«Ya en el calentamiento se puede apreciar el afán de control y de protagonismo que tienen algunos o varios preparadores físicos», dice Signorini.

Ángel Cappa— ¿Cómo es eso?

Fernando Signorini— Son los calentamientos dirigidos. El profe levanta una mano y todos saltan, levanta la otra y se agachan… En fin, los jugadores responden como si fueran muñecos. Sin darse cuenta, el preparador físico representa el sistema en ese momento: yo mando y ustedes obedecen. Es una verticalidad que hay que respetar. En cambio, en otros equipos (los menos, ciertamente) el calentamiento es mucho más democrático, por decirlo de alguna manera. Cada futbolista hace las cosas como le parece para prepararse de la mejor forma. Nadie les impone nada como si fueran chicos de cuatro años. Hablo, por ejemplo, del Bayern Múnich de Guardiola. Cuando trabajo, les digo a mis jugadores que si ellos, que son profesionales (porque son profesionales), necesitan de alguien para calentar, cosa que hacen desde que eran infantiles, tengo que pensar mal de ellos o de los entrenadores que tuvieron. Para mí, entrenar es, antes que nada, educar. Y la realidad es que no educan para poder seguir siendo [los preparadores] imprescindibles.

Á.C.— Entonces, teniendo en cuenta los cambios que en ese sentido ha experimentado el fútbol, teniendo en cuenta esa tendencia a quitarle libertad al jugador y restarle creatividad para que los entrenadores y los preparadores físicos asuman un protagonismo que no les corresponde, te pregunto, ¿cómo hacen para expresarse y al mismo tiempo adaptarse?

F.S.— No se puede porque eso no solo ocurre en el profesionalismo, donde ya desde muy pequeños los preparan para cumplir obligaciones. Les quitan el atrevimiento para arriesgarse en favor de una supuesta eficacia. Los chicos están, por tanto, muy limitados. Tienen muy pocas posibilidades de rebelarse. Si arriesgan, se rebelan y no les sale, quedan afuera.

Á.C.— Dame un ejemplo de cómo los controlan.

F.S.— ¿Un ejemplo? Bueno, ponen una escalera en el suelo y el chico tiene que ir saltando con una pierna y con la otra, después cruzando las piernas, etc., para desarrollar la neurocoordinación. Y yo pregunto ¿cómo aprendieron los mejores desde las épocas más remotas? Jugando en el barrio. Uno contra uno, amagando, tirando paredes, pateando contra la pared, contra el cordón de la vereda… Pero, claro, si les dejan hacer eso, piensan que es darles demasiada libertad. Ellos tienen que estar dirigiendo, controlando. Y el chico se va haciendo demasiado dependiente de esas órdenes. Así se va formando… Deformando, diría yo. Los acostumbran a que tienen que respetar la autoridad, al que está enfrente, que es el que manda.

Á.C.— Y la verdad es que la autoridad que realmente respetábamos en el barrio era la del que mejor jugaba. O sea, la autoridad del que sabe, no del que manda o del más fuerte, que son cosas muy distintas. Acá también se reproducen los valores de la sociedad en que vivimos. Es una sociedad muy jerarquizada. Están los que mandan, los que deciden, y todos los demás a obedecer. Es muy difícil la rebeldía sin pagar un precio exagerado.

F.S.— Alguna vez leí por ahí que los chicos no son una vasija que hay que llenar, sino una antorcha que hay que encender.

Á.C.— Que no la enciendan demasiado porque enseguida llaman a los bomberos… Hablando de la pretensión de controlar a los jugadores, me hiciste acordar al entrenador brasileño Luxemburgo, que debe tener el récord en este sentido. Cuando estuvo en el Madrid, quiso ponerles pinganillos en los oídos a los jugadores para dar instrucciones durante el partido. Y lo logró, ¿eh? Lo hizo experimentalmente en un amistoso, aunque después la FIFA lo prohibió y no pudo volver a intentarlo en ningún partido oficial.

F.S.— Ángel, te quiero contar una anécdota que viene bien para lo que estamos diciendo. Hace unos días estuve en un gimnasio en Buenos Aires con unos 200 estudiantes de educación física, todos de la organización Garganta Poderosa, de la villa Zabaleta. Uno de los profesores preguntó a uno de esos chicos: «En la villa, ¿se vive o se sobrevive?». Y el muchacho le dio una lección. «No te confundas —dijo—, nosotros vivimos, los que sobreviven son ustedes. Ustedes tienen que hacer lo que el sistema les impone. Nosotros hacemos lo que queremos. Vivimos juntos y, cuando a alguien le falta algo, se lo pide al de la casa de al lado. Ustedes ni conocen a sus vecinos». Pensé que a nosotros nos hacen creer que tenemos libertad y no es tan así, ¿no te parece?

Á.C.— Esa es la transferencia de valores. A un chico de 11 o 12 años, lo primero que le enseñan, directa o indirectamente, es a ser obediente. En el fútbol y en la escuela. Los que mandan nos quieren así: obedientes y consumidores.

[…]

Á.C.— Desde hace algunos años, el fútbol sufre una verdadera invasión de aparatos tecnológicos que todo lo miden, todo lo controlan y ofrecen a los entrenadores y preparadores físicos una enorme cantidad de datos. ¿Qué te parecen?

F.S.— Sí, miden todo menos lo más importante: el talento. Miden todo, pero no cuentan con las condiciones ambientales que modifican brutalmente la cuestión emotiva del jugador. No sirven para nada. Es como entrenar penaltis antes de los partidos. Como dijo César [Menotti]: «Yo puedo entrenar todos los penales que quiera, pero siempre van a faltar los 50.000 hinchas, el arquero contrario y el resultado de ese momento». Para entrenar, se pueden inventar una gran cantidad de estupideces. Algunas increíbles. Muchos de esos aparatos se refieren a cuestiones relacionadas con la salud del jugador, pero para eso están los médicos, no los preparadores físicos, aunque también muchos intervienen por un afán de protagonismo, por sentirse imprescindibles, insisto.
Un libro de Bertran Russell, Elogio del ocio (1932), dice algo que me parece formidable para lo que estamos hablando. Para Russell, la humanidad había progresado gracias a los tipos que tenían tiempo para pensar. Entonces, pregunto, ¿por qué no dejamos espacio para que el jugador piense, decida? ¿Por qué los abrumamos con todos estos artilugios, con órdenes, con obligaciones? El fútbol de mercado, como decís vos, le quita sensibilidad al jugador y el fútbol está indisolublemente ligado a la sensibilidad.

Á.C.— Así es. Para el fútbol, igual que para el arte, para la música, hacen falta sensibilidad y conocimiento. Muchos de los que rodean al fútbol, entrenadores, preparadores físicos, periodistas, tienen una o ninguna de esas dos cosas. Y no te digo nada de los directivos, que no solo no tienen, en general, ni sensibilidad ni, menos aún, conocimientos, sino que no les importa en absoluto. Para ellos es una oportunidad de hacer relaciones para sus negocios y ganar popularidad.

CAPPA, Ángel, y CAPPA, María; También nos roban el fútbol

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