La propiedad concentrada (…) es una relación social que otorga al propietario la potestad de dominar a personas valiéndose de su poder sobre las cosas. (…)

La propiedad capitalista es, a fin de cuentas, una cuestión política, una relación social de naturaleza autocrática, al materializarse en la forma de sometimiento de cierto número de personas al empresario, que lo es solo porque el orden jurídico, como capacidad real de punir y castigar, así lo establece.

Si nos preguntamos qué otorga al propietario capitalista el derecho a
mandar sobre sus trabajadores durante el tiempo de labor no encontramos más respuesta que su condición de poseedor de medios de producción.

(…)

Una economía democrática es, en consecuencia, una economía sin capitalistas
privados o estatales, en la que el cuerpo social establece los fines
a los que sirve la producción, así como los procedimientos y medios de
diverso tipo que han de manifestarse en aquella.

(…)

El trabajo asalariado lo que crea, en primer lugar, no son mercancías o servicios dotados de un
precio sino el tipo de ser humano que se habitúa desde el comienzo de su vida laboral a ser mandado y manejado, a ser humillado y nulificado,
a permanecer a perpetuidad irreflexivo, mudo y sin voluntad propia por
tanto, sin vida espiritual (más allá del mero automatismo repetitivo y ejecutor)
ni señorío de si mismo, simple instrumento de otros, que lo usan
conforme a sus fines, (…)

En consecuencia, el capitalismo es inconciliable de manera total con la
democracia, primero porque su esencia operante es dictatorial; segundo,
porque con sus atroces procedimientos moldea y constituye seres ¿humanos?
no aptos para la vida democrática. (…)

Considerado con el pertinente escepticismo,
el modo capitalista, salarial y maquinizado de producir no es particularmente
efectivo, pues tiene costes ocultos monetarios y no monetarios colosales
y lo que logra es a base de extraer toda la energía física y psíquica
del trabajador así como de devastar metódicamente el entorno. Por tanto,
se puede pensar que la preferencia manifestada hacia él por el Estado
desde 1750 en adelante proviene acaso más de sus prestaciones políticas
que de los resultados económicos en si mismos. No hay duda de que solo
la producción industrial puede proporcionar a los Estados millones de
soldados sumisos y deshumanizados que, apropiadamente aleccionados,
luchen por sus dominadores hasta el fin, como se ha observado en las
grandes guerras del siglo XX, que no hubieran sido posibles sin el material
humano creado por el capitalismo, en concreto por la gran fábrica.

Un gran error del redentorismo social decimonónico, mantenido hasta
hoy, fue no hacer un examen censurante del régimen capitalista desde
los criterios y normas de la vida democrática, con lo que se alcanzaron
conclusiones equivocadas. Incluso al establecer como noción central la
explotación, se marginó lo que es medular a ésta: el proletario pierde el dominio sobre los frutos de su propio trabajo, lo que equivale a decir
que carece de libertad para obrar con ellos conforme a su albedrío. Por
el contrario, se derivó el muy real acontecimiento de la explotación hacia
su pretendida atenuación en la reivindicación de salarios más elevados, lo
que se ha de asimilar a admitir implícitamente el estado de rebajamiento
y sumisión que constituye su esencia y, además, graba a fuego en las mentes
de los obreros la centralidad y magnificencia del dinero, evento repulsivo
y catastrófico.

Más desatinada es aún la “condena” de la propiedad
privada capitalista por poco productiva, según la teorética acerca de que
las relaciones capitalistas de producción impiden el desarrollo óptimo de
las fuerzas de producción, lo que supone justificar las formas más mostrencas
de productivismo y asignar una meta perversa a la liquidación de
la propiedad privada concentrada, la expansión sin límites de la riqueza
material, de la dicha consumista y del bienestar biológico de la multitud.
Es decir, un modo de bendecir el estado de inespiritualidad en que ésta es
mantenida por el capital.

Sostener que la emancipación definitiva del género humano proviene
de desarrollar fabulosamente las fuerzas productivas materiales, creando
un estado de “superabundancia” 66 material, es hacer, implícitamente, un
agregado de afirmaciones de nociones medulares tan falto de sentido de la
realidad como pleno de perversidad axiológica. (…)

Si el nuevo orden político
revolucionario-proletario tiene como meta ser la “superestructura”
que permita el óptimo desarrollo de las fuerzas productivas, ya no será
la democracia su propósito. Por eso la realización de aquél ha de ser una dictadura, con el productivismo como justificante, lo que equivale a reproducir
la esencia misma del capitalismo.

(…)

Si el sistema estatal-capitalista significa la muerte del espíritu,
el ascenso de los bienes inmateriales equivale a la aniquilación del capitalismo,
hasta el punto de que no hay otra forma de hacerlo. El futuro de la
humanidad, en caso de que exista, no depende del desarrollo máximo de
las fuerzas productivas, sino de lo opuesto, del crecimiento en flecha de las
fuerzas espirituales del individuo y del cuerpo social, que al ascender más
allá de un punto se hacen incompatibles con el sistema de dominación
actual. Eso anima a, como sostiene Martínez Marina, “preferir la libertad
al bienestar”.


66. Tan lóbrega expresión esta tomada de “El organismo económico de la revolución”, obra del
ideólogo del comunismo libertario D. Abad de Santillán, pero su procedencia última es de C.
Marx. Añadiré, como caso particular, que las famosas colectividades rurales de la guerra civil
(1936-1939), al estar en casi todos los casos dominadas por esa ideología desarrollista y productivista,
renunciaron a las metas civilizantes, en primer lugar convivencialistas, que debían y podían
haber inspirado su instauración. En la experiencia, poco tuvieron que ver con nuestra gran tradición
comunal y concejil, salvo excepciones contadas.


Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).