Delegar significa darle poderes a otra persona para hacer las veces de uno mismo o que pueda representarlo, lo que nos lleva a la actual idea hegemónica, aunque altamente desacreditada, de la representación política.

Un representante es quien sustituye a alguien, un individuo, grupo, empresa, artista, nación o bloque supranacional, convirtiéndose asimismo en su imagen, su símbolo, y que acaba por suplantar de hecho la identidad del dador de la función representativa, con el transcurso del tiempo y los hechos y dichos en él ejercidos.

El representante actúa en nombre del representado y ejerce las funciones que se supone le son propias, la defensa de sus intereses, hablar por él donde este le he nombrado, es decir, en la organización institucional donde se quiere intervenir, pero no se puede, por múltiples motivos aducidos, entre ellos:

la dedicación al trabajo asalariado, el negocio de la supervivencia, la obtención de los medios básicos y complementarios para la infra-vida actual, el cuidado y atención de los mayores y de los pequeños donde lo haya, el consumo, el esparcimiento, cuando no la preocupación por el mantenimiento de un nivel de vida con todo lo que ello conlleva, el uso de una vestimenta adecuada, estar a la última de las producciones culturales, tecnológicas, estar informado de lo que se supone hemos de conocer sobre nuestro barrio, país, mundo.

Así pues, vemos que el expertismo («según todos los expertos», «los expertos dicen») se retroalimenta con la profesionalización misma de la vida, de la cotidiana tanto como de la extraordinara – cuando la hay-, ya que quien se dedica y profesa una minúscula parte de la realidad, sea manual o intelectualmente, precisa de otros que, avalados por la misma compulsión monotemática, le orienten sobre la inmensidad del resto de «temas» que desconoce, con los que se da con un canto en los dientes, que puede acabar en cabezazos contra la pared.

Se comprende que si hemos de almacenar cierta cantidad de números telefónicos o de eventos a realizar durante el día, semana, mes, año, lustro, puede que nos convenga anotarlos por algún medio, usando una determinada técnica; pero de ahí a apuntarlo todo y dejar de emplear la facultad de la memoria, usando las reglas naturales y propias de la mnemotecnia, hay un salto que, siendo de grado, se convierte en cambio cualitativo.

Tomando este ejemplo y extrapolándolo a la actividad política, la idea de encomendarle a alguien cierta actuación temporal y parcial sobre la realidad comunitaria, tal y como se podía entender mediante el mandato imperativo en las asambleas concejiles altomedievales, es cualitativamente diferente y netamente superior a la actual de delegar en los profesionales conocidos y por conocer, la vida comunitaria, tal y como está establecida por violenta imposición estatal.

Viene siendo un lugar común el argumento de que los concejos abiertos, los de la plena soberanía asamblearia y no los actuales constitucionales, solo pueden darse en colectivos humanos pequeños en número y no en monstruosidades insociables como las actuales megalópolis.

Pues bien, desalojemos estas, acabemos con este modo de vida y acudamos a vivir en el campo, donde autogobernarnos en asambleas, intentemos cubrirnos las necesidades básicas para poder vivir según lo principal, la vida afectiva y la reflexiva, la participación en una nueva cultura comunitaria y la independencia real del espíritu, de lo inmaterial de esencia inasible que es más propio de nosotros los humanos.

La actual manera de mostrar cierta dosis de civilidad no es trasladarse en bicicleta, usar papeleras, reciclar, adecuar y adecentar solares con huertitos urbanos de savia intoxicada o portavoces vecinales indignados, no, esta debería consistir en convencer (sí, hay que convencer, aunque otros lo ven como «imponer», por su propia debilidad racional, su incapacidad para argumentar) sobre la necesidad de reforestar masivamente con especies autóctonas una buena parte del territorio hoy ocupado por las estructuras urbanistas y monocultivos para exportar y mantener la dependencia de las actuales poblaciones rurales.

En Valencia, por concretar algo más, puedes despertarte a diario con la noticia de un nuevo incendio cercano, la última barrabasada la del ejército español, que en su base de Marines hace prácticas de tiro con proyectiles, sobrepasando con mucho el cumplimiento de la llamada «alerta máxima de prevención de incendios». Esta es la mejor muestra de quién manda aquí, no te equivoces, no son principalmente los mercados, el dueño de tal o cual empresa o el capitalismo financiero, aunque estos sean parte integrante y necesaria al sistema, ya que lo medular es la organización estatal y esta es la que presiona, influye y manipula para que les sigas otorgando tu consentimiento para perpetuar las castas que la forman, conforman y planifican por los siglos de los siglos.

En la prensa se puede leer como los plumillas sicarios nombran al ejército como «Administración»: ¿qué administra el ejército, la paz acaso?¿la defensa de qué, de quienes, como lo hace, a costa de qué, de quienes y por qué razón?¿quienes se lo permiten y bajo qué mandato? ¿la Constitución se eligió libremente acaso? ¿Es esta necesaria? ¿También el Parlamento?

Sabatoff

Fuente: http://www.portaloaca.com/opinion/9000-la-delegacion-como-mal-raiz-hacia-una-democracia-sin-adjetivos.html