Estados Unidos sigue echando leña en la hoguera con que pretende atemorizar al pueblo norteamericano. Dispuso durante las festividades navideñas el «alerta naranja» contra el terrorismo, bajo el pretexto de que los servicios de inteligencia tenían información de que se preparaban nuevos atentados, similares a los del 11 de septiembre, por Al Qaeda y los talibanes afganos. Se cancelaron varios vuelos entre París y Los Angeles. Fuertes medidas de seguridad se han reforzado en los 115 aeropuertos internacionales y 14 grandes puertos de Estados Unidos para localizar supuestos terroristas. La televisión norteamericana ha amplificado en estos días la versión, que tuvo su origen en Londres, sobre un nuevo mensaje grabado de Osama Bin Laden, en la cual insta a los musulmanes de todo el mundo a emprender la guerra santa contra Estados Unidos e Israel.

Colin Powell, secretario de Estado, acaba de decir que la primera prioridad de Estados Unidos en el 2004 «seguirá siendo la lucha contra el terrorismo», y, dentro de tal concepto, afirmó que «daremos apoyo a países que viven bajo regímenes opresivos y que luchan por alcanzar la libertad» mencionando, entre ellos, a Irán y Cuba. Al igual que en la guerra fría del pasado, las amenazas no han desaparecido del léxico imperial.

Al igual que en la guerra fría del pasado, durante la cual Estados Unidos no lo pensaba dos veces en usar sus fuerzas militares en regiones o países como lo hizo en Cuba, Indochina, Santo Domingo, Granada o Panamá, la lucha contra el terrorismo tiene a la política de fuerza como su contraparte necesaria. Las lecciones recientes de Afganistán e Iraq así lo demuestran. Y ello también pone de manifiesto que desatar guerras no es el camino correcto para acabar con el terrorismo. La violencia sólo genera más violencia.

En la Alemania nazi, Hitler y Goebbels, creando un clima de histeria colectiva, lograron uncir a la mayoría del pueblo alemán en el carro del fascismo, expansionismo militar y masacres de ciudadanos no arios, dando pie a los horrores de la Segunda Guerra Mundial. En Estados Unidos, el clima de histeria fue creado por la propaganda contra el peligro de los bolcheviques que la teoría de la guerra fría — diseñada y puesta en ejecución por los «tanques pensantes» de Estados Unidos e Inglaterra desde los días de la Segunda Guerra Mundial–, había fomentado y que, de modo particular, envenenó las relaciones internacionales tras la conclusión de ese conflicto bélico.Por decenas de millones pueden contabilizarse los mensajes lanzados por los gobernantes de Estados Unidos y artículos de los medios de comunicación de ese país y de otros del mundo occidental sobre el peligro rojo con el propósito de atemorizar, crear pánico, e intentar justificar ante la opinión pública norteamericana y mundial las políticas de guerra e intervención militar, de saqueos y conquistas de territorios.

¿Hasta cuando la administración Bush podrá seguir manipulando la conciencia del pueblo estadounidense? Solo cabe aquel pensamiento de Lincoln de que al pueblo puede engañársele un tiempo, pero no todo el tiempo.

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