Colgado de la luna

Que la sociedad de consumo está transformando la manera de celebrar o vivir la Navidad es ya un lugar común, un tópico que se repite con frecuencia en múltiples conversaciones cuando se acercan estos días. Sin embargo, los tópicos no pierden un gramo de verdad por el hecho de serlo, pues no siempre la ignoran, sino que la trivializan y la convierten en irreflexiva.

Quienes en este hecho no vean motivo de alarma argumentarán que solamente se trata de una evolución cultural más, imparable e inofensiva, de una celebración que antes que cristiana fue pagana: la del nacimiento de los dioses solares. Resulta fácil advertir que, para muchos, esta afirmación no es otra cosa que un tópico tan trivial e irreflexivo como el anterior.

Al tópico se opone el rito. En El principito de Antoine de Saint-Exupéry, cuando el joven protagonista está llorando tendido sobre la hierba conoce a un zorro. Éste quiere crear lazos con él, ser su amigo, en definitiva. Para ello le pide que le visite siempre a la misma hora: “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, te estaré esperando desde las tres y cuanto más se aproxime la hora de la cita más feliz me sentiré. Y para las cuatro me sentiré sumamente inquieto por verte y descubriré entonces lo que vale la felicidad. Pero si vienes a horas distintas no sabré cuándo empezar a preparar mi corazón. Los ritos son imprescindibles”. Ante la ingenuidad del principito el zorro añade que un rito “es lo que hace que un día sea diferente de los demás, y una hora de las otras”. Al final del capítulo el zorro desvela un importante secreto a su nuevo amigo: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

De este modo, frente a lo trivial e irreflexivo del tópico, el rito se nos presenta como una manifestación extraordinaria de algo que llevamos dentro; como una celebración que educa, transforma, enseña.

La Navidad no es otra cosa que un rito y la manera como la celebramos no deja de mostrar algo de cómo somos y de qué aspiramos a ser. Podemos imaginarla como un espejo que nos devuelve de forma nítida nuestra propia imagen, pero que es a la vez un lago en el que nos podemos sumergir para empaparnos con sus aguas.

Así, en Navidad vemos y propiciamos, de manera aún más exagerada que el resto del año, los desmanes de nuestra sociedad capitalista. Una sociedad que busca la felicidad en un consumo de productos superfluos que pretende llevar a su economía a un crecimiento y capacidad de destrucción ilimitados.

Es por ello que desde 1980 la demanda anual de recursos de la Humanidad supera lo que el planeta puede producir y regenerar, que cada español consume más del triple de lo que puede consumir cada habitante de este plantea, que cada estadounidense consume casi el doble que cada español y que millones de personas en los países pobres… casi no pueden consumir lo más básico.

Es por ello, también, que carecemos de verdadero espíritu fraternal, que confundimos la alegría con la imitación de sus formas externas y la fiesta con el exceso.

Creyentes y no creyentes tenemos estos días una oportunidad más para activar los tópicos que padecemos todo el año y convertirlos en las verdades y mentiras que, por mutua oposición nos configuran, para ser y crecer.

En definitiva, creyentes y no creyentes, tenemos la responsabilidad de decidir en qué sociedad queremos vivir y cómo queremos que sean los ritos que la configuran y transforman.