
El primer vehículo que conseguí para moverme por las fiestas fue una vieja Lambretta regalo de unos amigos y gracias a ella puede decirse que conquisté las provincias limítrofes de Alicante cuando todavía vendía los patitos de madera y lana gruesa que describí en el capítulo anterior. No podía acudir a festejos más alejados puesto que no había espacio en la motocicleta para transportar mucho material y de tanto en tanto tenía que regresar a casa a reponer. En ocasiones viajaba con mi compañera de entonces, a veces solo y, las más, con Cantueso, un perro que nos agenciamos, de tamaño mediano tirando a grande, mezcla de mastina y engendro callejero que se la cepillaría en algún descuido o tal vez la cameló con quien sabe qué perruna virtud. Ambos vinieron a nosotros prácticamente al mismo tiempo y ambos se fueron casi a la vez aunque de manera bien distinta. Ella al progresar mi compañera y yo y comprarnos una Dyan 6 de segunda mano y él, en noche aciaga, bajo las ruedas de una furgoneta de reparto. Pero lo relevante en esta historia es que ambos fueron protagonistas principales de la parte inicial de mi periplo por las ferias y ambos se merecían un capítulo aparte en el testimonio de aquel tiempo que están resultando ser estas Historias desde lo alto de una noria.
A Cantueso nos lo ofrecieron con los ojos aún cerrados y, aunque no estábamos ni mucho menos asentados como para hacernos cargo de animales, quien sabe si abducidos por esa especial atracción que supuestamente mantenemos desde antiguo hippies y perros, el caso es que lo aceptamos, lo metimos en una caja de zapatos y lo instalamos en la recién adquirida Lambretta, a los pies del conductor por lo que podría asegurar que el rugido de aquel motor fue su primer referente del mundo al que acababa de nacer. Quizás por ello, desde bien jovencito, cuando poníamos en marcha la moto salía corriendo hacia ella desde donde se encontrase, se acomodaba de un brinco en el rincón entre las piernas que sabía suyo y de allí no se movía hasta que llegábamos a destino, como si no hubiere en la vida mejor momento para él que viajar sentado allí. Era inocente, imprudente, independiente y testarudo, siguiendo la costumbre inveterada de que los perros adopten la personalidad de sus amos y no dudo que fuera este coctel de defectos y virtudes lo que acabó buscándole la ruina ya que a mí mismo me ha metido en problemas en más de una ocasión. Me lo llevé un día a vender y la experiencia me gustó porque, al sentirme acompañado, paulatinamente fui aventurándome a pernoctar en riachuelos, veneros, riscos, bosques y lugares en los que, sin su presencia, jamás me hubiera atrevido a acampar. Tanto me acostumbré a dormir con él bajo las estrellas que de regreso a casa, una vez terminada la ruta, me era imposible conciliar el sueño encerrado en la habitación.
En una ocasión, habiendo parado a mitad de un viaje a estirar un poco las piernas y encontrándome junto a la carretera con las cajas de marionetas y los palos con que las colgaba desparramado todo por el suelo, pasó por allí la Guardia Civil y, al verme con mis pintas de entonces y junto a tanto bulto se detuvo a preguntar:
-Buenos, días, caballero, ¿me permite su documentación?
Mientras el agente que conducía se llevó el carnet a su Citrones 2CV para efectuar las comprobaciones pertinentes, el otro husmeó la escena con detenimiento antes de dirigirme la palabra de nuevo:
-¿Todo esto es suyo?
-Sí, señor. He venido a vender a la feria de Puerto Lumbreras, -traté de que mi relato resultara lo más razonable posible-, y he cargado todo lo que he podido por si me fuera bien.
-Sí, pero habría que ver si la Lambretta lleva más peso del permitido, -trató él de rescatar de su memoria algún artículo del código de circulación que salvaguardara su autoridad-
-No sabía que había un peso máximo de carga para las motos, -me defendí yo- No tenía ni idea.
-Bueno, no exactamente, -hubo de reconocer-, pero, claro, no se puede uno exceder infinitamente. Comprenderá que tendrá que haber un límite.
Inspeccionaron cada caja como si de un artefacto explosivo se tratara pero tras haber escuchado atentamente mi explicación sobre el uso de los palos y una vez confirmado que no tenía antecedentes, aún sin tenerlas todas consigo me devolvieron la documentación y se subieron al coche para continuar su camino justo en el instante preciso en que Cantueso, que se encontraba seguramente siguiendo el rastro de alguna alimaña apareció por allí y se puso a ladrarles.
-Pero, bueno, ¿también es suyo el perro?, -volvió a preguntar incrédulo el agente sentado ya en su asiento mientras buscaba nerviosamente la manija de la portezuela para abrirla de nuevo.
Pero el que conducía debió pensar que iban a acabar perdiendo conmigo entera la mañana para tan exiguo botín, metió la marcha y aceleró, acabando por perderse ambos en la lejanía.
Podría llenar páginas enteras de recuerdos con Cantueso y la Lambretta de protagonistas, juntos o por separado, que harían este relato interminable pero solo mencionaré aquí un episodio más de este último que ocurrió precisamente poco antes de morir. Habíamos comprado ya la Dyan 6 y, buscando tranquilidad, mi compañera y yo nos habíamos mudado a vivir a Alcoy, a una antigua pero soleada casita que encontramos, con jardín y unas vistas preciosas del Barranc del Cinc y la Font Roja. Comenzaban las fiestas de moros y cristianos de Almansa y la familia al completo partimos a vender allí, pero a Cantueso no le sentó bien aquella salida ya que el ruido de los petardos y el estruendo de los arcabuces sobrepasaban con mucho sus límites de audición. Así que cuando comenzaban los desfiles desaparecía de nuestra vista y no regresaba a nosotros hasta que las calles se vaciaban, próximo a amanecer. Hasta que dejó de volver. Dos días nos quedamos en Almansa, acabados los festejos, buscándolo por todas partes sin conseguir encontrarlo hasta que, suponiendo que lo habría cogido alguien para cualquier menester decidimos por fin regresar a Alcoy convencidos de que lo habíamos perdido para siempre. Sin embargo, una noche en que regresábamos a casa después de habernos tomado unas cervezas en el Dharma lo descubrimos allí, acurrucado en la puerta, esperando nuestra llegada. No me pregunteis cómo lo consiguió.
El que al poco de aquello perdiera la vida me afectó y prueba de ello es que después de Cantueso no ha habido en mi viaje otro animal.
Tenía previsto concluir aquí este relato dedicado principalmente a su memoria pero la reciente prohibición de la tenencia de periquitos dentro de la nueva Ley Animalista me ha animado a narrar otro episodio que, como veréis, en cierto modo guarda relación. Un día a mi hermana y a mí se nos ocurrió regalar a nuestra madre uno de ellos pensando en que su canto pudiera entretenerle y la mujer, viuda desde hacía tiempo y ya bastante mayor, pronto se encariñó con él. No solo rellenaba a diario sus recipientes de agua y pienso sino que incrustaba entre los barrotes de su jaula alguna hoja de lechuga fresca e intentó enseñarle a hablar una vez se enteró de que, al parecer, algunos lo hacen. El caso es que, a base de repetírselo mil veces consiguió que finalmente el pajarillo dijera “periquito” con inusitada claridad. Fue estupendo cuando lo logró porque el estado anímico de nuestra madre mejoró y subir a verla a su casa se convirtió en una fiesta con el periquito aquel demostrando incansable su habilidad. Se habían encontrado el uno al otro y ella sintió que debía profundizar en su relación por lo que comenzó a enseñarle otra palabra que contuviese un poco más de dificultad: “Amadorito”. Ya sé que es difícil de creer pero pasados apenas dos meses el periquito repetía mi nombre con soltura mientras aleteaba feliz en su jaula para asombro y regocijo de las visitas. Lástima que cuando ya comenzaba a chapurrear “Macarenita”, lo que esperábamos jocosamente mi hermana y yo al haber prometido a nuestra madre que, de conseguirlo, lo matricularíamos en el conservatorio donde precisamente ella había estudiado durante tantos años piano, órgano y clavicordio, en un descuido mientras le cambiaba el bebedero en la terraza, el pajarillo escapó.
Lo estuvimos buscando durante días por el parque de enfrente y por la acera de abajo pero no lo encontramos por lo que supusimos que se habría agarrado a alguna rama y andaría por allí. Pero el pajarero nos aseguró que, aunque hubiese sido así, habría muerto a las pocas horas de escapar. Nuestra madre se recuperó de aquello aunque jamás consintió que le regaláramos otro periquito. La misma reacción que tuve yo tras la muerte de Cantueso. Tal vez porque cada uno en su momento habíamos comprendido que, al igual que entre los humanos, las relaciones especiales que podemos llegar a desarrollar con ciertos animales pueden llegar a removerte profundamente el corazón.
Amador Navarro Tortosa
Ver todos los capítulos de Historias desde lo alto de una noria