
-Bien, sigamos adelante con la conciencia, a la que tanta importancia damos. Ya ve que por mi parte no me asusto. Porque la trasciendo. Ahora, analicemos el concepto y observémoslo con atención. No vale hacer trampas. Así que su conciencia dice: no robarás, honrarás a tu padre y a tu madre. En primer lugar, hay personas que no honran a su padre y a su madre y, en segundo lugar, hay ciertos ejemplares de padres y madres que no merecen que se les honre. Pero eso solo entre nosotros. Como profesor, usted sabe algo de esto. También hay gente que roba.
-La conciencia está débilmente desarrollada en algunas personas -observó impaciente Becker.
-Indudable. Pronto sabrá otra cosa. ¿De dónde hemos sacado los oráculos de esa conciencia? ¿De dónde sale eso de no robarás, honrarás a tu padre y a tu madre, etcétera, etcétera? Como es lógico suponer, no nos interesa la leyenda, que tiene una finalidad determinada y la cumple. Pero no es la que perseguimos, que es averiguar la verdad pura. Así que preguntemos, de manera fría y objetiva, como el científico, el jurista: ¿cui bono? ¿A quien beneficia la conciencia?
Becker apoyó un codo en un estante de la biblioteca y recostó la cabeza en la mano. Su mirada era distraída y atormentada. La rata se acercó. Ahora estaba sentada en la tarima. No cedía.
-Tienes que prestar atención. Ya has sido víctima de demasiadas órdenes. Sin duda puedes recordar la orden de movilización, a la que te has dedicado especialmente. La cosa tiene su sistema. Tú quieres tu Yo, tu Yo responsable… pero los otros no lo quieren. Veamos a qué llamas conciencia y qué se ensalza en ti como el Yo de tu Yo. Representémosla como un químico haría con un elemento, eliminando todas las impurezas. Se te ha educado. Se te ha acostumbrado a determinadas cosas y se te ha quitado la costumbre de otras. Ahora consideras que eso es tu naturaleza. Como profesor, tú sabes cómo se hace eso. Tu conciencia no es más que una sensibilidad aprendida, inculcada. ¿Sensible a qué? A que sepas qué hay que preferir y qué hay que evitar. Eso es así en toda la naturaleza, en el reino animal. Se llama adiestramiento. Hay prohibiciones, mandamientos, cinco o diez. Se implantan, para poder estar completamente seguros de ti, en tu interior, en tu Yo de profesor, de gobernante, de predicador, de juez. ¿Me sigue, doctor Becker? ¿Vamos a utilizar nuestro entendimiento? Tengo el presentimiento de que estoy a punto de ofrecerte un broma grandiosa. Ya te oigo reirte y preguntar: ¿Y por eso he estado a punto de volverme loco?
-Siento curiosidad, siento curiosidad -susurró Becker.
La rata:
-Te han educado así. El resultado no se ha hecho esperar. El padre ha hablado, la madre ha exhortado, el maestro ha amenazado, el cura ha tronado, y tú te has convertido en un muchacho dócil, y el muchacho dócil en un hombre dócil, y lo que se ha dicho, susurrado y amenazado está guardado en ti, y ahora enlazas las manos y crees que la voz de tu conciencia clama, y tu Yo más íntimo dice lo que antes te han quitado.
-¿Dónde está la gracia? ¿Qué motivo hay para reir?
-¡Por qué sigo oyéndote hablar! ¡Aún! ¿Todavía no está lo bastante claro? Querías ser libre, querías emplear tus propios brazos, y ahora, para ser libre, tienes que volverte precisamente a tu conciencia, al cura, a tu señor padre, a tu señora madre. ¿No advierte usted la comicidad, señor mío? Sí, señor mío, así han moldeado su Yo dentro de usted, así le han estafado su Yo. El engaño ha sido tan logrado que aún no se da cuenta, señor mío.
Extractado de la novela de Alfred Döblin «El regreso de las tropas del frente» (Vol II de la segunda parte de la trilogía «Noviembre de 1918»). Publicado originalmente entre 1939 y 1949.
Pocket Edhasa, Barcelona 2017