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TODAVÍA bajo los efectos de la tregua de ETA, ha pasado desapercibida la muerte de otro preso, esta vez en la prisión de Zuera; casi al mismo tiempo, se anunciaba la construcción de una nueva cárcel y el cierre del actual centro penitenciario de Langraiz, que no ha dejado de dar alarmantes noticias en los últimos tiempos. Ahora que se empieza a interiorizar que «el derecho de las víctimas no se repara con venganza ni creando nuevas víctimas» (Xabier Pikaza), las cárceles nos demandan su atención.

DIARIO DE NOTICIAS DE ALAVA (GABRIEL MARIA OTALORA).- La lucha contra el delito viene de lejos, sin que se pueda afirmar que haya una delincuencia única ante un fenómeno complicado y heterogéneo. Ya los atenienses de la Grecia clásica abordaron el problema de la delincuencia y el castigo que se debía aplicar desde la armonía vital que tanto buscaron. Muchos siglos después (finales del siglo XIX) se planteaba al delincuente como un ser anormal catalogado como una patología.

Con las teorías de Charles Darwin, las explicaciones de la conducta a partir de los factores de nacimiento adquirieron gran relevancia en la búsqueda de leyes biológicas generales a las que pudiera estar sometido el comportamiento humano. Biología y psicología relacionaron determinados delitos con ciertos tipos de personalidad. Qué decir desde las teorías de Freud y el sentimiento de culpa como causa del delito.

Todavía a finales del siglo XX, Goffman empleaba el término «Instituciones totales» para referirse a aquellas que tienen efectos afectivos, psíquicos y sociales devastadores para sus moradores: campos de concentración, internados y prisiones, entre otras.

Qué decir de los avances del siglo XX y la constatación del binomio drogas-delincuencia. Hoy, el patrón del delincuente nato convive con las teorías que postulan la conducta desviada como algo que se aprende. Hay más movimientos y tendencias, pero lo que está claro es que la visión del delincuente ha cambiado a lo largo de la historia, de la misma manera que lo han hecho las interpretaciones científicas del delito dependiendo del momento social y el ángulo del análisis. No estamos, por tanto, ante un criterio estático ni simplista el que puede derivarse de este complejo fenómeno.

Lo cierto es que la cárcel real y la legal no tienen mucho en común. Claro que ha cambiado la visión intelectual del modelo de control con un castigo ajustado a la ley y proporcional al daño. Pero las penas alternativas a la prisión son escasas frente a la medida legal por excelencia, con una gran parte de la sociedad que entiende la cárcel, cuando le preguntan, como encierro, castigo, marginación, condiciones inhumanas… Xabier Pikaza se atreve a afirmar que vamos hacia un sistema de vigilancia carcelaria universal y pactada entre los Estados y el Sistema.

Los actuales objetivos legales de reinserción están eclipsados por las prácticas mayoritarias de vigilancia, mientras que el tratamiento del recluso queda en un escalón muy marginal. Los presos se encuentran en situación de especial vulnerabilidad en sus derechos a la integridad física y moral junto al hecho vergonzoso de que las cárceles están llenas de pobres y enfermos.

No llaman la atención las cárceles modernas donde impera la soledad ni las cárceles en las que viven el doble de reclusos de los que deberían; da igual que la masificación generalizada vaya en contra de todas las recomendaciones internacionales y de la propia Ley Penitenciaria. Pensemos en lo inconcebible de un hotel donde los clientes pernocten en habitaciones pensadas para dos, y sean alojados seis y siete personas por habitación.

Con todo, emerge un intento de rehabilitación sin medidas punitivas. Las medidas alternativas se abren paso como complemento de la reinserción de los penados, a menudo con patologías que van más allá de un delito. Hay muchos estudios sobre los diferentes tipos de programas que tienen eficacia en el tratamiento reinsertador; medidas conductuales y cognitivo-conductuales de imposible implantación bajo el esquema actual de encarcelamiento. Las comunidades terapéuticas propician, a su vez, otro tipo de ambiente con cuidados médicos, psicológicos y educativos mediante un control de comportamiento de los sujetos que nada tienen que ver con el día a día de la prisión.

Hoy existe la cultura de la dignidad humana, y se sabe las cosas que funcionan porque existen porcentajes y estudios sobre posibilidades de recuperación de delincuentes, naturalmente en contextos adecuados para ello. Por ello, el modelo imperante actual es aún más denunciable, si cabe.

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