ETA se ha convertido con los años en un personaje muy secundario al que tan sólo la labor de medios de comunicación y partidos movidos por un interés político mantienen como una cuestión inmensamente relevante. ¿Qué motivos hay para fabricar una ETA tan grande en nuestras cabezas? ¿A quién conviene hacerlo? ¿Qué peligros potenciales supone todo este circo?

Extraído de aquí

Cuando me enteré del último atentado de ETA en el trabajo, todavía se dudaba sobre si quien había muerto en el coche era un policía o un terrorista. Luego al confirmarse quién era la víctima, pensé que era una pena que no le hubiera pasado al que estaba preparando el explosivo, pero realmente poco más. Lo olvidé rápidamente. Quiero decir, me siento totalmente desconectado de toda la repercusión posterior, de toda esta respuesta exaltada tan artificial que muchos en España repiten como autómatas, concediendo una enorme importancia a esta cuestión.

Y claro, pues me pregunto, ¿por qué no he reaccionado realmente mucho, ni parece haberme preocupado realmente este atentado?. No se trata de simpatía alguna, no veo ningún sentido a matar por una «patria», sea la que sea. No, sin duda me parece una cuestión repugnante.

Leyendo reacciones tan extremas, los medios más radicales de la derecha, el discurso asalvajado de engendros como Rosa Díez o lo pusilánime del PSOE que reestructura su discurso derechizándose, voy entendiendo mejor mi reacción. Y es que a estas alturas de la película, ETA es un personaje muy secundario al que tan sólo el interés político de su reflejo espejado da relevancia. La importancia mediática que se da a ETA y la reacción en consecuencia del ciudadano español, es absurdamente desproporcionada. Estamos hablando de un grupo terrorista que está en las últimas, y al que para meter miedo apenas le queda su historia. Que carece ya siquiera de la más elemental inteligencia política y que hace poco rompió en una estúpida decisión las negociaciones políticas para su disolución, y que desde entonces apenas ha sido capaz de llevar a cabo un par de atentados mientras sus miembros son capturados borrachos en París o se escapan con el dinero de la banda.

A principios de los 80 mis padres vivían en Euskadi, y eso sí era terrorismo. Me contaban que cuando veías a un policía te cambiabas de acera por miedo, porque se cargaban a un par a la semana y la gente temía que le salpicase. Acabaron trasladando la empresa donde trabajaba mi padre, no mucho después de un asalto de los polimilis. Por aquel entonces ETA era un problema de verdad, y nadie se atrevía a utilizarlo políticamente.

Ahora, sin embargo, una ETA en las últimas es magnificada por medios de comunicación, organizaciones y políticos deseosos de rapiñar votos, generando una reacción desproporcionada entre la población. Me doy cuenta de que si no tengo ese tipo de reacción no es porque haya algo malvado o equivocado en mí, sino porque realmente se está construyendo algo profundamente artificial con lo que sencillamente no me surge eso de comulgar. No veo más grave el último asesinato de ETA que casi un centenar de asesinatos por violencia de género al año, me resulta bastante menos preocupante que los asesinatos cometidos por bandas fascistas en el territorio nacional, y ni siquiera creo que sea mucho más relevante que los asesinatos provocados por bandas mafiosas.

Por supuesto, tampoco tengo pretensión alguna con esto de desmerecer en cuanto que crimen el asesinato cometido por ETA. No cito estas cosas para exculpar nada, sino para ilustrar que mi desconexión personal no es tal, sino más bien el contraste con una exaltación desmedida, que convierte en enorme algo que es en realidad bastante pequeño. Y es que parece que los que se supone que más efusivos se muestran a la hora de querer acabar con ETA, son quienes la elevan y la convierten en un asunto importantísimo, cuando son ya cuatro yonkis dirigiendo la banda como dijo uno de sus presos.

Lo cual lleva al siguiente paso, que es preguntarse por qué los partidos políticos y sus medios son tan dados a construir a ETA con un tamaño artificialmente elevado y buscar generar en el ciudadano emociones prefabricadas y desproporcionadas. Con los ataques de Rosa Díez a Sastre queda bastante claro: y es que la asimetría de la libertad política en el estado español queda bastante clara si pensamos que a Sastre le quieren denunciar por amenazas e ilegalizar Iniciativa Internacionalista por un artículo a favor de la negociación cuyas palabras son retorcidas de forma torticera, y sin embargo las burradas que suelta Rosa Díez entran dentro de la «normalidad democrática» de los ciudadanos sanos y de bien del estado español, un discurso aceptado e incluso aplaudido.

Sin embargo, el discurso de Rosa Díez (y de otros cuantos en su onda) es un discurso esencialmente totalitario. Es precisamente ese considerar a un determinado grupo de gente como «no-humano» la esencia del discurso que justifica las prácticas totalitarias. Al «no-humano» no tienes por qué aplicarle los derechos del resto de los ciudadanos, el «no-humano» no tiene derecho al acceso al mismo trato que el resto, y es precisamente esta doctrina de lo «no-humano» sobre la que se ha sostenido todos estos años Guantánamo: allí tienen a los no-humanos que no tienen derecho de acceder al sistema penal pero que han de ser castigados del mismo modo.

En España el problema es que precisamente la parte de nuestra reacción que es desproporcionada y automática respecto a estas cosas, es exáctamente el potencial para ese «exceso» totalitario. Así, es bajo el paraguas de esta reacción que ahora se pretenderá ilegalizar de nuevo un grupo político: y mediante la Ley de Partidos, se seguirá utilizando la propia legislación del estado para considerar no-ciudadanos (y no-humanos en lo que al sistema respecta) a quienes hayan estado en una lista «contaminada» por ETA, esto es, ilegalizada bajo el amparo de una reacción emocional artificial orquestada por políticos y medios de comunicación a quienes conviene fabricarla.

En los medios de comunicación de la extrema derecha política integrada en el sistema (COPE, Libertad Digital) es curioso ver cómo sus ataques han ido contra el uso del apelativo de «fascistas» hacia ETA. Afirman que esto no es así, y centran su discurso en identificarlos como comunistas. Por supuesto, para la derecha fascista que compone medio Partido Popular y que representan estos medios, el comunista y en general la «izquierda real» son el verdadero enemigo a batir y no ETA (que saben tan bien como yo que está derrotada). Así, conscientes del potencial totalitario de la desproporcionada reacción fabricada en el pueblo, es contra la izquierda real contra quienes esta gran parte de la derecha busca dirigir el potencial totalitario de la reacción fabricado por el ciudadano, en cuanto tienen la oportunidad.

En fin, que hay una parte de la respuesta popular a los asesinatos de ETA que puede partir de una más que comprensible indignación, pero hay también una respuesta artificial iracunda que no es más que un manejo de los hilos de un poder titiritero que fabrica así un espacio sobre el que ejercer su potencial totalitario. Caer en esa respuesta no es otra cosa que ceder ante determinados intereses políticos que no dudarán en ejercer su potencial totalitario de tener tal oportunidad. En un momento histórico en que la banda terrorista ETA está moribunda, esa obvia debilidad nos debería hacer sospechar de las respuestas desmedidas, y deberíamos tener en cuenta en nuestras reacciones qué parte de ellas son las que en este circo están siendo manipuladas y utilizadas por el poder.

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