Hoy en día la moda en política es la biopolítica pospolítica, un excelente ejemplo de la jerga teórica que, sin embargo puede desvelarse fácilmente; «pospolítica» es una política que afirma dejar atrás las viejas luchas ideológicas y además se centra en la administración y gestión de expertos, mientras que «biopolítica» designa como su objetivo principal la regulación de la seguridad y el bienestar humanas. Está claro que estas dos dimensiones se solapan: cuando se renuncia a las grandes causas ideológicas, lo que queda es solo la eficiente administración de la vida… o casi solamente eso. Esto implica que con la administración especializada, despolitizada y socialmente objetiva, y con la coordinación de intereses como nivel cero de la política, el único modo de introducir la pasión en este campo, de movilizar activamente a la gente, es haciendo uso del miedo, constituyente básico de la subjetividad actual. Por esta razón la biopolítica es en última instancia una política del miedo que se centra en defenderse del acoso o la victimización potenciales.

Eso es lo que separa una política radical emancipatoria de nuestro statu quo político. No hablamos aquí de la diferencia entre dos visiones o conjuntos de axiomas, sino de la diferencia entre la política basada en un conjunto de axiomas universales y una política que renuncia a la dimensión auténticamente constitutiva de lo político, puesto que recurre al miedo como pricipio movilizador fundamental: miedo a los inmigrantes, miedo al crimen, miedo a una pecaminosa depravación sexual, miedo al exceso estatal -con su carga impositiva excesiva, etc.-, miedo a la catástrofe ecológica, miedo al acoso. La corrección política es la forma liberal ejemplar de la política del miedo. Tal (pos)política siempre se basa en la manipulación de una multitud u ochlos paranoide: es la atemorizada comunión de personas atemorizadas.

(…)

…Lo que emerge a pasos agigantados en la sociedad tardocapitalista como el derecho central es el derecho a no ser acosado, que es un derecho a permanecer a una distancia segura de los demás.

La biopolítica pospolítica también tiene dos aspectos que inevitablemente parecen pertenecer a dos espacios ideológicos opuestos: primero, la reducción de los humanos a la «nuda vida», al Homo sacer, ser sagrado que es objeto del conocimiento de todo gobierno, pero excluído -como los prisioneros de Guantánamo o las víctimas del Holocausto- de todos los derechos; y segundo, el respeto por la vulnerabilidad del otro llevada al extremo con una actitud de subjetividad narcicista que experimenta el yo vulnerable, expuesto sin descanso a una multitud de «acosos» potenciales. ¿Puede haber un contraste más marcado que el que hay entre el respeto por la vulnerabilidad del otro y la reducción del otro a «nuda vida» regulada por el conocimiento administrativo?

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Slavoj Zizek, «Sobre la Violencia. Seis reflexiones marginales». Ed. Paidós, 2019 (publicado originalmente en 2008).

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