Una vez, en Piombino, llovieron confites. Eran grandes como el granizo y de todos los colores: verde, rosa, violeta, azul… Un niño se metió en la boca uno verde, para ver qué pasaba, y se encontró que sabía a menta. Otro niño probó otro rosa y sabía a fresa.

— ¡Son confites! ¡Son confites!

Y todos por las calles comenzaron a llenarse los bolsillos de confites. Pero no les daba tiempo a recogerlos todos, porque caían copiosamente.

La lluvia duró poco, pero dejó las calles cubiertas de una alfombra de confites perfumados que crujían bajo los pies. Los estudiantes, al regresar del colegio, encontraron todavía tantos que llenaron sus carteras. Las viejecitas habían logrado recoger una buena cantidad en sus pañuelos de cabeza.

Fue un gran día.

Todavía ahora mucha gente espera que lluevan más confites, pero aquella nube no ha vuelto a pasar ni por Piombino ni por Turín, y quizá no volverá a pasar ni siquiera por Cremona.

RODARI, GIANNI; Cuentos por teléfono