima.
2. Nuestro Gobierno y la mayoría de los gobiernos: por no ponerse de acuerdo con Kioto y porque las emisiones aumentan en casi todos los países.
3. La sociedad en su conjunto: y es que no sólo se supone que elegimos a nuestros gobiernos, es que construimos entre todos la estructura económica que hace que dependamos del consumo de productos contaminantes.
4. Usted también, lector, y yo: por no cambiar todo lo que podríamos nuestros malos hábitos de consumo derrochador y contaminante, y por no presionar más a nuestros representantes.
Con o sin Kioto, el cambio climático se producirá. Kioto no es suficiente. Los científicos decimos que, si no queremos cambiar más aún el clima, deberíamos reducir en más de la mitad nuestras emisiones globales. Lo sostenible y equitativo sería que cada español redujera un ¡70%! sus emisiones (sostenible en el sentido de no cambiar el clima, equitativo en el sentido de que cada ciudadano del mundo tenga derecho a emitir lo mismo). Entre 1990 y 1999 hemos aumentado nuestras emi- siones el 23,4% según nuestro propio gobierno (según otros, el 30% en el año 2000).
En los medios de comunicación aparecen nuestros gobernantes expresando su intención de ratificar los acuerdos de Kioto. Si lo hacemos, nos comprometeremos a que para el periodo 2008-2012 nuestras emisiones serán ?sólo? un 15% superiores a las de 1990. Así que nos hemos pasado de largo. El Gobierno hizo un plan en 1997, antes de ir a Kioto, en el que proyectaba un incremento para 2000 del 13% al 15%. Mal análisis y pésima tendencia.
Y seguimos sin un plan para conseguir el ?milagro? de reducir las emisiones. Digo milagro, porque las tendencias son contrarias en este momento: en el último plan energético proyectamos que nuestra demanda de electricidad creciera un 3.7% cada año, y el año pasado se vendieron más de 1.400.000 coches (el parque de vehículos se incrementó el 47% entre 1990 y el año 2000). Los sectores energético y de transportes son los que se llevan el trozo grande del pastel de las emisiones.
Ratificaremos Kioto, un tratado nimio para las necesidades reales del mundo, y no lo cumpliremos, salvo un cambio de política radical. Me pregunto entonces por qué nuestro Gobierno aparece en los medios presionando al resto de países de la UE para que ratifiquen un acuerdo que nosotros llevamos en dirección contraria a la de su cumplimiento. Se me ocurren varias posibilidades:
.1 Van a hacer ministro de Medio Ambiente a un miembro de Greenpeace y le darán carta blanca
2. No cumpliremos Kioto, pero las medidas contra los que incumplan serán débiles o inexistentes, o bien el ?marrón? les caerá a otros (el Gobierno actual no aspira a estar en esas fechas en el poder), o tendremos suerte y el mundo no ratificará Kioto y, por lo tanto, no pasará nada; diremos: «Nosotros lo intentamos, pero?».
Pero sí pasarán cosas, pasará que nuestros nietos vivirán en un mundo con más catástrofes «naturales», pasará que millones de pobres se convertirán en inmigrantes ecológicos, pasará que perderemos muchas especies únicas, para siempre. Y como no controlamos aún mucho las reglas de este juego, podríamos tener cosas quizás no tan malas o quizás aún mucho peores.
Kioto no es un juego; el cambio climático, menos.