
En la sociedad preliberal la casi autosuficiencia productiva de la gran
mayoría de la población, sólido fundamento de un tipo excelente de libertad civil que hoy no existe, era una muralla contra la que se estrellaba
el afán del Estado de señorear de modo completo la existencia de la multitud.
De los tres quehaceres económicos básicos, alimentación, vivienda
y vestido, éste último era el mas vulnerable, el que más fácil y completamente podía ser sustraído al pueblo y puesto bajo el control de las minorías mandantes. Ya en el siglo XVIII fueron múltiples y constantes los
esfuerzos del aparato gubernamental para transferir la elaboración de los
tejidos a la actividad y el beneficio de una, entonces aun débil y emergente,
clase capitalista.
Con ello el Estado alcanzó las siguientes ventajas, citando únicamente
las más significativas. Avanzó en la desintegración de la comunidad popular rural tradicional, un contrapoder que el autocrático aparato institucional moderno no toleraba junto a si. Contribuyó a crear la gran industria
textil maquinizada, sin cuya existencia no podían alcanzar un nivel suficiente
las industrias de guerra. Sentó las bases para constituir el sujeto
reificado ideal de la modernidad a través de la generalización del trabajo
asalariado, como ser dócil, débil, amoral, asocial, codicioso, hedonista e
ininteligente; por tanto, inapropiado para disentir cualitativamente con
ideas y con actos de los fines establecidos por el Estado. Incrementó los
ingresos fiscales, al expandirse la producción asalariada y el comercio a
costa de las manufacturas domésticas y el autoconsumo. Puso los cimientos
para una hegemonía creciente de la ciudad sobre las áreas rurales, lo
que conformaría la categoría política de “nación”, emergida en la revolución
liberal, llevando todo ello implícito el final de la democracia rural
tradicional que, aunque ya bastante debilitada, aun pervivía en algunas
de sus expresiones, el concejo abierto, los bienes comunales y los hábitos
de ayuda mutua. Constituyó las condiciones para el rápido desenvolvimiento
del mercado y la expansión de la circulación monetaria, lo que ha
otorgado al Estado un poder creciente en el ámbito de lo financiero, sobre
todo cuando el dinero fiduciario se hizo universal. En resumidas cuentas,
el Estado buscaba el mayor poder en el exterior, por medio del rearme y la
guerra (sin desdeñar, por supuesto, la intervención económica, la expansión
cultural y lingüística, el quehacer diplomático y la acción política), y
en el interior, modelando ilimitadamente al cuerpo social y al individuo
según sus ferinos deseos y necesidades.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).