
Hay pocas capitales en España con la posibilidad de cambiar el centro de la ciudad por un espacio natural de buena calidad en apenas diez minutos. Una de ellas es Murcia: al sur tenemos las montañas del Valle y alrededor de casi todo el casco urbano está la huerta, un ecosistema singular que compartimos con algunas zonas de Alicante y Valencia. De momento, porque en los últimos 15 años nos hemos cargado la mitad de su extensión. Por eso no es extraño que el proyecto europeo Naturba alerte sobre el urbanismo «agresivo» que se está practicando en el municipio, y que amenaza la supervivencia de este entorno de pequeñas explotaciones familiares regadas por acequias, y que heredamos de los árabes.
El dato me golpeó el domingo leyendo el periódico: mi compañero Manuel Madrid contaba en ‘La Verdad’ que de las 13.026 hectáreas de huerta que había en 1995, ahora sólo quedan 7.000 (datos de la Confederación Hidrográfica del Segura). Ha crecido la ciudad, han crecido las pedanías, se han construido grandes infraestructuras de comunicación, pero todo este desarrollo lo ha pagado la huerta.
El Plan General de Ordenación Urbana que entró en vigor en 2001 se marcó el objetivo de promover el desarrollo urbanístico respetando los espacios naturales, ese lugar común imposible de cumplir en la práctica. Acaba de recordarlo el equipo de trabajo de Naturba, un proyecto europeo en el que participan la Consejería de Ordenación del Territorio, ayuntamientos de Murcia, Alcantarilla, Beniel y Santomera, Junta de Hacendados, asociaciones y colegios profesionales. Su recomendación, a la vista de los hechos, es practicar un urbanismo «menos agresivo» que ponga por delante los criterios ambientales. ¿Harán caso a los expertos del programa Naturba? Y si no les hacen caso, ¿por qué gastamos ni un euro en estudios de este tipo?
Me contaba hace unos meses el argentino Daniel Rolleri, promotor en España de Ocean Conservancy y casado con una murciana, la sorpresa que le causó conocer la huerta y el disgusto que le producía lo poco que se cuidaba. Y me daba alguna idea para poner en valor este paisaje único, extraída de su experiencia en Estados Unidos, donde ha vivido algunos años. Como por ejemplo, fomentar la creación de mercadillos los fines de semana para la venta de productos con un sello de calidad y primando la agricultura ecológica. O la apertura de una red ventorrillos con una estética común, donde se ofrezca gastronomía murciana con cierto nivel.
Quien haya dedicado una mañana, a pie o en bici, a recorrer los brazales de la huerta -en Guadalupe, en La Ñora, en Santa Cruz- sabe lo que significa recibir el sol de cara mientras el agua corre a tus pies, los pajarillos vienen y van y tú te comes una naranja o una granada mientras contemplas cómo se labra, se poda o se recoge. Un parque temático de la vida rural, a tiro de piedra de El Corte Inglés, donde todo es auténtico.
¿Qué opináis vosotros sobre el acoso a la huerta? ¿Alguna idea para que no se pierda del todo?
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