
He sido voluntario en la Jornada Mundial de la Juventud. Podría escribir folios y folios sobre mi experiencia, sobre la increíble Vigilia del sábado, sobre la alegría y la entrega de tantos y tantos jóvenes. Pero no es el asunto de este blog, así que me lo guardo para otros lares. Sí es de este blog lo castrense, y de eso ha habido mucho estos días, mucho, bueno, con gran apoyo popular y una proyección nacional e internacional importantísima. Hay quien critica la participación militar en este evento, por aquello de desvincular una cosa y la otra, pero probablemente quien lo critica no siguió la procesión del Cristo de la Buena Muerte de Cibeles al Palacio Real tras el Via Crucis del viernes, ni vió a miles de españoles y extranjeros gritar “vivas” a la Legión y al Cristo de Mena, ni vio a gentes de todo tipo entonar “El novio de la muerte” al paso de la compañía que lo escoltaba, uniendo su voz a la de los legionarios que se desgañitaban cantando una y otra vez un himno que es mucho más que el santo y seña de una unidad única. El debate de la separación de lo religioso de lo castrense es recurrente y de difícil solución si no es por las bravas, pero en una ocasión como la JMJ, con una implicación tan importante de una gran parte de la sociedad, nuestros militares tenían que estar ahí, no sólo por acompañar a ese sector social, sino porque les ha dado una visibilidad y un cariño difícilmente igualable, les ha otorgado, a través de la fe y de la fiesta de la JMJ, un reconocimiento y un aplauso que tantas veces se les hurta por otras cuestiones.
La procesión del Cristo de Mena quizá fue lo más multitudinario (hubo gente esperando horas para verlo pasar), pero no fue menos llamativo el constante fluir de peregrinos a la capital castrense para ver la guardia a una de las tallas más famosas de la Semana Santa española, o la salida del Cristo de los Alabarderos del Palacio Real con 1.500 militares de 20 países distintos. Un éxito rotundo que no sería completo si olvidáramos a todos los miembros del Ejército del Aire que con una dedicación y paciencia encomiables atendieron y controlaron a los dos millones de peregrinos que acudieron a la Vigilia del sábado y la misa del domingo. A todos ellos gracias por hacer posible una semana inolvidable. Una pena lo de la Patrulla Águila, habría sido el broche dorado. Supongo que demasiado para tan supuestamente laicista sociedad.
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