Pertenezco a la generación de la EGB, hace ya varias reformas educativas, cuando el derecho a estudiar parecía ser sólido y no un cubito de hielo al sol. Entonces no medíamos la vida en años biográficos sino académicos. Por eso no recuerdo con exactitud la edad que tenía cuando un maestro en sexto me preguntó a qué suena la lluvia. A todos mis compañeros se les quedó nublada la cara y el cerebro. A mí no. Yo sonreí aliviado como el asesino que declaran inocente por falta de pruebas. Él se dio cuenta. Y para delatarme añadió un par de preguntas más sobre análisis sintácticos, lexemas y cosas así. Aprobé gracias a la media aritmética entre mi imaginación y mi ignorancia. Como premio, me regaló una novela: Alfanhuí. Y luego otra. Y otra. Hasta condenarme a ser lo que soy.

Alfanhuí es una bellísima narración juvenil de Rafael Sánchez Ferlosio, autor de la conocida novela El Jarama, e hijo del falangista Rafael Sánchez Mazas, también escritor, político y superviviente del fusilamiento que sostiene la trama de Soldados de Salamina, la no menos conocida novela de Javier Cercas. En uno de sus pasajes, Alfanhuí encuentra a un mendigo con una flauta colgada al hombro. El mendigo le explica que funciona al revés de las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio fondo y el sonido tonada, en ésta el ruido hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada. Eso le dijo el mendigo. Una música parecida a la de esa flauta debió interpretar Sánchez Mazas para escapar vivo del ruido de las balas en mitad de su fusilamiento. La diferencia está en que él calló por miedo, no para vencerlo.

Admiro a la gente que calla. No a quien lo hace por instinto de supervivencia. Pero incluso a él lo prefiero antes que al que no sabe lo que dice. Y somos legión. La censura moderna no consiste en apartar opiniones del mercado, sino en saturarlo de la misma hasta la náusea con políticos que hablan para que tertulianos hablen y viceversa. Generar tal ruido de fondo hasta que nadie reconozca la melodía. Peor que la inflación de las hortalizas es la inflación de las declaraciones y opiniones, porque la primera quita el hambre y la segunda la inteligencia. No es que el ciudadano no quiera conocer para luego opinar razonada y libremente, es que apenas si conoce lo que otros quieren que conozca hasta el punto de delegar su criterio en la franquicia política de turno. Yo lo llamo “vectorismo”. Los individuos acatan los “vectores” de opinión que emiten los partidos o determinados medios de comunicación sin saber exactamente por qué, de la misma manera que pulsando el botón rojo encienden el televisor pero desconocen el trasfondo científico del proceso.

Renuncian a su soberanía intelectual por simple comodidad. Pobre de aquel que se aparte del vector oficial dictado por el partido o por el periodista de turno, porque degradará su condición pública de ciudadano al de mala bestia, antisistema, terrorista. Peor incluso: traidor. Pero lo cierto es que quien la suscribe a ciegas, está degradando su condición privada de ciudadano al de animal de compañía.

Hoy no me apetece caer en la trampa y ser un instrumento más en esta orquesta sinfónica de opiniones desafinadas. Me hubiera encantado tener la flauta de Alfanhuí. Pero no sé decirte nada con silencios.

Fuente: http://www.secretolivo.com/index.php/2013/07/31/censura-la-flauta-de-alfanhui-el-silencio-como-arma/