Es necesario, si se desea la regeneración de la civilización, que se ponga en marcha un proceso de desurbanización que vincule al ser humano a una vida libre en lo político, satisfactoria en lo convivencial, soberana en lo espiritual, en comunión con la naturaleza; que ponga fin al derroche de recursos materiales y energéticos que se realiza
en la ciudad (en ella el consumo de energía por persona es el doble del de los núcleos poblacionales menores); que rompa con el estilo contranatural y artificioso de existencia propio de toda urbe; y que, verbigracia, permita la existencia de huertos y otros terrenos agrícolas anejos a todas las viviendas, donde se autoabastezca la población, con la correspondiente disminución del tráfico mercantil; que, al mismo tiempo, por tanto, posibilite que aquella recupere el gusto por el trabajo manual, y con él la salud
física, el vigor corporal, la sana simplicidad en el estilo de vida y la euforia
vital, hoy perdidas.

Este asunto merece una reflexión añadida. El trabajo manual fue despreciado
en la Antigüedad, cuya sociedad estaba constituida sobre la ciudad y en detrimento del campo, porque era la actividad de los esclavos y
de los sin poder. Fue el monacato cristiano (mejor dicho, su facción revolucionaria,
que se constituye principalmente en el campo) el que realizo la
gran hazaña de devolver a esa forma de práctica humana la dignidad que
posee de manera natural, pero con fundamentales modificaciones: como
tarea de los hombres y las mujeres libres; sin que fuera ligado a explotación
ni a acumulación de riquezas en unas pocas manos; dirigido a producir lo
indispensable y no lo superfluo o lujoso; realizado creativamente y como
multiactividad; destinado al logro de fines extraeconómicos de naturaleza
civilizante; llevado a cabo en colectividad; ocupando solo unas pocas horas
cada día y quedando proscrito en los numerosos festivos; combinado
con el trabajo intelectual; y, al menos como intención original, libre del
pago de tributos al Estado.

El retorno a Aristóteles que realizo Tomás
de Aquino en el siglo XIII, al tomar cuerpo en el siglo XIV tuvo tres efectos
interrelacionados: se reintrodujo el régimen de tiranía política, el trabajo
manual volvió a ser despreciado y la ciudad recupero la primacía que tuvo
en Grecia y Roma (también, bajo el Islam), todo lo cual, no hace falta
decirlo, constituyo un descomunal salto atrás, profundizado y perfeccionado
siglo tras siglo hasta el presente.

De ahí deriva la cosmovisión, modo y estilo de vida actuales que rechazan
el quehacer productivo manual y casi cualquier esfuerzo físico
(salvo la gimnasia, el deporte y algunas otras actividades lúdicas menores
realizadas siempre por minorías muy reducidas, mientras la gran mayoría
queda condenada a la inactividad contempladora, la obesidad y la mala
salud), considerando que ha de ser realizado por las maquinas. Pero el
trabajo maquinizado es agotador, devastador, por el esfuerzo psíquico tan
desmedido que demanda, porque embota la mente debido a su simplicidad,
autoritarismo y monotonía y porque enferma el cuerpo pues le niega
el quehacer muscular diario que le es imprescindible. Consecuencia de
esto son unas gentes en trance de degenerar en lo somático: débiles, apopléticas
y cargadas de dolencias (estado de cosas que, entre otros efectos
aciagos, tiene el de hacerlas dependientes de la industria farmacéutica así como de la cada vez mas poderosa corporación médica), además de depresivas
(el uso del sistema motor es euforizante en si mismo), cansinas
y holgazanas. La gimnasia y el deporte no son ni pueden ser soluciones,
pues son insuficientes como esfuerzo y tiempo de esfuerzo, y contienen
un ridículo contrasentido: por un lado se encarga a las maquinas de realizar
los trabajos de fuerza, con el consiguiente despilfarro de materias
primas y energía, alargamiento de la jornada de trabajo-consumo, contaminación
y otros males, y al mismo tiempo se impide al sujeto servirse
de su potencia motriz orgánica.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).