Este día 24 de junio se cumplen dos años y cuatro meses del inicio de la guerra de Ucrania, hecho que nos convoca cada día 24 de mes para pedir el final de las acciones bélicas e instar a las partes enfrentadas a resolver sus diferencias mediante el diálogo.

No obstante, como bien sabemos, la de Ucrania y la de Palestina no son las únicas guerras que asolan a la humanidad. Queremos aprovechar estas convocatorias para recordar otros escenarios igualmente destructores de la vida y dignidad humana y la naturaleza, que no se suelen nombrar en los medios de comunicación.

Hoy vamos a hablar brevemente sobre la guerra de Somalia.

El largo conflicto que asola esta región del Este de África se inicia en 1991, cuando es derrocado el sangriento dictador Siad Barre. El vacío de poder tras la caída de la dictadura genera un estado de caos y de lucha por el poder entre clanes tribales. Todo ello alumbra lo que es conocido como un «estado fallido» que, a su vez, produce una grave crisis humanitaria. Es en este momento cuando la región norteña de Somaliland aprovecha para realizar una secesión y proclamar su independencia. Somaliland, a pesar de haber mantenido desde entonces (más de 30 años) un estado pacífico y viable, dirigido, según sus mecanismos ancestrales de autogobierno, por una federación de todas sus tribus, a día de hoy no ha sido reconocido como estado por ningún otro país del mundo.

Ante esta situación, se produce en el país un desembarco de tropas de la ONU, lideradas por EEUU, potencia que tenía importantes intereses económicos en la región. Esta intervención militar, en lugar de ayudar a resolver el conflicto, contribuye al aumento de la situación bélica. Las tropas de la ONU abandonan Somalia tres años más tarde, tras sufrir un centenar de bajas, y dejando un panorama no mejor que el que encontraron a su llegada.

Entre 1998 y 2006 Somalia entra en un periodo de guerra civil entre diferentes clanes y señores de la guerra, que siendo apoyados por unas y otras instancias extranjeras, se reparten el territorio. En este periodo son recurrentes las proclamas de independencia de algunas de las principales regiones del país.

A partir de 2006 el conflicto sufre un cambio y se polariza entre dos contendientes. Por un lado los señores de la guerra aparcaron sus diferencias y se unieron en una federación que, con sede en la capital Mogadiscio, recibe hasta el día de hoy el apoyo militar de sus vecinos Etiopía y Kenia, así como de EEUU. Por otra parte surgió una federación de clanes y tribus con fuerte identidad islamista que, radicalizadas tras la irrupción del Estado Islámico en Oriente Próximo, tratan de instaurar en Somalia una república coránica. Esta facción, que recibe el apoyo externo de Eritrea y del yijadismo internacional, hoy se conoce con el nombre de Al Shabaab. Ambos ejércitos mantienen actualmente viva la guerra de Somalia, repartiéndose sus diferentes territorios.

Las consecuencias de la guerra de Somalia, como no pueden ser menos, son terribles. Hace ya bastantes años que la ONU llegó a calcular más de un millón de muertes directas debidas al conflicto y una cifra similar de personas desplazadas. Pero eso no es todo. Somalia es uno de los territorios a nivel planetario más golpeado por las consecuencias del cambio climático. En los últimos años se suceden sequía tras sequía e inundación tras inundación, manteniendo arruinada su economía y una hambruna permanente entre la población. Por si fuera poco, los ricos recursos pesqueros de su costa han sido esquilmados por flotas pesqueras extranjeras, por ejemplo los atuńeros españoles que, con ilegalidad e impunidad arrasan los caladeros gracias a la ayuda de la flota de barcos de guerra conocida como «Operación Atalanta», en la que participa la armada española en forma muy destacada. Este hecho ha intensificado la pobreza de toda la zona y ha contribuido al desarrollo de la piratería marítima (a menudo última posibilidad económica que queda a los antiguos pescadores arruinados) a lo largo de toda la costa.

En Somalia, como en Ucrania y Palestina, es urgente el cese de toda acción militar. Nos consta que no hay soluciones simplistas para esta larga guerra. Sin embargo, una lección que cabe aprender es que toda intervención bélica extranjera, incluyendo los cascos azules de la ONU, en lugar de ayudar a la resolución del problema, no han hecho más que aumentarlo. Por lo tanto, como primer paso, es necesario que todo país ajeno se abstenga de intervenir militarmente en el conflicto. Eso incluye el apoyo militar que los países ricos prestan al robo de recursos pesqueros en la costa del Cuerno de África. Por otra parte, es precisa la negociación y el diálogo que puedan conducir a una solución satisfactoria y aceptable para los diversos colectivos enfrentados. En Somalia existe el referente esperanzador de Somaliland, país de facto de la región somalí, donde se ha demostrado largamente la viabilidad de la convivencia pacífica entre sensibilidades y grupos étnicos en aquella región.

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