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En 2014, su cabeza valía 10 millones de dólares. Hoy, Ahmad Al Sharaa, antes conocido como Abu Mohamed Al Jolani, entra sonriente en el Despacho Oval con traje y corbata. El hombre que dirigió Al Qaeda en Siria —responsable de miles de muertes civiles— ha pasado de objetivo prioritario del Pentágono a aliado estratégico de Estados Unidos. Donald Trump lo recibe con honores y lo describe como “un líder fuerte con un pasado difícil”. La frase resume el nuevo orden moral del mundo: el crimen deja de importar cuando conviene al mercado.
La caída de Bashar al Asad, aliado de Irán y Rusia, ha reconfigurado el tablero. Lo que hace apenas un año era considerado terrorismo, hoy se presenta como “renovación democrática”. El precio: borrar de la memoria colectiva las ejecuciones, torturas y desplazamientos que marcaron la guerra siria. Occidente ha aprendido a lavar el pasado igual que lava el dinero: cambiando el nombre y la ropa.
El propio Josep Borrell lo definió como “la diplomacia del blázer”: los yihadistas con chaqueta cruzada que buscan “respetabilidad internacional”. Pero más allá del sarcasmo, la escena muestra un patrón viejo: los mismos gobiernos que destruyeron Irak y Libia vuelven a fabricar socios de conveniencia. Se destruyen países para después vender su reconstrucción.
Siria, convertida en escombro tras una década de guerra, se abre ahora al “nuevo comienzo” que Washington promete a quienes se pliegan a su órbita. La barba recortada sustituye al kalashnikov. El relato mediático hace el resto.
EL NUEVO ORDEN DEL CINISMO INTERNACIONAL
Trump, fiel a su manual del espectáculo, elogió al nuevo mandatario: “Me cae bien. Viene de un lugar muy difícil. Todos hemos tenido un pasado complicado”. La equiparación es obscena. Comparar el historial de un ex jefe de Al Qaeda con una biografía turbulenta cualquiera es parte del mismo juego: despolitizar el horror para poder negociar con él.
Con esta visita, por primera vez desde 1946, un presidente sirio pisa la Casa Blanca. Y lo hace con el beneplácito de la ONU, que ha levantado las sanciones contra el régimen. El embajador estadounidense ante Naciones Unidas, Mike Waltz, celebró la “nueva era” de Siria, una era en la que la memoria de las víctimas queda enterrada bajo contratos de gas, reconstrucción y seguridad.
Trump presume de haber sumado ocho votos demócratas en el Senado para reabrir el Gobierno sin restaurar las coberturas sanitarias. El mensaje es claro: hay consenso cuando se trata de negocios, no cuando se trata de derechos.
El presidente republicano busca su foto con quien ayer fue su enemigo. Necesita una victoria simbólica para distraer del colapso interno, del cierre de la administración y del desmantelamiento del sistema sanitario público.
Al Sharaa, por su parte, llega a Washington con su lista de deseos: derogar las sanciones, desbloquear fondos y legitimar un régimen nacido entre ruinas. En menos de un año ha pasado de ser perseguido por terrorismo a ser presentado como socio “por la estabilidad de Oriente Medio”. Y Trump, fiel a su instinto de mercader, huele la oportunidad: Siria puede ser el nuevo campo de inversiones, un terreno fértil para los contratistas estadounidenses y turcos.
“Se lleva muy bien con Erdogan”, dijo Trump. No era un halago, era un aviso. El eje Ankara–Washington–Damasco se perfila como el nuevo triángulo de poder en una región donde la democracia nunca fue prioridad. El negocio de la guerra necesita continuidad: primero destruye, luego reconstruye, después privatiza.
Un ex yihadista convertido en aliado. Un presidente que llama ‘pasado difícil’ a una biografía manchada de sangre. Un sistema que cambia verdugos por socios comerciales.
La historia no se repite, se reescribe con corbata.
Fuente: https://www.facebook.com/photo?fbid=1311443210786340&set=a.688022773128390