Lecciones de un huelga / Miguel Ángel Ceballos (últimoCero). – La finalización de la huelga indefinida de la limpieza viaria y la jardinería de Madrid, con la ratificación por los trabajadores de los términos del convenio colectivo del sector y del acuerdo alcanzado para un periodo de cuatro años entre sindicatos y empresas concesionarias, invita a hacer varios apuntes de urgencia.

El más obvio es que las organizaciones sindicales siguen siendo necesarias para defender los derechos de los asalariados, hoy igual que en los siglos XIX y XX, cuando la huelga era casi la única herramienta que tenían quienes vendían su trabajo para persuadir a los capitalistas a aceptar un reparto menos desequilibrado de las rentas generadas por la actividad económica. Y que los denostados sindicatos de clase sí son útiles a sus fines cuando son guiados por los propios trabajadores y no por élites muchas veces alejadas del mundo real del trabajo.

El patético intento de la alcaldesa Botella de reventar la protesta con el recurso a empresas de trabajo temporal (ya que al parecer la plantilla de la empresa pública Tragsa no se ha prestado mayoritariamente a este enjuague) no hace más que resaltar la vigencia de la huelga y los sindicatos. Como en “Las uvas de la ira” de Steinbeck y Ford, los esquiroles son la penúltima baza del patrón que ha perdido (la última es la violencia física, ¿habría recurrido también la Alcaldesa a los pistoleros o a la policía de la Barcelona de “La ciudad de los prodigios”?).

En este contexto, lo más despreciable del ensayo de criminalización de los huelguistas ha sido el martilleo constante de telepredicadores y tertulianos a los “privilegios” de los barrenderos, que ganarían lo mismo o más que muchos titulados universitarios (parte de los cuales por cierto también se dedican a la limpieza), como si su esfuerzo y su tiempo valieran menos que el de un ingeniero o un economista por el hecho de desarrollar un trabajo “poco cualificado”.

En plena orgía de austeridad (para algunos) y de recorte de los servicios públicos, la obsesión de nuestros gobernantes por contratar a la baja está conduciendo a situaciones dantescas como la de la limpieza de Madrid, donde las cuatro constructoras concesionarias (OHL, Sacyr, FCC y Ferrovial) han bajado un tercio el presupuesto de licitación para asegurarse la adjudicación. Lo que entre el beneficio de los accionistas, las prebendas de los ejecutivos y las mordidas de los políticos profesionales no dejaba mucho margen para unas condiciones laborales dignas.

Así, la supuesta eficiencia de las empresas privadas frente a la gestión pública en la prestación de los servicios esenciales es otro mantra afortunadamente con cada vez menos parroquianos. Si se trata de ahorrar, ¿por qué no suprimimos las plusvalías de las grandes concesionarias y rescatamos los servicios públicos privatizados en las últimas décadas de vendaval neoliberal? Procurando de esta forma mejores condiciones para trabajadores y usuarios, con igual coste.

Por otro lado, ¿por qué no optimizamos esos servicios ajustándolos a las necesidades y no a las cuentas de resultados de las empresas? Ensuciar menos (otro día hablaremos de la estafa de los envases de usar y tirar) o diseñar parques que requieran menos cuidados son acciones que también contribuyen a ahorrar en limpieza y en jardinería, si es de lo que se trata.

Con todo, lo más interesante de la experiencia de estos días en Madrid es que un colectivo de seis mil trabajadoras y sus representantes sindicales, ante la amenaza de un millar largo de despidos y una rebaja generalizada de salarios del 40 por ciento, por causas económicas estén o no justificadas, han optado por repartir el trabajo entre todas. La reducción en 45 días al año del tiempo de trabajo para cada una es una respuesta inteligente ante un escenario endiablado, que por lamentablemente poco usual merece la pena ser destacada.

Si el Ayuntamiento de Madrid decide que va a pagar menos por la limpieza de sus calles o el cuidado de sus jardines, la consecuencia lógica es que quienes desempeñan esas tareas simplemente trabajen menos, sin ver disminuida su remuneración por ello. Porque eso de trabajar más tiempo menos personas por menor salario es simplemente “dumping” laboral y aprovechar el paro masivo para hacer más caja.

No nos cansaremos de pregonarlo: para salir del actual colapso laboral no hay otra que trabajar menos todas, con más estabilidad y reduciendo la brecha entre rentas, que no para de aumentar. Con todas las incógnitas que se quieran, una pequeña gran lección de la huelga de la limpieza y la jardinería de Madrid.

Fuente: http://www.ultimocero.com/blog/con-tinta-verde/lecciones-huelga

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Algunas notas sobre la huelga de limpieza / Ricardo Royo-Villanova (A sueldo de Moscú). – Aunque los trabajadores de la limpieza de Madrid han ratificado en asamblea el acuerdo al que llegaron anoche sus representantes sindicales con la patronal, la huelga, en realidad no habrá concluido. En torno a ella se va a montar una gran campaña de propaganda. La derecha va a intentar crear el espejismo de que la huelga ha fracasado, y ciertos sectores de una izquierda falsamente radical que busca permanentemente mantener la tensión, siempre que los que expongan sus puestos de trabajo y sus salarios sean otros, también intentarán presentarla como una traición de los sindicatos a los trabajadores.

La huelga de barrenderos de Madrid ha sido un hito muy importante. La agresión de la que iban a ser víctimas estos 6.000 trabajadores estaba plenamente amparada por la ley. Las empresas no tenían obligación de negociar nada con ellos, y simplemente, podían haber esperado al lunes para empezar a despedir a 1.134 trabajadores y bajar el salario al resto hasta un 43 por ciento. Es decir, los trabajadores -los barrenderos de Madrid y el resto- están inermes contra las decisiones de sus patronos, les afecten o no, y esto es así como consecuencia de de una serie de reformas laborales que tienen su guinda en la última realizada por el gobierno actual, y cuyo objetivo es eliminar todas las garantías que amparaban a los trabajadores frente a decisiones unilaterales y lesivas de los patronos, así como restar poder a la negociación colectiva y colocar el poder efectivo en el ámbito laboral del lado de la patronal, sin equilibrio alguno.

La agresión a los barrenderos quizás no haya sido la primera que sufre la clase trabajadora desde que se aprobó la reforma laboral, pero sí ha sido la más visible por las consecuencias que ha tenido en la vida cotidiana de la ciudadanía madrileña. También ha sido la primera huelga que ha trasladado ampliamente al ámbito ciudadano el debate sobre las condiciones de desventaja en que quedan los trabajadores frente a los empresarios tras las reformas laborales. Ya no se trataba de sindicalistas agoreros a los que atacar con demagogia reaccionaria antisindical, sino que las consecuencias de la reforma laboral se percibían en la destrucción de las condiciones de vida de un colectivo de 6.000 trabajadores cercanos -barren nuestras calles, les conocemos, suelen ser siempre los mismos-.

No sé ustedes, pero yo jamás había oído a un comerciante apoyar una huelga como ésta, y en esta ocasión he escuchado varias opiniones favorables de comerciantes. Me llamó la atención especialmente el propietario de un comercio del barrio de las Letras diciendo, con su calle llena de mierda y oliendo fatal, que daba las pérdidas de estos días por bien empleadas, si los barrenderos conseguían mantener sus salarios y el empleo. A otro, propietario de un bar, le preguntaron por su opinion “como comerciante”, y respondió casi literalmente: “mi opinión como comerciante cede ante mi posición como ciudadano, y lo que les quieren hacer a los barrenderos es intolerable”.

Ha sido una huelga muy potente en todos los sentidos, y por eso desde la derecha van a tratar de presentarla como un fracaso. No quieren que cunda el ejemplo, no quieren que otros colectivos sigan a los barrenderos y decidan plantarse y defender sus condiciones laborales y sus empleos. Y por eso se han empleado a fondo contra la huelga, violando incluso sus propias leyes al contratar personal esquirol.

La huelga ha sido claramente un éxito: la patronal pretendía despedir a 1.134 barrenderos y bajar el sueldo al resto hasta un 43 por ciento, dejándolos en 650 euros. Y podía haberlo hecho tranquilamente, con la ley en la mano y sin negociar nada con nadie, cumpliendo el único requisito de informar con un plazo de antelación que se cumplió anoche. Es decir, si los trabajadores no se hubiesen puesto en huelga, mañana, lunes, 1.134 de ellos habrían sido despedidos y el salario del resto se habría quedado entre los 300 y los 600 euros, dependiendo de sus jornadas.

La huelga ha sido un éxito también por otras razones. Quizás no sea una de las menos importantes que ha puesto de manifiesto bien a las claras la complicidad con la que actúan el Partido Popular y las empresas concesionarias, todas ellas divisiones o filiales de constructoras y “donantes” del Partido Popular. Desde la baja en las pujas del concurso, hasta la coordinación entre empresas y Ayuntamiento para ralentizar la negociación mientras los esquiroles reventaban la huelga escoltados por la policía, pasando por el blindaje de los beneficios antes de fijar los salarios y las plantillas, o incluso la desfachatez de las empresas de intentar colar que fuesen los trabajadores los que pagasen las multas que les corresponden a las empresas por no haber podido garantizar los servicios mínimos, todo ello ha dejado bien a la vista ante la ciudadanía que el Partido Popular y el Ayuntamiento de Madrid representan el interés empresarial y no el general. Ni el ahorro para erario público, ni la prestación de servicios son criterios que el partido Popular considere importantes, salvo como pretexto para imponer sus intereses y los de sus empresas amigas.

Las huelgas se ganan si hacen daño: ese es el objetivo que tienen y no otro. No se trata de dar testimonio, ni de averiguar el apoyo social que tienen los sindicatos: las huelgas son episodios de enfrentamiento radical en los que se busca hacer cuánto más daño mejor al contrario para obligarle a negociar y obtener en la negociación la mayor parte de tus objetivos. Y esta huelga ha hecho daño. Según los cálculos que circulan por ahí, las empresas han perdido directamente medio millón de euros en 12 días de huelga, a los que hay que sumar otro medio millón en reparación de mobiliario urbano y contenedores, además de 672.000 euros por cada uno de los dos días que han trabajado los esquiroles. El Ayuntamiento y su alcaldesa han sufrido además un importante daño de imagen, por no haber podido garantizar los servicios mínimos más que violando la ley. Esa presión es la que les ha obligado a negociar y a ceder en prácticamente el 100 por 100 de sus pretensiones.

Hay otra conclusión que debemos sacar de esta huelga, y estaría bien que sobe ello reflexionasen los sindicatos mayoritarios: el estado social, si es que existió alguna vez, está disuelto: no hay garantías, y todo el poder, en el ámbito laboral, está en manos patronales. Las leyes han abandonado a los trabajadores, y si alguna vez les dieron algún amparo, ahora se lo niegan. Además, la derecha controla férreamente las instituciones en las que gobierna y no duda en utilizarlas directamente contra los intereses de los trabajadores, como han hecho, violando manifiestamente la Ley para vaciar de contenido el derecho de huelga contratando esquiroles. Sencillamente, no podemos seguir acatando la Ley.

Fuente: http://www.asueldodemoscu.net/2013/11/algunas-notas-sobre-la-huelga-de-limpieza