
El legado de Rousseau floreció sobre todo en la teorías protodemocráticas posteriores a la revolución francesa, y fue un fuerte acicate de ella, con todos los cambios políticos y sociales que trajo. Hay que señalar, además, que buena parte de los llamados socialistas utópicosde la primera mitad del siglo XIX habían sido influidos tanto por Rousseau como por su propia interpretación pacifista del cristianismo y la idea tantas otras veces recreada de crear “un cielo en la tierra”. Eran buenos cristianos (eso sí, anticlericales): Saint Simon, Owen, Fourier, Cabet, Lamennais, Duverger, Lasalle, Blanc, Leroux (que acuñó el término socialismo) o Dun (fundador del socialismo cristiano 19. Cada uno de estos aportó una concepción diferente del socialismo más o menos inspirada en el pacifismo de Jesús, y todos tienen en común que no abogaron por la lucha armada, al igual que otros socialistas no cristianos que igualmente se posicionaron firmemente contra la guerra y la violencia como instrumento político, como fue el caso del propio Pierre Joseph Proudhon (ateo irreductible). De hecho el calificativo de utópicos les fue puesto por Marx para diferenciarlos del socialismo revolucionario posterior, de índole marxista o anarquista, por su énfasis en métodos incruentos. Teniendo en cuenta esto, se podría renombrar estas tendencias como “socialismo violento” (el revolucionario) y “socialismo noviolento” (el utópico), haciendo más justicia a estos pensadores.
Los métodos que estos autores y activistas del socialismo utópico proponían para llegar al socialismo, que serían parte de lo que el politólogo Sydney Tarrow ha denominado como “Nuevo Repertorio de Confrontación” 20, entrarían, según la posterior clasificación ya clásica de Gene Sharp, dentro de los métodos de protesta y persuasión, y su constante apología de la huelga general estaría dentro de los de no-colaboración 21. La huelga se había propuesto además desde un ámbito pacifista, como fue la llamada del escritor y sociólogo John Ruskin a la clase obrera británica para que no colaborara con la fabricación de munición durante la guerra Franco-Prusiana de 1870. Este llamamiento, a pesar de ser desoído en su día, impresionó notablemente a lectores posteriores, como Gandhi o Bart de Ligt. Así pues, hay que considerar injusta la habitual omisión de los socialistas utópicos como antecedentes de las teorías de la noviolencia, ya que fue evidente su marcado carácter pacífico y pacifista, empañado tal vez por la efervescencia revolucionaria del socialismo posterior.
En este sentido cabe señalar que es bien conocida la apología de la violencia revolucionaria del marxismo, que llegaría a calificar el pacifismo como vinculado a la ideología liberal burguesa y como “uno de los mecanismos para engañar a la clase obrera” en palabras de Lenin 22. De igual modo, el uso de “resistencia pasiva” como forma de conceptualizar la lucha pacífica dentro de la ley se había empezado a emplear ya desde 1819 en luchas nacionalistas y constitucionalistas, principalmente por gente de clase burguesa, cosa que hizo que Karl Marx y Ferdinand Lasalle lo calificaran en su refinada y agresiva (incluso violenta) retórica como “método reformista contrarrevolucionario, una traición a la clase obrera” 23.
En el anarquismo en cambio nunca hubo consenso con respecto a la legitimidad o no de la violencia revolucionaria, pues si bien es cierto que una parte de la corriente siguió la apología de la revolución espontánea de Bakunin y hubo algunos movimientos armados, otros muchos autores, activistas y movimientos se inclinaron más por acciones de boicot y no-colaboración. En algunos lugares, como Holanda, debido a la influencia del antiguo pastor luterano Ferdinand Domela Nieuwenhuis (1846-1919), el anarquismo, con el lema de “guerra a la guerra” tomó forma antimilitarista rápidamente, produciéndose el fenómeno del anarcopacifismo por primera vez como movimiento organizado, aunque no estructurado, por la propia oposición de Nieuwnhuis, que publicó en 1894 un libro de referencia para el movimiento titulado “El socialismo en peligro”. Sin embargo, el uso excesivo de violencia por algunos sectores, apologistas y ejecutores de sonados magnicidios 24 ha hecho que los anarquistas hayan sido estereotipados injustamente como terroristas, como muestra el título del famoso manual para fabricar explosivos “Libro de cocina del anarquista”, por otro lado condenado por el movimiento como no representativo del mismo.
Desde un punto de vista más teórico, hay que señalar que las teorías socialistas del siglo XIX no superaban la visión esencialista del poder presente en la teoría política clásica, aunque cuestionaban los principios económicos y políticos del capitalismo y señalaron a la economía como escenario de relaciones de poder especialmente visibles en las sociedades industriales en las que la estratificación social realmente se dualizó entre burgueses y proletarios. Marx utilizó los principios de la economía clásica, que era el paradigma científico dominante de la época, precisamente para destacar el papel del mercado como sistema de dominación y a través de su teoría revolucionaria podemos observar cómo distinguía entre poder político y poder económico y subordinaba el primero al segundo. Esta idea era completamente opuesta a la de los socialistas anarquistas, que consideraban que era precisamente el poder político por su propia naturaleza lo que posibilitaba el sistema económico injusto que querían abolir, por lo que centraron sus esfuerzos en la abolición del mismo. Así pues, desde el punto de vista anarquista sí que se abría una puerta hacia la consideración del consentimiento a la obediencia como parte del poder, pero como partían de esa idea esencialista lo identificaron con la violencia, por lo que se declararon ácratas, apolíticos, ajenos al poder y elaboraron paradójicas teorías de la guerra justa para justificar la violencia de la revolución anarquista que acabaría con la violencia del poder.
Notas
19.- Ver Rafael Díaz Salazar: “La izquierda y el cristianismo”. Santillana. Madrid, 1998. Pags 120 a 126.
20.- Para un resumen del desarrollo del concepto de repertorio ver: Sydeny Tarrow. “El Poder en Movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política”. Alianza Universidad. Madrid 1997. Pag 65.
21.- Sharp, Gene: “The politics os nonviolent action” Porter Sargent Publishers 3 volumenes. Boston 2000 (primera edición de 1973).
22.- Citado por Haro de Vera, Fernando: “Investigación para la Paz”. Tirant Le Blanch. Madrid 1994. Pag. 131.
23.- Marx descalificó la resistencia pasiva en un discurso publicado en Neue Rheinische Zeitung en diciembre de 1848, citado por Huxley, Steven: “Constitucional Insurgency in Finnland: Finnish pasive resistance against russification as a case on nonmilitary struggle in European reesistance tradition”. Sociedad Histórica de Finlandia SHS). Finlandia. 1990. Pag. 54.
24.- Entre los magnicidios más destacados sobresalen el del Zar de Rusia Alejandro II en 1881, el del presidente de Francia Sadi Carnot en 1894, el del presidente de España Antonio Cánovas en 1897, el de la emperatriz de Austria Isabel (Sisi) en 1897 o el del presidente de los Estados Unidos Willian McKinley en 1901. Véase una lista más detallada en http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Principales_atentados_anarquistas.