
Situada en la alegre y recoleta “Plaza del recreo” (“La plazuela”), era un gran caserón de piedra, que ocupaba casi toda la fachada de uno de los laterales de la plaza.
En la parte baja e izquierda, estaba EL CAFÉ y en un extremo del mismo se hallaba la barra-mostrador, la cual tenía detrás y metido en la pared un gran armario en el que se encontraban todos los licores y también copas, vasos, tazas etc., desprendiendo un olor agradable y característico al abrirlo, que aún hoy estoy percibiendo al recordarlo.
Detrás del mostrador mi abuelo o mi tía según terciase, una vez yo. En el otro extremo del café y cercana a la pared, una estufa de leña, que con un largo tubo, subía hasta el piso de arriba y al tejado, pero por cuyos huecos en el techo, escuchábamos los gritos y conversaciones de la gente que estaba en el café y que por ellos se colaban: Eran nuestra distracción al ir a dormir al piso de arriba.
La plazuela, o plaza del recreo, en estío
El café con sus mesas de madera, que en el buen tiempo se sacaban algunas a la plazuela, servía además de comedor para nosotros, de sitio de celebración en la fiesta del Cristo y de taller de costura para mi tía.
A la salida del café, había un gran espacio libre en el cual se hallaba la “fresquera”, el lugar más frío de la casa y donde mi tía guardaba los alimentos y donde mi abuelo ponía a su lado un “pellejo de vino”, para sacar jarras de él y que luego vendía vaso a vaso en el bar. Aquí estaba también EL POZO, orgullo de la casa, pues daba permanentemente agua fresca, pero con la particularidad de que estaba totalmente sin sal, era sosa. Lo peor es que tenía varios metros de profundidad -mirando allí, yo imaginaba las profundidades del infierno, de tan oscuro y profundo que se veía- y para sacar el agua había que servirse de una polea, hasta que todo el mundo de la casa aprendió a sacar a mano un cubo lleno, con relativo esfuerzo y sin que se le cayera al pozo, cosa que sucedía en alguna ocasión. Yo tardé en hacerlo, pues aunque lanzaba bien el cubo al fondo, al llegar aquí se resistía a darse la vuelta y llenarse de agua. El pozo normalmente estaba tapado con una trapa de madera, pero a veces por la molestia de no levantarla, se quedaba abierto y en un par de ocasiones una de las cabras que teníamos saltó por allí y cayó dentro, claro que para estos casos, mi abuelo tenía una soga más fuerte, en cuyos extremos había unos ganchos y con su gran corpulencia y tal vez una pequeña ayuda, las cabras salieron de allí.
La casa posada-bar-carnicería del abuelo
Con el agua del pozo, llenábamos un balde, en el que se ponían las cervezas, gaseosas y licores a refrescar. Mi tía por su parte, en la lumbre de la cocina, preparaba un par de cafeteras de buen café portugués, que yo había ayudado a moler, en un molinillo atornillado a la mesa de la cocina, y con eso el servicio del café-bar era completo.
Al lado del pozo y en forma de empalizada, estaba la puerta que daba acceso al CORRAL, sitio al que los clientes acudían para evacuar sus líquidos. En su parte derecha estaba un techado, debajo del cual estaba la leña, el gallinero al que yo iba con mi tía a recoger los huevos frescos y un horno, aunque ya hacía años que no se utilizaba.
En la parte izquierda, había una serie de dependencias donde estaban la bodega-despensa, otro cuarto más y LA CUADRA, que con sus pesebres correspondientes, primero albergó un caballo, luego una mula y después al burro, que servía para el desplazamiento de mi abuelo, en busca de terneras por los pueblos colindantes. Como por todo el corral y en la misma cuadra, siempre abierta, entraban las gallinas y las cabras a descansar, si lo unimos a los pajarillos que venían a comer los desperdicios que se arrojaban, alguna mariposa, sapos que también había y las lombrices que allí yo sacaba escarbando con la azada, para ir a pescar y algún cordero o ternera, antes de que mi abuelo pusiera el cuchillo en sus gargantas, aquello más que un corral, parecía un zoológico.
Enfrente de la entrada de la cuadra, había un tejadillo, apoyado en la pared de una casa y que servía de enlace con los de otros corrales limítrofes. La pared tenía varios huecos. En uno de ellos, entraban y salían pájaros y ya se sabe de mi afición por ver un nido. Conseguí subirme a ese tejado y… efectivamente allí había un nido con varios huevos. ¡Qué alegría me dio! A los pocos días pude ver los pajarillos e incluso saqué uno, para acariciarlo. ¡Qué deleite tener un nido para mi solo y tan a mano!.Se lo enseñé a Nardo y ya no volvimos a subir más, para que crecieran libremente. (Ilusiones de un adolescente “de pueblo” que al fin se cumplían).
Saliendo del café en línea recta, se llegaba al vestíbulo de la casa, en el que estaba un largo MOSTRADOR cubierto de mosaico, en el que mi abuelo despachaba la carne colgada en unos ganchos junto al pozo o también colgada encima del mismo mostrador. En un extremo un gran tronco de madera para partirla y a su lado al filo de la escalera y colgados en un espacio hecho para ellos, estaba toda la gran variedad de cuchillos, que un carnicero puede necesitar.
En el buen tiempo, este mostrador nos servía de mesa de comedor. Y de este mostrador, a parte de ver desde muy temprano a mi abuelo cortar y despachar los trozos de carne, tengo dos anécdotas muy grabadas:
Mi abuelo era “el rey” de la casa y todos obedecíamos sin rechistar y a veces con cierto miedo, ya sea por su corpulencia o por su tono seco y autoritario, sin que esto signifique para nada, que no fuera buena persona y atento con nosotros, pero tenía “un toque de carácter” especial al menos para mí. Para las comidas -que ya no eran de labrador como las de Justel, pues aquí venía además de Julián “el arriero”, otro, “Ratón” o alguno de sus hijos, a los que se le podían comprar por ejemplo arroz u otros alimentos y además el hecho de tener suficiente carne, permitía alejarse un poco de patatas y legumbres- (Mi tía preparaba unos guisos de ternera, tan tierna, tan jugosa, tan bien guisada, con aquel pimentón… que jamás la he vuelto a probar así). Una hora antes, le pedía a mi tía que preparara el vino y ella lo juntaba en una botella con la gaseosa y lo ponía a enfriar en agua del pozo. Sentados ya en el mostrador, al que llevábamos sillas del café, le ponía a mi abuelo la botella de vino al lado y cuando le apetecía “ y a morro todos”, echaba un gran trago y la pasaba al siguiente, para que así diese la vuelta por todos. Lo repetía a lo largo de la comida, las veces que le apetecía, pero en ocasiones ya no la pasaba y eso significaba, que él consideraba que ya se había bebido bastante.
Tía Jovita (q.e.p.d.)
Con aquella ternera tan rica, el vino y la gaseosa fresquitas, que a mí me entraban “una cosa mala”, más que a la ternera del plato, miraba al abuelo, para ver si le veía algún indicio de que iba a pasar la botella de nuevo. Ese día lo había hecho dos veces e intuía que esa tercera iba a ser la última, por lo que cuando me la pasó Nardo -los tragos eran cortos, coger la botella alzarla medio minuto y bajarla otra vez- y aprovechando que había entrado un tábano de la calle y mi abuelo estaba mirando sus evoluciones voladoras, me quedé “enganchado” bebiendo. El trago valió por tres, pero “el carnicero” me pilló y me regañó. No se me ocurrió más.
La segunda cosa es que un día, bajando para desayunar por la escalera de piedra, que finalizaba justamente en el borde del mostrador, tropecé y me caí sobre él, cortándome con uno de los cuchillos en el talón derecho, sangrando abundantemente y quedándome una cicatriz, que aún conservo en recuerdo de la carnicería de mi abuelo Antonio.
Desde este mostrador, arrancaba la escalera de piedra y sin barandilla, que subía a la PARTE DE ARRIBA -en el rellano y en un altillo con un hueco empotrado en él, escondíamos Nardo y yo las chapas para jugar-.
En realidad la parte de arriba, con todo el suelo de madera, eran una serie de habitaciones, la mayoría dormitorios y las otras hacían de trasteros.
A la entrada dormía el abuelo y desde allí sus toses en la noche, se oían con frecuencia. Pasando por aquí se entraba al segundo dormitorio, donde había una cama grande y otra pequeña, una para tía Jovita y la otra para Nardo o para mí, hasta que ella decidió pasarse a otra interior y dejarnos allí a los dos. Esta habitación al estar encima del café y pasar por ella el tubo de la estufa, se oía todo lo que pasaba abajo. Pero a mí me gustaba también dormir en otra todavía más interior, porque tenía un ventanuco que daba a una galería próxima al corral y así oí el canto del gallo por las mañanas, pero también porque tenía un cuadro, en el que se veía al Ángel de la Guarda agarrando a un niño, encaramado a una roca peligrosa para coger una bonita flor. Ese cuadro hoy está en la casa de mis padres en Justel y siempre que lo miro veo en él recuerdos y símbolos.
En la parte de arriba también estaba una gran balconada -lugar de juegos en días de lluvia- y la escalera de la buhardilla, disimulada tras la pared del armario (mucho tiempo estuve sin saberlo) y por cuya trampilla superior una vez asomé la cabeza, pero sin llegar a entrar porque me daba miedo tanta oscuridad.
LA COCINA. Se estaba muy bien sentado en el escaño, a la lumbre y esperando las ricas tortillas que hacía mi tía para cenarlas allí mismo, o también la comida que se hacía “a rancho” en días de frío.
Mi tía me daba en la cocina para desayunar, café, leche y galletas, pero a veces también tenía para mí, una rica “sesada” de la carnicería. Otra de sus especialidades, y también luego de mi madre, era la “asadura” ¡Qué buenas comidas salían de allí!
En la cocina se curaron unos pocos chorizos, en un palo colgado del techo, pero en una ocasión mi abuelo, colgó una morcilla, que como ese año no se comió, quedó allí colgada y allí sigue ennegrecida y endurecida, viendo pasar los años y como un símbolo más de todo lo que le ha ido ocurriendo a esta familia.
En la PARTE DE ABAJO, está el dormitorio donde murió mi abuela Flores. Recuerdos tristes y también felices tengo sobre hechos ocurridos en él. Últimamente y al ser penoso para mi tía subir escaleras, a ella le servía de “Hotel”, pues le servía de dormitorio, comedor y sala de estar y dándole el mismo uso cuando nosotros íbamos al pueblo de vacaciones.
Completaban la casa LA PARRA, que crecía debajo del enorme balcón. Se llenaba de grandes racimos de uvas y de muy buena calidad. Teníamos uvas para mucho tiempo, salvo que algún desaprensivo, aprovechando la fiesta de la Peregrina en que estábamos ausentes en Donado, hiciera su particular “Agosto”. Yo también desde el balcón y aprovechando alguna ausencia de mi abuelo, hice de “ladrón furtivo”. Un año se secó.
El otro complemento era EL TILO, que situado a un metro de la entrada del café, era un corpulento árbol que aparte de dar sombra, surtía de tila a todo el pueblo.
Al cobijo de esta casa, he pasado largas temporadas de mi infancia, de mi adolescencia, juventud y madurez. También pasé por allí en mi viaje de bodas.
Castaños, uno de los árboles más abundantes en Muelas