
En un estremecedor relato de la periodista “freelancer” Francesca Borri podemos saber el trato que reciben por parte de los periódicos y otros profesionales los periodistas de guerra.
Esta parte, con mostrar el cinismo y el egoísmo que se describe, no es para nosotros la más interesante.
Dice además la periodista que la imagen que tenemos de los conflictos es la imagen estereotipada que nos quieren vender los medios de comunicación. Lo que interesa, al parecer, es el horror, la sangre, los muertos, la carnaza y, sobre todo, que quede claro que esas guerras lejanas y ajenas son un despelote y sus protagonistas unos bárbaros que no se parecen en nada a nosotros.
Cruda lección que muestra nuestros aparatos de propaganda y adoctrinamiento vomitando mentiras y visiones interesadas de estas guerras “ajenas”, al servicio de los intereses de nuestras élites dominantes y de su poder hegemónico, que es el que reparte guerras y paces al servicio de su mayor poder. De este modo, aparecen estos medios de comunicación como uno de los agentes del estado de guerra que se vive.
Muchas veces nos hemos preguntado por algo tan esencial como qué es lo que en realidad ocurre en los lugares arrasados por la guerra, cuáles son las razones y causas de todo ello… Pero nos dice la periodista que cuando ha intentado escribir, por ejemplo, para narrar aspectos no visibles en estos escenarios, como las redes de solidaridad interna, la existencia de pequeños reductos de negación de la guerra, y tantas cosas parecidas, se ha encontrado con la cínica crítica de los periódicos biempensantes:
“¿Qué es esto? ¿Seis mil palabras y nadie muere?”
Y si intenta escribir sobre las causas del conflicto o elaborar de forma simple pero no simplista un análisis de los conflictos, algo que nos sería muy necesario comprender en cada caso y que tal vez nos motivaría a una actuación aquí diferente a la de esperar a que los políticos discutan en foros mundiales sobre el sexo de los ángeles, los editores la reprochan
¿Quién te creés que sos, nena?”
La periodista narra desnudamente el horror de la guerra en el artículo que comentamos, pero lo hace huyendo de los estereotipos fáciles, haciendo una verdadera y radical critica a la guerra, a toda la guerra
… este no es lugar para nadie. Si estoy asustada, es porque estoy cuerda. Porque Alepo es todo pólvora y testosterona y todo el mundo está traumatizado: Henri, que habla sólo de la guerra; Ryan, lleno de anfetaminas. …Y sin embargo, ante cada chico despedazado que vemos, vienen sólo a mí, a la “frágil” mujer, y quieren saber cómo estoy. Y estoy tentada de responder: estoy como vos. Y esas noches en que tengo una expresión dolorida, en verdad son las noches en que me protejo, expulsando toda emoción o sentimiento; son las noches en que me resguardo.
Porque Siria ya no es Siria. Es un manicomio. Está el italiano desempleado que se unió a Al Qaeda y cuya madre lo está buscando alrededor de Alepo para darle una paliza; está el turista japonés que vino al frente porque dice que necesita dos semanas de “emociones”; está el graduado de Leyes sueco que vino a recolectar evidencia de crímenes de guerra; están los músicos norteamericanos con barbas al estilo ben Laden que insisten en que los ayuda a pasar desapercibidos, aunque son rubios y de dos metros (trajeron drogas contra la malaria, aunque aquí no hay malaria, y quieren entregarlas mientras tocan el violín). Están los varios funcionarios de varias agencias de Naciones Unidas que, cuando uno les dice que sabe de un chico con leishmaniasis (una enfermedad difundida por la mordida de una mosca de la arena) y les pregunta si pueden ayudar a sus padres a llevarlo a Turquía para que lo traten, dicen que no pueden porque no es más que un niño, y ellos sólo tratan a la “niñez” como un todo.
¿No forma también parte del paisaje de esas guerras el tinglado de las agencias internacionales y sus funcionarios, los intereses creados y la actuación de nuestros países en esa cosa que llaman geoestrategia? ¿No tienen que ver con nuestra posición de privilegio en cuanto al acceso y expolio de las materias primas, o con la venta de armas, o con el alineamiento militar que imponemos, o con la brecha tecnológica, o con nuestras agresivas políticas ultraliberales? ¿Por qué nunca se habla, cuando los medios nos hablan de la guerra, de los que se lucran de ellas, del negocio que representan? ¿Por qué nunca aparecen las muchas acciones de diálogo, de búsqueda de cooperación, las muchas actuaciones por la paz de activistas de uno y otro bando, de los que desertan y de quienes de una u otra forma huyen de la guerra? ¿No existen o no interesa darles voz?
Se nos ocurre que la censura y la visión distorsionada de la guerra por parte de nuestros medios es parte de la propia guerra y sirve para hacernos cómplices de ella, y por ello se debe exigir que no nos sigan dando esa mierda de información desinformada con la que no pretenden otra cosa que hacernos cómplices de la barbarie de los de aquí, no muy distinta, si no peor, que la de los otros.
Fuente: http://www.utopiacontagiosa.org/2013/07/24/la-manipulacion-informativa-y-la-guerra/