
Le ocurre lo mismo que al disparo del militar o al golpe del policía: dé o no en el cuerpo como diana, haga poco o mucho daño, es una afrenta y un peligro para la dignidad de todos los seres humanos, de todos los seres vivos.
La palabra del profesor, empeñada en alfabetizar, acabó con la belleza de las poblaciones y comunidades orales, millones de personas concretas sobre la Tierra. Exterminó la oralidad y exterminó a las gentes orales.
La palabra del profesor, empeñada en escolarizar, acabó con todas las culturas otras que no concebían el lugar de encierro de los niños como premisa de la educación. África, Asia y América Latina saben de esta masacre cultural y, por ende, también física.
La palabra del profesor, empeñada en «incluir», en «integrar», volvió casi locos a los niños que no eran como nosotros y que no sentían el menor deseo de sumarse a la infamia de nuestra existencia. Acabaron, muchos, en manos de psicólogos y de psiquiatras, a menudo consumiendo pastillas elaboradas para suprimir la rebeldía.
La palabra del profesor, empeñada en auto-vindicarse, quiso darnos «lecciones» de lucha, «clases» de lucha, postulando sus conflictos corporativos, crematísticos, siempre en torno al salario y a otras exigencias para la vida muelle, como ejemplo. Y sí, por una vez dio ejemplo: ejemplo de rendición, de sometimiento a la lógica productiva y consumista del Capital. Instalado que instala, el docente es un «criminal de paz».
Propondría recoger firmas para que se obligara a estos esclavos de lujo a guardar silencio. Por el bien de la vida en el planeta, los profesores deberían callarse de una vez. Porque su discurso, lo mismo en el aula que en la casa, en el bar que en la calle, es un crimen contra la humanidad.
Pedro García Olivo
Buenos Aires, febrerero de 2019
www.pedrogarciaolivo.wordpress.com
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